Albañiles: la lucha diaria por empleo

Juana García Juana García

Después de las 10 de la mañana, cualquier trabajo es bueno para ellos

Son cerca de 150 personas; se encuentran en pequeños grupos en la explanada de la Central de Abasto; varones todos ellos, la mayoría rebasa los 35 años de edad; en sus hombros traen consigo una vieja mochila donde guardan algunas herramientas de trabajo o un poco de comida.

Sus calzados están viejos, su ropa luce desgastada; algunos usan gorras y unos más traen sombreros para protegerse del sol durante el trabajo o mientras esperan; si corren con suerte, alguien pasará a contratar sus servicios por varios días o semanas; de lo contrario, regresarán a sus hogares con los bolsillos vacíos.

Entre coladores, maestros albañiles, medios cucharitas (personas que apenas inician su trabajo en albañilería) y algunos estibadores, son los servicios que se pueden contratar en las afueras de la Central de Abasto.

“Hay que madrugar para alimentar a la familia” 

Los hombres llegan a partir de las seis de la mañana a la explanada; algunos tuvieron que salir de sus casas antes de las 5 de la madrugada, para estar a tiempo en el área principal de trabajadores informales que ofertan sus servicios a bajo costo, por falta de trabajo en la capital oaxaqueña.

Lavan López, de ojos negros, tez morena, de cara redonda, aparenta más edad de la que tiene; ha viajado durante media hora de San Pedro Ixtlahuaca a la capital, para estar a tiempo en la "parada oficial" de los trabajadores; sin embargo, lleva alrededor de tres horas sin conseguir trabajo.

“En mi pueblo no hay trabajo, las personas se dedican al campo, donde se paga muy poco; así que tengo que salir todos los días a buscar trabajo que permita alimentar a mi familia”, dijo con voz afligida; se hacía tarde y él aún no había desayunado.

Lavan tiene tres hijos, el mayor es de 16 años de edad y estudia en el bachillerato; “tenemos muchos gastos, mis tres hijos estudian y el dinero no alcanza, así que mi esposa también tiene que trabajar para medio llevarla”, detalló. Él lleva trabajando de colador desde que cumplió 15 años.

Uno de los trabajadores lleva sentado más de tres horas esperando que alguien le dé una oportunidad laboral

Listos para cualquier trabajo

Nicolás García Aragón es un señor que aparenta más de 50 años de edad, de cabello chino, ojos relucientes; en sus manos trae una pala, dispuesto a conseguir trabajo para alimentar a sus dos hijos y a su esposa; mientras charla, saca de su bolsillo un envase desechable de un cuarto de litro con alcohol; sonriente, presume “acá le hacemos el trabajo de construcción que usted quiera; lo realizamos mejor que un arquitecto, aunque a ellos le paguen más solo porque estudiaron aunque no sepan”.

García Aragón lleva 38 años en el oficio, tuvo que desplazarse con su esposa y sus dos hijos, de la comunidad de Candelaria Loxicha a la ciudad de Oaxaca, para conseguir el sostén económico para su hogar. 

José Antonio Mojardin, de 44 años de edad, usa una gorra de color crema con el slogan “Hollywood”; resalta: “acá tenemos que estar antes de las seis de la mañana, es como cuando vamos por la leche, hay que madrugar; si no, uno no alcanza”. Aprendió el oficio de la construcción desde los 12 años, “le sé echar piso con tirol, piso firme y rústico, loseta hasta dejarle su casa de lujo”.

Algunos se han presentado tarde en la explanada; “los que llegan tarde, agarran cualquier trabajo, ya sea de cargadores, diableros, meseros o lo que consigan”.

“Contratan a los que cobran menos”

“Ellos eligen a la gente más matada, que no reclame, a los que cobran 30 pesos y no 50 o 100, al que cobra más barato pues; señito, 50 pesos no alcanzan ni para una comida, menos para alimentar a una familia”, replantea José Antonio.

Además de malbaratar su trabajo, los trabajadores tienen que soportar burlas de sus compañeros como: "¡ahí va el baratero!, ¡no que no ibas!", así como humillaciones de sus patrones que en repetidas ocasiones les quedan a deber.

Mientras uno de los entrevistados narra su vivencia, varios obreros rodean a un vehículo para ser contratados, pero solo se llevan a unos cuantos.

“Hay mucha competencia con precios bajos; por ejemplo: si yo cobro a 80 pesos el metro del piso, vienen otros que cobran 30 pesos y pues, es a ellos a quienes se llevan”, explica otro.

Si bien les va a los coladores, les pagan de 300 a 500 pesos por trabajo, sin importar la hora que éste implique.

“Acá se aplica la ley del más fuerte”

Para conseguir un día de trabajo, los obreros han llegado a agresiones, asegura uno de ellos; “hay días que las personas discuten hasta llegar a los golpes por un solo trabajo, ahora imagínese que nos traigan unas tortas u otras cosas”, asegura Ricardo.

“Hay que estar bien al tiro para que nos contraten, si viene alguien que necesita de nuestros servicios, luego luego hay que decirle que sí”.

José Antonio afirma que sobrevive y consigue trabajo el más fuerte; “no existen normas ni reglamento entre los trabajadores; anteriormente llegábamos a un acuerdo con los viejos compañeros, pero ahora es quien se ponga más listo”. 

“No somos delincuentes, aunque así nos califican, nos culpan de rateros y asaltantes; por eso mucha gente ha dejado de venir por acá, e incluso los que solo vienen a hacer sus compras prefieren no pasar por la explanada porque dicen que aquí asaltan”, detalla José; agrega que después de que llegaran personas de otros estados y que se colocaran los puestos sobre las vías del tren, comenzó la delincuencia en la zona.