En memoria del maestro

El maestro Francisco Toledo se elevó junto a una bandada de papalotes.

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Dicen que una bandada de papalotes nómades, población transeúnte cuya morada anterior fue Ayotzinapa, fue avistada el 5 de septiembre en un vuelo danzante sobre los cielos del IAGO, el Jardín Etnobotánico y Los Arquitos de Xochimilco.

(N. del Ant.) Es sabido, gracias al códice Nutall y al lienzo de Guevea, que el vuelo de los papalotes es un fractal danzante, un poema dibujado al alimón. También se sabe que los papalotes vuelan juntos y modelan en los aires -entre todos- un gran papalote, un holograma que embellece los colores de la luz.

Al atardecer de aquel día, callada, discreta, suavemente, el maestro Francisco Toledo se elevó junto a la bandada y partió hacia otras coordenadas espaciales.

Cuenta el cronista de Xochimilco, que el peatón sigiloso del cuadrante de Santo Domingo, curvó el tiempo y los espacios y se transformó en andante astral, en navegante del futuro que otea universos paralelos.

Tlacuilo cósmico, seguro se detendrá en algún punto para liberar en el infinito un nuevo bestiario de animales fantásticos, para lanzar una inédita poética del erotismo y una proclama en defensa del maíz criollo, de todas las culturas y del patrimonio edificado.

Seguro anda tras los vientos cuya temporada le gustaba, porque “veo imágenes de las mujeres a quienes se les levanta la falda con el aire o a los pájaros que se les mueven las alas y la cola por todos lados”.

Ahora, el todo de sus partículas es flanqueado por esas ansias, las memorias de su pueblo y una rosa de los vientos hecha de maíz tierno.

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Al mediodía de aquel 5 de septiembre en el IAGO, algunas voces memoraron la Batalla de Juchitán y las hazañas libertarias de Binu Gada, Che Pedro, Tacho Shada, María Tachu y los anónimos héroes y heroínas de  Ranchu Gubiña, Zapotal, Zanatepec, Niltepec e Ixtaltepec que al grito de ¡Viva Padre Vicente! y ¡Viva Juárez!, desalojaron al ejército imperial.

Al anochecer del mismo día, las voces callaron y un hondo silencio campeaba en toda la traza del IAGO, ese laberinto de papel que siempre será La Casa del Maestro. Silentes, caían pétalos de bugambilia.

Cientos de chavos, trocaron su bullicio habitual en un mutismo lacerante. Estaban con los ojos brillosos, agachados como dolorosos signos de preguntas, con las manos convertidas en racimos de flecos inútiles.

Los colaboradores del Centro Fotográfico y el CaSa se afanaban en mantener el fuego del IAGO, ahora disperso y multiplicado en mínimas veladoras efímeras, lucecitas mortuorias. Un campesino de la Sierra Norte trajo una ofrenda de cacahuates y nueces, “porque le gustaban al maestro”, dijo.

Algunos murmullos horadaban la quietud doliente. Decían que el maestro tenía un alma de niño grande; que su mano derecha nunca supo lo que dio su mano izquierda; que su generosidad era íntima y discreta, que formaba parte de su esencia, decían.

El IAGO, ese falansterio solidario de Oaxaca, ese centro de creaciones simultáneas que siempre permitió la aventura delirante, el experimento, la inspiración y la circulación de afectos y lealtades, esa noche era un barco surto en el desamparo.

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El Oaxaca profundo está dolido, permeado por un sentimiento de orfandad, de desvalimiento. Ahí estuvo el maestro esa noche; con ese pueblo que le cantó, que le echó porras, que lo lloró. Estuvo en el dolor de sus ahijados y compadres loxichas, de las presas de Tanivet, de las y los damnificados de Juchitán, de los presos políticos del 2006.

Ese jueves 6, mientras todos cantamos "El Dios nunca muere” y sonreían con ternura los rostros de los estudiantes asesinados, muchos dicen que no se fue, dicen que volverá; dicen que está en los IAGO's, en el CaSa, en la Biblioteca para Ciegos, en el Centro Fotográfico Álvarez Bravo, en el patio del Cine El Pochote, en las calles de Alcalá, 5 de Mayo, Murguía. Dicen que está en la herencia de libros, discos, películas y grabados que nos legó. Pero sobre todo, en su ejemplo de hombre sabio, humilde y recto. Él no solo perduró; honró la vida.

Chau, maestro. Hartos totopos y camarones secos para el viaje eterno y apacible. Gracias por todo.

EX LIBRIS

La idea detrás del libro Se busca un alma, es armar uno de los posibles caleidoscopios de Francisco Toledo. De ninguna manera se busca narrar una historia lineal, fría, llena de fechas y datos cronológicamente ordenados, que no contengan la increíble esencia humana del pintor. Este libro no pretende dar una imagen digna de un museo de cera, sin movimiento; más bien, intenta ofrecer “una labor de salpicaduras”, un relato de varias voces, donde todos aquellos que le son cercanos, y no tanto, conformen los rostros de esa existencia.

En este libro encontraremos a un hombre dedicado a su obra. Una obra en constante movimiento, contemporánea y arcaica, que en sus manos nace y se transforma, y en nuestros ojos permanece. Que de la misma manera y con la misma intensidad construye y destruye, pero siempre envuelto en el acto de la creación.

Pero también encontraremos a un artista dedicado a su vida. Porque la pintura, el grabado, la escultura y la jardinería todavía lo animan; sin embargo, entre sus respiros de insatisfacción, misterio y silencio, en medio de esos momentos de letargo en los que el óleo, las tierras, las placas y las ceras esperan, Toledo crea su propia historia. Acaso la que permanezca sea su obra, pero su verdadera creación es su vida, porque Francisco Toledo entraña una constante interrogación, es un hombre impredecible, cuestionador e irónico, En él pocas veces existen las certezas y el bienestar total.