ESTAS LETRAS QUE LEES| La octava oaxaqueña

Oaxaca es tierra de tradiciones y costumbres; una de ellas corresponde a la denominada "octava", y es que a cada conmemoración que se realice (religiosa específicamente) corresponde una segunda celebración a los ocho días de haber ocurrido. Esto es, el 10 de noviembre se realizó la "octava de muertos", marcando así el final de la conmemoración de los fieles difuntos en nuestro estado; pero, ¿a qué se deberá está atracción y veneración hacia las ánimas del inframundo?

Nada hay en esta vida como celebrar a la muerte. Se trata de una festividad que nos hace sentirnos vivos. El recordar con respeto y devoción a nuestros muertos, es una tradición estrechamente ligada a la forma en la que el mexicano comprende el mundo. Se trata de un evento en el que las personas se reúnen para colocar sus ofrendas a quienes descansan el sueño eterno, visitar a sus gentes en los panteones, emborracharse junto a ellos. En Oaxaca es una festividad llena de vida y alegría, a pesar de lo fúnebre del acto en sí.

Desde tiempos prehispánicos, el culto o devoción a la muerte (y los muertos) está presente en casi todos nuestros pueblos originarios. El concepto de un mundo tras las fronteras de la muerte, siempre acompañó a los antiguos mexicanos, eso no es ningún secreto.

¿A qué se deberá ese estrecho vínculo con lo desconocido que caracteriza al mexicano? Muchos son los estudios y tratados que se han escrito tratando de explicar el origen, el nacimiento de tan profunda creencia. Si bien aún sigue siendo un misterio, la realidad es que todos los años la celebración de los Días de Muertos (originalmente eran más días) fascina a propios y extraños.

Es todavía en nuestras comunidades originarias, por lo general alejadas de las ciudades urbanas, en donde se conservan aún con mayor arraigo el estrecho lazo que siempre ha unido a lo vivo con lo muerto en nuestras culturas. Los panteones de todas las comunidades del estado se visten de colores amarillo, carmín, púrpura; el ambiente huele a copal; las personas limpian las tumbas, las arreglan, riegan las flores, se sientan al lado de ellas, le hablan al muerto como si estuviera junto a ellos (en la tradición lo está), permanecen un tiempo junto a ellos y se retiran a sus casas, en donde continúa el rito, ahora en el altar familiar.

Para el mexicano, la muerte del prójimo es tan dolorosa porque nos "recuerda" nuestra propia muerte. El mexicano, acompañado por su muerte a lo largo de su vida, aprovecha las festividades de inicios de noviembre para saberse no solo. Ese día de vida, lo acompaña la muerte de todos los demás.

La calaca que llevamos dentro y que algún día será nuestro rostro eterno, se pinta en el rostro de los vivos que alegremente transitan entre otras tantas calaveras y catrines. Decía Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad: el misterio de la vida solo es equiparable al misterio de la muerte y en ese tránsito entre ambos polos, el mexicano se encuentra solo y es solamente en festividades como esta en donde encuentra compañía de otro (que paradójicamente, también se encuentra solo).