COLECTIVO CUENTEROS| La extinción de los dinosaurios

Diego llegó a su edificio. Como todos los días, subió de dos en dos las escaleras, algunas veces intentaba subirlas de tres, pero, a pesar de medir 1.75, sus piernas largas no tenían la suficiente elasticidad. 

En el trayecto se encontró a dos de su cuates sentados en el pasillo.

—¡Qué onda, güe! ¿Ya listo?... no vaya a caer el meteorito antes de tiempo— le dijo uno de ellos mientras chocaban sus puños.

—No, güe. Como algo y subo con la banda.

—Antes de que suene la alarma del fin del mundo.

—¡Ya’stás!

Caminó unos metros más y entró a su casa. Vivía en un tercer nivel de cinco. Su departamento era el ocho de los quince que estaban en ese piso, justo en medio del edificio. Abrió la puerta. Su schanuzer salpimentado lo esperaba impaciente. Mientras lo acariciaba, dejó su mochila en el piso y se acostó boca arriba en la sala con Luca en su estómago. Checó su teléfono, leyó el mensaje de su papá avisándole que no llegaría a comer. Hizo una mueca de desagrado mientras tiraba suavemente de las orejas de su mascota.

—No sé quién de los dos lleva más vida de perro— le dijo a Luca.

Fue a su cuarto, se quitó su uniforme del bachillerato quedándose solamente en bóxer. A pesar de que caminaba jorobándose, tenía mucho éxito con las chicas. La suma de su cuerpo escuálido, su piel morena clara, sus labios delgados, y esa sonrisa que parecía que nunca desaparecía, aunado con su fijación por los cosplays y su buen humor, hacía que nunca estuviera solo.

Cuando se enteró de que caería un meteorito, les propuso a sus amigos del edificio disfrazarse de dinosaurios para recibirlo. 

Del clóset sacó el disfraz que había comprado por internet y se lo puso. Su cuerpo era perfecto para usar el traje de Spiderman, pero como T-Rex le faltaba demasiado. Se sentía como una lagartija gigante, como un brontosaurio sin gracia. Le reconfortaba saber que todos habían comprado en la misma tienda, así que se verían iguales, excepto Nacho: él sí estaba gordo y tenía cara de T-Rex.

Se vio en el espejo e hizo gestos de dinosaurios. Sonó el teléfono. Era su padre.

—Bueno… Sí, aquí estoy… Sí, ya comí… Voy a ir un rato a la azotea con la banda. Hoy cae el meteorito y nos vamos a extinguir de nuevo… No sé… Sí, yo te aviso… ¿Vas a llegar tarde?... Ok… Sí, yo también.

Se sentó en el piso, se recargó en la cama y le habló por teléfono a su hermano.

—¡Qué onda, menso! ¿Cómo estás?... Sí, hoy cae el meteorito, me hubiera gustado que estuvieras acá. ¡Hasta le compré un disfraz a Luca!… Te mando fotos… No sé cuándo vaya, no tengo ganas de ir, o sea, sí, solo por verte, pero no tengo ganas de ir. Dile a tu mamá que te deje venir… No es mi mamá. Ya te dije que así como ella decidió dejarme, yo decidí quedarme sin madre. No quiso llevarse a Luca, a pesar de que ella me lo había regalado y yo no quería dejarlo… ¡No, menso, tú no!, tú siempre serás mi hermanito, bueno, ya ni tan hermanito, ya te han de estar saliendo pelos, jajaja… Te extraño, menso… Te mando fotos… ¡Ya’stás!

Botó el teléfono en la cama y suspiró.

“Ojalá el meteorito caiga en su cabeza y la aplaste”, pensó Diego, a sabiendas de que eso era imposible.

Sacó el disfraz de Luca y se lo puso. El perro, pacientemente se echó boca arriba; de alguna forma sabía que le tocaba paseo.

—Raios, ¿por donde vas a orinar? —hablaba con el perro—, pues ni pedo, cuando venga el meteorito no vamos a tener tiempo ni de correr. ¡No mames!, ¿y si te cae en la cabeza a ti?... ¡oh, no!, ¡pobre Luca, su cuerpo quedará esparcido por todo el fraccionamiento, y Diego va a tener que juntar sus partes para reconstruirlo y te convertirás en Luquenstein! —dijo mientras lo abrazaba y lo oprimía contra su pecho—. No es cierto Luca,  no te vas a morir, bueno sí, pero nos vamos a morir todos al mismo tiempo.

Lo soltó y el perro se revolcó en la cama en señal de que no aguantaba el disfraz, mientras trataba de meterse debajo de las almohadas.

Le llegó un mensaje, era Monse. Lo leyó, pero no le contestó. Las palomitas grises no lo delatarían, además de que nunca mostraba su hora de conexión. 

“Si mando un mensaje y me dejan en visto, me siento de la chingada. Pero si salen las palomitas grises me quedaré con la idea de que no leyó mi mensaje, aunque no sé si es peor quedarse con la duda”, pensaba ahogándose en su propia filosofía.

Hizo a un lado a Luca y se acostó en la cama. Pensaba en Monse, en sus senos desapercibidos. Jamás se debería de enterar que fantaseaba con ella, que todas las noches, antes de dormir, se desnudaba y se tocaba pensando en ella. Pero eso solo era al principio. Antes de estar completamente erecto, ya estaba pensando en Lucía, su vecina de 19 años con la que a veces compartía el transporte público a la escuela y con la que platicaba largas horas sentados en las escaleras del edificio.

—Cuando cumplas 16, te voy a dar un gran regalo —le dijo en voz baja mientras su nariz le rozaba el oído y su pelo le electrizaba el cuello.

Y a partir de entonces, todas las noches y mañanas, se disfrutaba pensando en ella. Eran los únicos senos que había tenido en sus manos, en sus labios, y aunque solo fue una vez y sin llegar a más, podía recordar a la perfección su olor, su textura, la suavidad del pezón. Podía recordarse en medio de esas  montañas.

—Vas a tener muy buena técnica —dijo ella entre risas, pero solo dejó que se deleitará con sus labios y sus senos—. Si algún día suena la alarma del fin del mundo, pasaremos a la siguiente fase —le prometió.

Bajó a Luca, cerró los ojos y se acomodó en su cama individual. Nunca se había tocado con un disfraz de dinosaurio, le dio risa. Con el de Spiderman fue más sencillo, ¿pero con el de T-Rex? Además, sus garras eran tan pequeñas que ni siquiera se podían tocar, lo bueno que no era su caso, y sus grandes manos empezaron a hurgar debajo del disfraz.

Era como un ritual: ponerse cómodo, pensar en Monse y luego en Lucía, aunque al final terminaba pensando en un compañero de su clase de natación, cuando lo veía en las regaderas, y sin saber por qué, también fantaseaba con él.

En el frenesí, llegaba a confundir las imágenes de Lucía y su amigo, por eso, les dedicaba tiempo a cada uno. Cuando ocupaba su mano derecha pensaba en ella, en lo real, en lo que había sentido. Cuando ocupaba la izquierda, pensaba en lo que pudiera pasar con él. El tiempo para cada uno lo determinaba su cansancio y excitación y no le importaba en quién estaba pensando cuando explotaba. 

"¡T-Rex estar contento!", pensaba.

"¡T-Rex ser amo y señor!" Se disfrutaba.

"¡T-Rex querer copular!, ¡T-Rex querer conocer brontosaurio de cuello largo!, ¡T-Rex dominar mundo!, ¡T-Rex explotar!"

Sus músculos se contrajeron, arqueó la espalda, sus ojos se quedaron fijos en el techo y lanzó un suspiro ahogado.

“¡Raios,  ya manché las escamas!”, pensó mientras se carcajeaba. 

Suspiró con más calma, se limpió con el mismo traje y vio su teléfono.

—Vámonos Luca, no quiero estar solo cuando caiga el meteorito.

Se lavó las manos, se acomodó el disfraz y le puso la cadena a Luca. Cuando abrió la puerta, Lucía estaba afuera, recargada en el barandal.

—En cualquier momento va a sonar la alarma del fin del mundo —dijo mientras jugaba con su cabello.

Llevaba una sudadera verde que le recordó el color de los dinosaurios. Los pezones se le marcaban a través de la tela y supo que no llevaba nada abajo. Era cuestión de bajar el cierre y y esas montañas serían suyas otra vez.

—Mi papá no está —dijo Diego, mientras pasaba saliva por la garganta.

Soltó la cadena y Luca salió del departamento. 

—¡Rayos!, se va a perder —dijo preocupado, pero Lucía ya había cerrado la puerta.

Lo tomó de la mano, lo llevó al sillón, se subió sobre Diego y lo empezó a besar. Frotaba sus pechos contra su cuerpo, Diego entendió que era momento de bajar el cierre y los pechos salieron como si tuvieran un resorte. Recordó que tenía las manos sucias y titubeó. 

—Hoy andas un poco tímido —dijo Lucía, y se olvidó de los labios para centrarse en la parte baja del cuerpo.

Diego estaba pasmado, a pesar de que lo estaban estimulando, su cuerpo no reaccionaba. Cerró los ojos, pensó en Monse y en su amigo de natación. Era más fácil cuando lo hacía a solas. 

“¡T-Rex querer coger!, ¡T-Rex no querer ser virgen!, ¡T-Rex, querer conocer cuello de brontosaurio!”, pensaba mientras cerraba los ojos, apretaba los labios y estiraba sus piernas, pero su dinosaurio no respondía.

—Alguien tuvo actividad hace poco —sentenció Lucía con una sonrisa cuando vio manchado el disfraz—. ¿Cuántas veces lo haces? —preguntó riéndose coquetamente.

—En las mañanas… y en las noches… y hace un rato —dijo ahogando las últimas palabras.

—¿Piensas en mí cuando lo haces? —preguntó mientras lo seguía frotando sin obtener respuesta.

—No… Sí —contestó Diego y sintió cómo su cara se ponía caliente.

—Me gustas, yo también pienso en ti antes de dormir.

Era inútil, por más que evocaba las imágenes de siempre, no conseguía que su cuerpo reaccionara.

—¿Entonces, hoy no habrá dinosauritos? —preguntó un poco desilusionada.

—Creo que se acaban de extinguir.

 

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