Temporada de canicas

DENARIOS

Desde el desván

rodando van bajando las canicas,

brincando escalón por escalón,

sin ton ni son,

saltando libres y locas

CRI-CRI

¿Quién no tiene atesorado en casa el “tirito” con que jugó de niño? Aquella canica que nos traía suerte y nos hacía ganar algunas más. Yo encontré el mío después de cincuenta años de haber jugado con él por última vez, al instante me sitúo mentalmente en el terreno que está a la vuelta de la casa, el lugar preferido de nuestros juegos. Los recuerdos llegan:

Hemos terminado la tarea, y de repente: ¡un silbido!, es la señal para tomar la bolsa de canicas que ya tenía preparada y salir corriendo mientras grito: “Voy a jugar, mamá”. En la calle ya están algunos amigos y uno de ellos ha dibujado sobre la arena, con su dedo, un círculo dentro del cual se colocan las canicas para iniciar el juego. Escogemos entre “agüitas”, “ojo de gato”, “tréboles” y “ágatas”, la que colocaremos dentro. Yo escojo, de las que he ganado, la que menos me gusta, así no la sentiré tanto si la pierdo.

Se recuerdan las reglas y se reparten los turnos para tirar, a mí siempre me dan el que consideran tiene más desventaja, porque…soy mujer, y si quiero jugar con ellos, debo aceptar. Cuando se colocan las canicas, observo y escojo mentalmente la que más me gusta, para que, llegado el momento de mi turno, pueda ganarla. ¡Rayos!, parece que hoy hemos escogido la misma y todos nos estamos esmerando en los tiros; afortunadamente algunos le pegan, pero solo logran moverla de lugar un poco; otros, con menos puntería, ni la rozan.

Se acerca mi turno, acaricio mi “tirito”, platico con él y espero. “Te toca”, me dicen; “¡Apúrate!”, entonces, me coloco en la mejor posición, vuelvo a acariciar mi “tirito”, apunto y… "chiras pelas”, la canica sale y con ella dos más. “¡Yupi!”, grito con alegría, las recojo, las guardo en mi bolsa y mientras me retiro, escucho: “¡Qué suerte! ¿Cómo le hace?”

Entro a casa gritando: “Mamá, mamá, mira lo que gané.”, ella sonríe y dice: “Lávate las manos, vamos a merendar”. Con las manos limpias, sentada a la mesa, coloco mi “tirito” y la canica ganada frente a mí, recordando la envidia de los niños y su sorpresa de que, siendo mujer, pueda jugar tan bien a las canicas. Una vez que termine de merendar, guardaré en mi recámara, en un sitio de honor, mi “tirito”, junto a la colección de canicas que aumenta y disminuye según la suerte.

La temporada de Canicas ha terminado, pero vendrán después la de trompo, balero, yo-yo y en todas ellas doy la pelea, ¡claro que sí! Por supuesto que tengo que pelear mucho con los niños porque aseguran que son mejores que nosotras y que si ganamos es porque ellos nos lo permiten “para que no estemos tristes”. ¡Sí, cómo no!

Cierro el baúl de mis recuerdos y coloco el “tirito” que creía perdido, junto a todo lo que atesoro. Hoy, disfruto la temporada de ser, hacer y dejar de hacer lo que se me ocurra. Así que ejercitaré mis mejores tiros para poder gritar siempre: “¡chiras pelas!”