“Pensamos que era un terremoto”

Ante la tragedia, la solidaridad 
Sergio Robles Pliego Sergio Robles Pliego 

Las fachadas muestran la furia del accidente.

Un día después, la calle Cuitláhuac desprende tristeza. Los habitantes de las casas aledañas a la panadería donde se suscitó la explosión permanecen sentados en la banqueta, mirando la escena, tratando de asimilar lo que ocurrió. 

La calle está acordonada. Tres filtros de seguridad impiden el paso para evitar la rapiña a las viviendas dañadas y porque “todavía hay riesgo”, explica el policía que resguarda la zona.

“Puede ver a lo lejos, aquí ya no puede pasar”, ataja.

La camioneta que voló con la explosión aún se encuentra atravesada. Vidrios rotos, piedras sueltas por aquí y por allá.

El temor aún se respira, recorre por cada vidrio estallado en la pared completamente derruida, el barandal de un balcón del que cuelgan las cintas amarillas con la leyenda precaución ondeando en la mañana calurosa de noviembre. 

Las clases fueron suspendidas para la evaluación de daños en el inmueble..  FOTO: Sergio Robles Pliego

Un día después, aquellos ojos que miran la furia de un accidente, quisieran pensar que todo fue una pesadilla, pero no lo es; la tragedia se presentó en forma de nube negra, lanzando fuego, haciendo ruido.

A su paso, de acuerdo con los primeros reportes, 11 lesionados, 27 viviendas dañadas, un vehículo volcado y unas 120 familias afectadas en un radio de 50 metros a la redonda.

 Un día antes

Las manecillas del reloj habían pasado las 13:20 horas.

Don Víctor, dueño de la panadería siniestrada, salió a comprar un refresco a la tienda de don Noel Mario con quien adquirió compadrazgo a partir de una levantada de cruz por el fallecimiento de un familiar.

-Buenos días compadre, ya vine por mi refresco, vamos a echar el taco- Don Víctor tomó un envase de 600 mililitros, como habitualmente lo hacía.

A pesar de la instalación del albergue, las personas damnificadas decidieron permanecer en la calle para cuidar sus viviendas.  FOTO: Sergio Robles Pliego 

Pagó, dio la media vuelta y salió de la tienda sin imaginar que la tragedia lo acechaba.

Noel Mario, cuya casa es contigua a la tienda, se fue a la cocina.

Pasaron alrededor de 8 minutos cuando sobrevino la explosión.

Él estaba sentado cuando el estallido hizo tal movimiento en la tierra que la vivienda se levantó y volvió a caer; enseguida tierra lloviendo sobre las láminas, un ruido ensordecedor de donde se desprendieron gritos desesperados.

Noel salió corriendo a la puerta de su casa la cual se ubica a unos cincuenta metros de la panadería.

El comedor escolar fue habilitado para preparar alimentos. Solidaridad en medio de la tragedia.  FOTO: Sergio Robles Pliego 

“Ya venía una muchacha corriendo con su hija en brazos, gritando que había explotado. En ese momento hubo un amontonadero de gente ahí”.

Don Víctor fue auxiliado a salir, lo sentaron en la banqueta, estaba completamente abatido por las quemaduras.

“Yo estaba en la parte alta de mi casa. Se sintió como venía el aire con ganas porque hasta las ventanas voló. En ese momento sólo pensé en mi familia. Salí corriendo y lo primero que veo es la camioneta quemándose. Empezamos a ayudar y a sacar como podíamos”, recuerda una de las vecinas, familiar de los dueños de la panadería en donde se suscitó la explosión.

Una hora antes de la tragedia, Fabiola, intendente de la escuela primaria Policarpo T. Sánchez percibió un fuerte olor a gas.

La mujer acudió a la cocina comunitaria del plantel para alertar al comité quien en ese momento preparaban los alimentos para el siguiente día.

Elementos de la policía, ministerio público y protección civil trabajan en la zona.

“Los niños estaban saliendo de la escuela. El olor a gas era fuerte. Les dije a las señoras que se fijaran si sus estufas estaban bien cerradas; lo hicieron, pero el olor a gas ahí estaba. Nunca nos imaginamos lo que pasaría después”.

Fabiola continúo con sus actividades de apoyo a la salida de los escolares. El olor a gas se fue diluyendo en su sentido del olfato hasta desaparecer. 

“Yo pensaba que era un terremoto. La tierra se sacudió horrible, se oyó una tronadera y en ese momento pensé: aquí me voy a morir lejos de mis hijos. Me puse mal, entré en una crisis nerviosa. Me imaginé lo peor cuando todo se puso negro, como cuando se quema una cohetería y caen cenizas. Lo único que quería era salir de la escuela para correr a ver a mis hijos”, relata una de las vocales mientras realiza labores en la cocina para alimentar a las personas damnificadas. Ella estaba en la escuela en el momento de la explosión.

 Sobre la calle Cuitláhuac de la colonia Moctezuma en San Martín Mexicapan, se ubican seis panaderías. Al menos en los últimos 20 años de existencia, nunca se había presentado una situación similar.

Tras la tragedia, la solidaridad

En la cocina el trabajo inició desde las 07:00 horas.

Las manos solidarias llevan el pan, tortillas, queso; otras los preparan, unas más los reparte a las personas damnificadas quienes no se despegaron de las baquetas en toda la noche por temor a la rapiña. 

Integrantes del comité de padres de familia de la escuela primaria Policarpo T. Sánchez.  FOTO: Sergio Robles Pliego 

Todas las personas dejaron alguna de sus actividades para apoyar. “Esto lo ofrecemos de corazón, hoy es por ellos, quizá mañana sea por nosotros. Esto es por humanidad”, explica la vocal. 

Tomando como punto de concentración la escuela primaria Policarpo T. Sánchez, personal docente, así como el comité de padres y madres de familia se organizaron para brindar atención en estos momentos de contingencia.

Además de habilitar el plantel como albergue, el comité encargado del área de la cocina comunitaria acordó brindar los alimentos para quienes están enfrentando el daño o pérdida de su casa.