Yolanda

Alex afina su guitarra sentado en el rellano de tres escalones; la espalda apoyada en la puerta de la casa. Viste playera holgada, bermudas y sandalias de piel. El viento revuelve la hojarasca sobre el pasto desperdigado en el patio. Paty revisa la albahaca del macetero con asa de alambre recocido que cuelga de la pared.

—¿De verdad no quieres beber algo? —pregunta Alex—. Podemos ir a la tienda por una coca o una cerveza.

—No, de verdad. Te digo que pasaba por aquí, y dije: voy a visitar a mi amiguísimo en lo que da la una para ir por los niños a la escuela. Eres la única persona disponible a esta hora en que todos trabajan.

Alex asiente. Paty quita la basura de la maceta y la acumula en una mano. Tiene puesta una blusa de manta bordada de flores, jeans desgastados, el pelo amarrado en una coleta.

—Pensaba salir —le dice él tocando unos acordes—, pero me levanté tarde.

—¡Qué bonito se oye! ¿Es otra de tus composiciones?

—Está en proceso.

—Te va a quedar muy bien. ¿Y a dónde pensabas ir?

—Hay una exposición de instrumentos musicales prehispánicos. ¿No te late? Podemos ir ahora, si quieres.

Paty muestra su desagrado con un gesto y movimiento de manos.

—La semana pasada Erick y yo queríamos ir a verte —dice ella—. Bueno… a escucharte… pero ya lo conoces, dice que la zona es peligrosa.

—No pasa nada. Vayan cualquier jueves, ese día hay promoción de bebidas.

Paty busca con la mirada, luego deposita en el suelo la basura que acumuló y se dirige al lavadero. Alex coloca la guitarra sobre las piernas y la observa en medio de un bostezo. De vez en cuando llega el rugir de algún motor en la calle.

—¿Hablaste con los dueños del bar, como te sugirió Erick? —pregunta ella.

—Digamos que les di a entender lo del sueldo, y ellos me dieron a entender que o las propinas o nada.

Paty pone la jícara de plástico bajo la llave y gira la perilla. Un chorro pequeño comienza a caer.

—Es lo que le digo a Erick, que serías capaz de pagarles a ellos con tal de cantar ahí.

—Tanto así, no; pero es un aparador para mi música. No me obligan a hacer covers todo el tiempo y las propinas están más o menos.

—Tal vez si pusieras tu propio bar.

—¿Con qué ojos?

—Ay, pues un préstamo.

Cierra la llave y con el recipiente en la mano vuelve a la maceta de albahaca.

—¿Vivir otra vez en la angustia de pagar renta y sueldos cada mes? No, qué va.

—Sí, te entiendo, a nuestra edad ya no queremos más mortificaciones. —Vierte agua en la maceta—. ¿Qué edad tienes, Alex? ¿Cuarenta y cinco o cuarenta y seis?

—No te hagas: uno menos que tú: cuarenta y cinco.

—Ya estamos viejos —le dice apartándose de la maceta. Lo abraza alejando la mano con el recipiente de agua.

—Dicen que ahora los cuarentas son los nuevos treintas. —Palmea el brazo de ella sobre su pecho.

—Pues, no nos vemos tan peor. —Se dirige a la maceta que cuelga al otro lado de la puerta, baja el recipiente de agua y revisa la sábila—. Pero le digo a Erick que debemos aprovechar nuestros últimos años productivos. Si ahora no nos hacemos de un buen ahorro… ya sabes: la fábula de la cigarra.

Alex asiente y repite la tonada. Un tiempo más largo que el anterior.

—En serio, Alex, es una balada preciosa. ¿Ya tienes la letra?

—Un esbozo.

—¿Y el título?

—No, eso es lo más difícil.

—Ponle Paty.

—Buena idea.

—Las canciones con nombre de mujer tienen éxito: Verónica, María bonita, ¡Yolanda!

Alex toca los acordes de Yolanda. Mueve la cabeza exagerando el ritmo.

—No, la de la Santanera no.

—¿La de Milanés? —dice y cambia la melodía.

—Sí, esa. ¿Qué te hizo pensar que hablaba de la otra?

—¿Qué te hace pensar a ti que debía adivinarlo?

—Porque me conoces.

—Y tú a mí, pero no es suficiente para leernos la mente.

Paty suspira y continúa sacando la basura de la maceta.

—¿Sabes? Insisto en que tu propio barcito estaría genial, un lugar muy así, muy bohemio.

—Me quitaría tiempo para lo que de verdad me gusta, que es componer, cantar. Además, si tuviera dinero no lo invertiría en algo tan aventurado.

—Bueno, yo también hubiera querido seguir escribiendo poemas, pero había que sacar a los niños adelante. Y el que no arriesga, no gana.

—Escribir poemas nunca fue tu pasión. Y ya he corrido suficientes riesgos en mi vida.

—Cierto, yo soñaba más con una familia que con la poesía. Y de todos los riesgos que has corrido en la vida, has salido avante, ¿cuál es el problema?

—Paty, ¿podemos hablar de una sola cosa a la vez?

"Pero le digo a Erick que debemos aprovechar nuestros últimos años productivos. Si ahora no nos hacemos de un buen ahorro… ya sabes: la fábula de la cigarra".   

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