Soledad

DENARIOS

Chole, mujer de treinta años y rasgos indígenas, se encuentra recostada en el catre de su jacal, que despide un aroma a leña. Lleva en ese estado más de una semana y sus hijas Chabelita y María, de ocho y diez años de edad, respectivamente, ven con terror la enfermedad de su madre. Ellas van al dispensario de la iglesia a hablar con el cura y le comentan los males de su mamá y la falta de dinero. Hace más de una semana que tiene dolores en las rodillas, manos y espaldas. Al principio, Chole no le dio importancia, pensó que las molestias pasarían como un mal aire. Dos días después, el dolor se agravó y ahora se le unía una asfixia silenciosa.

Chole, abraza a sus hijas y con voz débil y temblorosa les dice: “Quiero que sepan la verdad: su papá ya no va a regresar. Ya formó otra familia. Los juguetes y cartas fueron enviados por sus padrinos”.

Chabelita y María se miran asombradas, comienzan a llorar, formando un concierto de angustia. Así las encuentra el rojizo atardecer que despide al sol. Chole consuela con ternura a cada pequeña, a pesar de sus molestias. Toma las manos de María y le dice: “Hija, ya tienes edad para hacerte cargo de las tortillas; yo… ya no puedo más. A tu edad, tu abuelita y mi madre me enseñaron el oficio, ahora te toca a ti continuar”. María, entre sollozos, responde: “No mamá, no. Yo quiero seguir en la escuela, voy a ser doctora”. Chole parece no escucharla y la abraza débilmente.

Ella lleva veinte años en el oficio de tortillera. Cada noche pone el maíz a remojar con cal. Se levanta a las cuatro de la mañana para irse al molino de nixtamal. A su regreso, empieza a tortear cuatro o cinco almudes de masa.

Chole prefiere comprar leña de encino porque produce menos ahumada que el ocote, y aun así sus pulmones se han dañado -es que el humo entra lentamente a todos los rincones, como niño que juega a las escondidas. Tortear, le lleva aproximadamente ocho horas. Cuando acaba de preparar su carga de blanditas y tlayudas, se baña con agua fría para bajar el calor, dice ella. Algunas veces también prepara tamales, porque los clientes lo piden; así se gana un dinero extra.

María, aunque atenta, no deja de llorar. De repente se oye un firme toc, toc, toc… Chabelita abre la puerta y dice: “Mami, es el padrecito”. El sacerdote saluda y pregunta por la enferma. Le comenta que consiguió la ayuda para atenderla en la ciudad. Remarca: "las niñas se quedarán al cuidado de sus padrinos, ya aceptaron y vendrán por ellas". Chole se incorpora y expresa: “Gracias padrecito. Dios escuchó mis oraciones y la Virgen también. Tenía mucho miedo que algo me pasara y dejara sola a mis hijas”. Extiende sus manos y toma de su altar la estampa de la Virgen de la Soledad que por largo tiempo la acompaña; por ella  lleva su nombre. Tomadas de las manos, madre e hijas, dan gracias a María Santísima por otorgarles este valioso regalo.