EL LECTOR FURTIVO| El volumen vale lo que Cuesta

Cuando nos acercamos a una antología poética, ingenuamente esperamos encontrar una muestra imparcial y objetiva de lo descrito en el título de la obra, ya sea que comprenda unas coordenadas espacio-temporales específicas, como por ejemplo: Poesía mexicana del siglo XX, o un criterio principal basado en alguna otra particularidad: Jóvenes poetas indígenas.

Nuestras expectativas se justifican, pues suponemos que los responsables de seleccionar estos materiales son profesionales guiados por un espíritu crítico honesto y que tienen presente su responsabilidad con la historia y con la literatura, o al menos así es como se presentan a sí mismos en las introducciones y prólogos a sus propios trabajos antológicos.

Si bien la aparición de una antología es sin duda motivo de alegrías para los antologados, estas selecciones no se salvan de generar críticas y suspicacias por parte de los excluidos. Aunque en principio debería prevalecer un consenso razonablemente reconocido en donde los desacuerdos fueran mínimos, la documentación de violentos desencuentros nos permite preguntarnos si al leer una antología poética, encontramos en realidad una muestra de “lo mejor”. ¿Cuáles son los criterios de inclusión y exclusión que operan en la tradición antológica mexicana? ¿A qué podemos aspirar como lectores de una antología literaria?

Uno de los ejercicios antológicos más célebres ha sido Antología de poesía mexicana moderna (1928), cuyo claro antecedente es la Antología de la poesía mexicana de Estrada. Se da por entendido que esta antología es una obra colectiva del grupo que poco después se conocería como Los Contemporáneos, aunque firmada en solitario por el joven Jorge Cuesta, a quien propios y detractores reconocen un innegable talento. En el prólogo, Cuesta se ve a sí mismo como un fotógrafo que captura un paisaje y apela a la economía que “le rinda menos repeticiones ociosas, menos huecos y más diferencias necesarias”.

Esta “parcialidad fotográfica” dejó fuera de la antología a grandes nombres de la poesía nacional como Manuel Gutiérrez Nájera, Juan de Dios Peza o Manuel Acuña. Anticipando las críticas por causa de estas decisiones, escribe: “La poesía mexicana se enriquece con poseerlos… pero no se empobrece esta antología con olvidarlos”. Por razones como esta, la antología levantó encendidas e ingeniosas críticas como una frase de Miguel Martínez Rendón, quien, con bastante mala leche, dijo: El volumen que vale lo que Cuesta.

Una de las críticas más constantes a este trabajo, es respecto al uso de criterios distintos para incluir y excluir. Bien reconocidos por su capacidad crítica, los futuros contemporáneos no dudaron en aplicar una crítica rigurosa en la selección de maestros y a la vez criterios suaves y a modo con ellos mismos. A excepción del propio Cuesta, los jóvenes antologadores, entre ellos Torres Bodet, González Rojo y Gorostiza, participan en la nómina de antologados, lo cual fue una novedosa estrategia que candorosamente les aseguraba la inclusión en el ambicioso proyecto.