Tras sismos, afloran las heridas del alma

Damnificados han muerto “de tristeza"
Emilio Morales PachecoEmilio Morales Pacheco

Con la caída de viviendas los istmeños perdieron buena parte de su historia, de sus referentes sociales y personales

Era de oficio talabartero, nunca salió de Asunción Ixtaltepec, en el Istmo de Tehuantepec; al hombre los sismos le tiraron su casa, estaba muy mal anímicamente, en la vida le habían enseñado que “el hombre no debía llorar”, relatan: “Lo encontramos en la calle, derramó lágrimas por largo rato, el dolor le salió de muy adentro pues perdió a familiares, su patrimonio, se desahogó y liberó”, narran Alejandro José Ortiz y Fausta Ibáñez, psicoanalistas que asistieron a damnificados por los terremotos de 2017.

Las personas mostraban una gran ansiedad, miedo, dolor; en el suelo los damnificados colocaban botellitas de agua y las observaban, un sismógrafo particular y el aviso de los tantos temblores que siguieron.

Muchos otros, de quienes no se lleva una estadística, murieron de duelo, de tristeza, de lo que los istmeños califican como “la tirisia”, que no es más que dolor.

Además de la pérdida del patrimonio, a dos años de los sismos de 2017, los damnificados afrontan un alud de heridas del alma, producto de que muchos perdieron a sus seres queridos; son los adultos mayores los más afectados puesto que, a la historia particular de pérdidas, deben agregar que se ven sin fuerzas para intentar recuperar lo dañado, señalaron José Ortiz e Ibáñez, los especialistas que apenas horas después del terremoto de 7 de septiembre tomaron sus objetos, prepararon un equipo y viajaron al Istmo para atender a afectados.

Los hoyos negros de la asistencia

Los minutos siguientes al movimiento telúrico fueron de ansiedad, los istmeños debieron soportar otro terremoto: los rumores, esos que hablaban de la llegada de un tsunami, de que había robo de niños, de un nuevo sismo; se generó más angustia y zozobra, ese flanco fue desatendido por gobierno, organizaciones y voluntarios ante la prioridad de llevar alimentación, cobijo, alimentos.

La ayuda anímica, emocional y mental nunca llegó a damnificados por los sismos

“Sabíamos que no se iba a prestar la atención a la persona, la urgencia era otra y se requeriría de un ejército para atender los problemas emocionales y sus secuelas”, explican los especialistas.

Lo peor y lo mejor del ser humano

Las situaciones de crisis sacan a flote lo peor y lo mejor de la humanidad; hubo y aún hay muchas disputas entre damnificados; las más, para sacar provecho de la situación; “un ejemplo: ante la caída de viviendas algunos intentaron explotar las circunstancias; en plena crisis, las quejas eran porque alguien ya se metió 10 o 20 centímetros al terreno del vecino, en medio de predios devastados”.

Y Alejandro y Fausta explican, “en Juchitán, Ixhuatán, Unión Hidalgo era la urgencia; vino después el balance de daños y, tras el duelo: los muertos de tristeza”.

En Campo Pirata se habilitó una cancha de futbol donde se colocó un albergue; es mediados de septiembre de 2017 en San Francisco Ixhuatán, una comunidad de alrededor de 9 mil habitantes y un alto porcentaje de casas derruidas.

Cataclismo mental

Y los psicoanalistas puntualizan que, al igual que los movimientos telúricos, “los sismos causaron también un rompimiento de las placas mentales; cada persona tiene una historia y problemas, vive con sus fantasmas. Hubo necesidad de preparar a los profesionales para afrontar una situación catastrófica y de crisis. Sin embargo, no había experiencia para atender lo más crudo de la historia del sujeto, muchos fueron incapaces de afrontar la situación”, reconocen.

La casa del pueblo.  FOTO: Emilio Morales Pacheco

Es una experiencia traumática, señala Fausta “los sismos traerán secuelas emocionales y a quienes más van a afectar son a los niños que, sin atención, tendrán consecuencias a futuro”.

La tirisia

Las personas mayores aún afrontan una situación dramática. “Los ancianos fueron los más afectados pues se cayó la casa, pero, además cayó la historia, el referente personal, la historia familiar, hogares, los espacios con los que crecieron. Para un anciano ya no hay más fuerza, ya no hay más tiempo para levantar lo que se destruyó” y muchos, como acepta la profesora Rosalith Cabrera, Mamá Terremoto, “muchos han ido muriendo de tristeza”.

La sabiduría popular lo identifica como “morir de susto”, puntualiza Alejandro José Ortiz, “la sabiduría popular ayuda a curar, nos dice cosas y sin embargo no le prestamos atención”.

Lo peor y lo mejor

Tras los sismos, en una colonia popular, el fraccionamiento Cristóbal Colón, las disputas intrafamiliares eran porque nadie quería lavar los trastes. Ahí no se cayó nada, pero la gente estaba en pánico, aún así había líos familiares, muy diferentes a las que se afrontaban en un albergue.

Las construcciones son una herida directa en el alma

En los albergues el problema era más terrenal: vivir. Ahí la preocupación era mantenerse a salvo, alejado de construcciones, buscando comida, cuidando bienes, hogares o lo que se podía rescatar.

A dos años, en el Istmo sigue creciendo la inseguridad, la agresión, la presencia del narco, violencia contra los niños o mujeres. Los sismos revivieron esos fantasmas y, a dos años, estos no han desaparecido.

La ciudad de Oaxaca, el Istmo de Tehuantepec, Juchitán has sido destruidos dos o más veces a lo largo de la historia, y se han levantado, indican Alejandro y Fausta, olvidan y, pasado un lapso, vuelven a encadenar sus miedos, sus temores, las heridas del alma.