EL LECTOR FURTIVO| La isla de las estaciones

Lentamente, los muertos avanzan hacia el futuro.

Seamus Heaney vio desde muy joven sangre derramada. Fue testigo del inenarrable Bloody Sunday, una masacre perpetrada por las fuerzas británicas en su Irlanda natal, a raíz de confrontaciones políticas con un revestimiento de intolerancia religiosa. A partir de sucesos como los anteriores, este autor ha desarrollado una sensibilidad particular para tratar con el tema. En la voz poética de Heaney puede percibirse el rumor de la violencia, tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz, que en ocasiones no es más que el eco silencioso de un golpe que cimbró el estado de las cosas.

Durante muchos años, el poeta irlandés se mantuvo en el radar de la Academia sueca, como un firme candidato para hacerse del Premio Nobel de Literatura que finalmente consiguió en 1995. Antes de eso, en 1991, Ediciones Toledo editó La isla de las estaciones en una traducción de la poeta mexicana Pura López Colomé, que asume de entrada que la traducción es una obra aparte. Su trabajo para La isla de las estaciones le valió el Premio Nacional de Traducción de Poesía 1992.

No es de extrañar el interés de la editorial de Francisco Toledo por publicar a Seamus Heaney, puesto que el pintor oaxaqueño y el poeta se profesaban mutua admiración. Gracias a un amigo en común, el artista del grabado Jan Hendrix, Toledo y Haynes se conocieron por fin en el año 1999, en ocasión de su visita a Oaxaca para la presentación de La luz de las hojas, el segundo título que Ediciones Toledo publicaría del irlandés ya reconocido como Premio Nobel.

La isla de las estaciones recrea, a decir de su autor, una serie de encuentros con fantasmas personales. El escenario para estos encuentros es una pequeña isla ubicada en el lago Derg en el condado de Donegal, por supuesto en Irlanda. La tradición cuenta que el santo nacional de aquel país venció a los druidas y le fue concedido asomarse a una pequeña puerta que da al purgatorio, por lo que aquella isla es conocida también como El Purgatorio de San Patricio. El santo instituyó ahí una serie de ejercicios espirituales compuestos por ayuno, vigilia y oraciones que ocupan a los peregrinos que acuden en gran número para habitarla durante tres días.

En el texto, la voz poética de Heaney se va encontrando con diferentes personajes de su panteón personal y en algunos pasajes también se recrea a sí mismo, llevando a cabo los ejercicios de este peregrinar. Estos encuentros y ejercicios sirven para que el poeta heredero de la tradición de Joyce, Becket y Yeats, se acerque al “umbral” ya que, a decir de él mismo, “la poesía, más que sendero, es un umbral”.

A semejanza del maestro Toledo, Seamus Heaney, tenía los pies bien puestos en la tierra, en su tierra, y era cauteloso en los momentos de elevación. “No es casualidad –decía el poeta– que Satanás quisiera tentar a Cristo llevándolo a la cima de una alta montaña”. Heaney murió el 30 de agosto de 2013. Es posible que hoy en aquel cielo, si San Patricio y San Vicente intercedieron por ellos, dos buenos amigos se hayan reencontrado.