COLECTIVO CUENTEROS| ¡Niñaaa!

La primera parte de este cuento se lee de corrido, como un plano secuencia en el cine.

¡Niñaaa, cuánto tiempo! gritó Tita cuando me reconoció. Correspondí a su abrazo y le dije que estaba igualita. Me preguntó qué era de mi vida y le contesté que me acababa de divorciar. Ah, sorry, exclamó y cambió rápido de tema: ¿Todavía juegas tenis? Si Dios quiere, el miércoles jugamos dobles con otras señoras, ¿te apuntas? Acepté la invitación e intercambiamos datos. Tita vivía lejísimos, pero me hacía mucha ilusión volver a ser su amiga; ya me habían contado que ahora le iba muy bien. El mero día iba hecha la chingada pues no quería llegar tarde la primera vez que me invitaba. No tuve tiempo ni de pasarle un trapo al coche y justo ese día que me urgía un limpiavidrios, no apareció ni uno. Pregunté por Tita en el interfón. Se abrió la puerta eléctrica y me estacioné entre la Hummer y el BMW. Un mozo me acompañó hasta la cancha; más que llegar a un lugar, sentí que entraba a otra época. Solo se oía el canto de los pájaros, algunas risas; como si afuera no pasara nada, no hubiera ruido, ni tráfico, ni neurosis. Las señoras estaban vestidas de blanco y traían mochilas enormes con varias raquetas. Ni que estuvieran en Wimbledon. ¡Qué bueno que viniste! dijo Tita. ¡Me encantan, niñaaa! agregó señalando los tenis verdes que compré en las ofertas y que yo sabía que no combinaban, pero me salieron muy baratos. Tita se estaba portando superlinda. Yo, medio nerviosa, le contesté que los suyos también estaban padres. Compro todo mi outfit en San Antonio, dijo poniéndose en pose de modelo. Luego me presentó a sus amigas: la Gorda, que en realidad era flaca, y la Nena, que era la más vieja de las cuatro. Una me dijo hola sin dejar de hablar por celular y la otra despegó los ojos del suyo para barrerme de arriba abajo: Tú eres... ¿quién? Tita contestó por mí: Es Ana Luisa, ya te había hablado de ella, de la escuela. Esperé un buen rato, pero sus teléfonos no paraban de sonar; parecía que estaban arreglando la paz mundial aunque solo estaban agendando citas en la estética y dando instrucciones a sus chachas. Pregunté si mientras, podía dar una vuelta por el lugar. Claro, dijo la anfitriona, siéntete como en tu casa. En ese momento prefería no pensar en mi casa ni en el culero de mi exmarido que me la quería quitar. Atravesé un jardín sombreado por unas cincuenta palmeras; había un riachuelo con un puente desde donde se veía una huerta de frutales y el palacete de los Rivero. Quién iba a pensar: cuando éramos chicas, Tita no parecía de las más listas y ahora me provocaba envidia. De regreso, en la parte de atrás, vi a un hombre maduro pero atlético nadando en la alberca y supuse que sería el dueño del feudo. Seguí hasta la cancha y traté de presionar para no perder ahí toda la mañana: Qué onda, chicas, ¿ya? ¡Qué va! Ahora estaban enfrascadas platicando del bótox, los implantes, la lipo. Fui al baño para zafarme del tema. ¡Qué bruto! En el baño todo parecía de revista: el sauna, los vestidores. Recordé los del club con los azulejos rotos, las regaderas sin puerta, las señoras gritando Luchitaaa, se acabó el agua caliente, no la frieguen… Por fín empezamos a jugar y me tocó hacer pareja con la Gorda. Me preguntó dónde jugaba y cuando le contesté que en el Reforma, hizo una cara como de ni modo, así te tocó, y luego me animó. Bueno, María Luisa, con el favor de Dios, podemos ganar. Ana, la corregí, no María.

 

Este cuento se lee de corrido, como un plano secuencia en el cine.

Mientras jugaba, se me ocurrió que esas señoras con tanto tiempo, tanta fe y tanto dinero, tenían el perfil para ayudar en el fondo de becas: podrían ser donantes o tutoras de alguna niña. Sin estar convencida de que pudiera interesarles, decidí intentar. Así que en el descanso les platiqué del proyecto, y empecé con una frase que alguna vez le oí a Lydia Cacho sobre el cuidado de la niñez. ¿Lydia who? preguntó Tita con indiferencia. Por el contrario, la Nena me interrumpió en tono enérgico: ¡Ay no, no, no! Discúlpame, pero yo no creo en esas ayudas; luego esa gente ni lo valora. Cómo crees, le dije. Son niñas brillantes que dejan de estudiar por falta de recursos. A ver, terció mi compañera, yo sí creo en la ayuda, por eso cada año pongo un bazar y así la gente se puede llevar ropa de marca, nuevecita, por cien o doscientos pesos. Además, tengo un hijo estudiando en Alemania y la que necesita donaciones soy yo. Se señaló a sí misma con una enorme uña postiza y las tres se rieron. Me callé con el tema de las becas, pero acabando el segundo set arremetí con lo de Lydia; se me hacía increíble que no recordaran la historia del gober precioso y la red de pederastas. Mira, dijo la Nena, lo que pasa es que yo no confío en los periodistas; ya ves lo que dicen de los padres. ¿Qué padres? Los de la iglesia, niñaaa. De acuerdo, dijo la Gorda, lo que pasa es que la sociedad está crazy; y mira que soy superabierta, o sea, no me hablen de aberraciones como el aborto, pero de ahí en fuera yo tolero hasta a los gays y todo. ¿En serio? preguntó la Nena con cara casi de espanto. Sí, contestó, pero que respeten, que no se anden exhibiendo así nada más. Tita intervino: Sí hay que ser incluyentes, amigas. Luego volteó a verme: Lo intolerable es que se casen y hasta quieran adoptar, ¿estás de acuerdo? Lo dicho: estar ahí era como ir a 1919 pero con celulares. Pues yo tengo unos amigos homosexuales que adoptaron dos niños y les dieron el amor y la educación que les negaron sus progenitores, les dije ya en plan retador. Se hizo un silencio. La Nena me miró, levantó una ceja y afirmó con la cabeza. No, bueno, qué moderna, dijo arrastrando la r. Para romper el hielo, Tita dijo que habíamos ido a jugar y que era mejor terminar el partido. Al final ganamos la Gorda y yo, así que me felicitó: ¡Bien hecho Ana María! Ya no le dije nada; cabía la posibilidad de que tuviera alzhéimer pero apuesto que solo es mamona. Cuando nos acercamos a la red a darle la mano a las rivales, Nena apenas me dio la punta de los dedos y me volteó la cara. Luego Tita se disculpó porque la siguiente semana no habría jugada: su marido había estado muy tenso y se iban a hacer un viaje en yate. ¿Nos vemos de hoy en quince? preguntó casi en un lamento. Sorry, chula, me voy a África ¿te acuerdas?, dijo la Nena sin un ápice de emoción. Se me salió decir: ¡Qué increíble! y enseguida pregunté con más ecuanimidad: ¿Y a qué parte de África te vas? Ay, no sé, contestó viéndome de reojo: mi marido está organizando todo, no creas que a mí me encanta ir a ver negritos, pero bueno, puse de condición una escala en París, digo, mínimo hacer algo de shopping. Entonces sí me dieron ansias de irme. Gracias por todo, Tita, me retiro. ¿No te quedas al brunch? No puedo, tengo que ir a dar mi clase. Me pareció que mi negativa le dio cierto alivio. Gorda y Nena no me dijeron ni adiós. Una levantó la mano y la otra me dedicó una sonrisa forzada. Tita me encaminó hacia el estacionamiento. Estábamos en la despedida cuando nos interrumpió el ruido de un helicóptero que se acercó, se acercó, se acercó tanto que nos levantó el pelo y las faldas. Entonces caí en la cuenta de que lo que había visto por los frutales era una pista de aterrizaje. Son cosas de Enrique, dijo Tita; ahora que es ministro se tiene que cuidar el doble, con tanta inseguridad… Ahh, entiendo, le dije mientras pensaba en la pinche huella ecológica. Y yo haciendo ronda con mis vecinos. Luego, el mismo mozo que me abrió al llegar, me abrió al salir.

En la avenida, se me vino encima el limpiavidrios. A buena hora. De hecho, eran dos: le di un peso a cada uno; ni pedo, así es la vida, todo está mal repartido. En el camino vi a la anciana que vende limones y al chavito que hace malabarismos frente a los coches. Para acabarla, se me acercó el tragafuegos. Tenía los ojos a medias y el rostro quemado. Un trago de agua, patrona, me pidió. Se puso el siga y arranqué. Me acordé del agua que traía en la mochila y me sentí culpable. Ya cerca de mi colonia, pasé por la esquina donde una jorobada vende dulces. He visto que vive en un zaguán entre trapos y cartones. Suele estar de mal humor; la joroba apenas le permite levantar la cabeza. Me detuve y le di un billete. Me dijo con enfado que no tenía cambio. Quédese el cambio, le contesté, y con los dulces, al fin que ni me los como. En respuesta recibí puños de dulces que me dieron en la cara y se esparcieron por el coche, mientras ella gritaba: no te rajes, pinche vieja, no te rajes, ¿qué te crees?

 

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