Indetectables, 86 % de las personas con VIH

Día Mundial de la lucha contra el SIDA
Emilio Morales PachecoEmilio Morales Pacheco

Si una persona es indetectable, el VIH es intransmisible.

La honestidad ha traído un efecto negativo en la vida de Antonio. Decir que en el 2002 adquirió VIH, pero que desde hace cinco años su carga viral es indetectable y que no puede contagiar a otra persona, no le evita el rechazo.

“A la sociedad le gusta que la gente le mienta. Si le dices que eres seropositivo, se aleja, pero si no dices nada se avienta y a veces hasta sin protección”, expresa un hombre de 43 años para quien el problema no es tener o no SIDA, sino la doble moral.

Desde hace un año intenta que un dentista acepte hacerle una limpieza dental y extraerle una muela, pero su “mala costumbre” de decir la verdad para evitar cualquier riesgo, hace que terminen negándole el servicio.

Reservado, porque en estos 17 años aprendió que no tiene la obligación de decir que adquirió una enfermedad que antes era sinónimo de muerte, carraspea antes de deshilvanar su historia, una muy simple que la centra en el miedo que le condicionó su religión.

Temor constante

Crecer en una comunidad costeña y en ambiente familiar donde la religión tiene un peso fuerte influyó para que su sexualidad la iniciara a los 22 años, con personas mayores y sin protección.

Sólo había tenido sexo con dos personas, pero las culpas y el miedo lo llevaron al Consejo Estatal para la Prevención del Sida (Coesida) a hacerse la prueba antes de que su cuerpo manifestara algún síntoma.

“Yo tenía muchas ideas y sentía que estaba haciendo mal, me sentía culpable”. Tres días después de hacerse la prueba, los resultados confirmaron sus sospechas, era seropositivo, un diagnóstico difícil que lo hizo sentir a un paso de la muerte.

A pesar de que “fue un poco difícil, porque no tenía mucha información”, el miedo le duró muy poco tiempo. A los siete meses volvió a dormir bien, salvo a tres de sus amigos, no le dijo a nadie de su familia.

Abandonar el tratamiento

El tratamiento no lo inició de inmediato, sino siete años después y logró disminuir su carga viral al nivel que ya no contagiaba a nadie, pero radicar en Tehuacán, Puebla, para trabajar en una empresa le hizo suspender el tratamiento.

“No actualice mis datos al cambiar de domicilio” y por el miedo a los prejuicios, al considerar que por ser un “pueblo muy chico” las personas se enterarían con rapidez; por ello ya no se medicó, hasta que una recaída lo hizo permanecer un mes hospitalizado.

“En el trabajo rumoraban que tenía SIDA”, pero a sus compañeros nunca se los confirmó; sólo a su familia que le apoyó cuando dejó de trabajar en esa empresa en el 2014, por un recorte de personal, y desde entonces está desempleado, sólo trabaja por su cuenta.

Enfermedad que ya no es mortal

Como Antonio, en Oaxaca tres mil 304 personas, incluidos 105 menores de 15 años, han sobrevivido al VIH y al SIDA, mientras que casi una cantidad similar, tres mil 690, han fallecido de 1986 a la fecha.

De esas tres mil 304 personas, la directora del Coesida, Gabriela Velásquez Rosas estima que el 86 por ciento ha probado que la efectividad en el tratamiento les permite una supresión vírica, es decir que ya no pueden transmitir el VIH en sus relaciones sexuales.

A pesar de estos logros, que la enfermedad “ya no es mortal”, sólo tienen que tomar una pastilla al día y pueden tener “una excelente calidad de vida”, la discriminación y el estigma persiste al grado que los niños huérfanos que nacieron con VIH siguen sin querer ser adoptados.

En los casos donde la confidencialidad se viola y en la localidad se enteran que un niño o una niña es portadora de VIH se pueden dar violaciones a los derechos humanos, como negar la inscripción a la escuela primaria, caso que ocurrió en Santa María Lachixio, en la Sierra Sur en 1999.

Mejor callar

“Conviene más mantener la enfermedad en secreto porque hay mucha discriminación, a pesar de que no se contagia por abrazar, saludar o tomar del mismo vaso; critican y cuestionan las razones por las que uno se lo buscó, por esto o por lo otro”, admite con decepción Velásquez Rosas, quien junto a enfermos ha luchado durante tres décadas por prevenir el VIH y sobre todo los prejuicios que aún imperan.

Antonio ha querido liberarse de esos estigmas y su seropositividad es una información reservada. “Acepté las cosas y tenía que aprender a lidiar con ella. Si estás indetectable ya no transmites, es mejor tener conocimiento de lo que tienes, pero vivimos en una sociedad donde hay una doble moral y a veces las instituciones son parte de eso”, expresa con la aspiración de que el VIH pueda verse como una enfermedad tan normal como la diabetes o el cáncer.