“Toledo, multiplicado sea tu nombre”

La ofrenda en el IAGO, ayer por la mañana.

“Francisco Toledo no ha muerto; multiplicado sea su nombre en todos lados. Todos vamos a seguir viendo sus obras de arte, a seguir accediendo a sus colecciones. Oaxaca ya es a imagen y semejanza de Toledo y este estado tiene los colores de las tierras con los que pintó toda la obra, el más grande artista después de Rufino Tamayo. Eso no se para porque haya desaparecido físicamente el maestro y deje de dar sus mañaneras, porque él también daba conferencias”. Son las palabras de Fernando Gálvez de Aguinaga, curador, crítico de arte, periodista y quien fuera director hace años del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO).

Frente a esta institución que donó a los oaxaqueños, esa casa que en algún momento habitó y luego llenó de libros para ponerlos a disposición de sus paisanos, sobre la calle Macedonio Alcalá, Fernando Gálvez sostiene una copa de mezcal y comparte que se encontraba trabajando en una exposición con el artista, la cual presentarían en el IAGO.

El escritor también relató que Toledo se enojaba y decía: “Yo no soy coleccionista Fer, yo soy un dinamizador, yo lo que agarro lo paso. Él se sentía como una especie de cruce entre afluentes en el que solamente le había tocado cosas que venían de unas corrientes que él no poseía, sino que solo traspasaba y así mandaba Goyas, así mandaba libros, donaba edificios, fundaba instituciones culturales, daba becas, sueños, música y películas”.

Por eso afirma que Francisco Toledo sigue, que está repartido en cada espacio de Oaxaca. Y recordó que cuando James Joyce crea el Ulises, trazó una ciudad que tiene la forma de un ser humano, corpórea; el trazo del escritor fue a imagen y semejanza.

Oaxaca, imagen y semejanza de Toledo

“Oaxaca ya es a imagen y semejanza de Francisco Toledo. También opinó de derechos humanos, sociales y políticos, marcó el ritmo de muchas cosas, con su huarache. Absolutamente, hay un antes y un después del maestro. Con su imaginación desbordante se construyó otra sociedad; para bien o para mal, todo lo bueno que tiene Oaxaca tiene un cachito del maestro, como todos los humanos pudo tener errores y los aceptaba; jamás los negó”.

Y así como él no negó nada, nadie podría negar la obra del maestro. Fernando Gálvez se refiere al IAGO como ‘la esquina roja’ de Oaxaca desde donde marcó el ritmo de la ciudad, porque fue el punto nodal de donde partieron discusiones sobre urbanismo, derechos, humanos, ecología, políticas culturales, ciencia y arte. Eso es algo que nadie puede negar.

“Fue un imán para la prensa y responsable del boom turístico. Como ser humano no he conocido a nadie más rico, complejo, sabroso, delirante, todo al mismo tiempo. Barroco, ensimismado, contradictorio. No he conocido a nadie que con decir unas pocas palabras tenga tanto poder en tantos aspectos de la vida humana. Absolutamente es uno de lo grandes intelectuales de este país”.

El curador que compartió a lado de Toledo los más valioso que posee un ser humano, el tiempo, aseguró que el artista creó un espejo con este cuento de Kafka: el del changuito que aprende a hablar. Francisco Toledo jugaba con eso de que a Toledo el mundo decía: ¿Cómo un indio, un zapoteco, un callado y ensimismado puede llegar a tener esas grandes ideas? Pues él, Francisco Benjamín López Toledo.

El regalo de conocerlo

“Cuando fui director del IAGO, yo me quedaba aquí hasta las tres de la mañana leyendo; ese era mi premio por trabajar en este maravilloso lugar al lado de sus locuras; Toledo llegaba igual, a las 11 de la noche, a disfrutar de su biblioteca... te dabas cuenta de la amplitud de horizontes y de la profundidad de su visión”.

Claro, recuerda Gálvez de Aguinaga, tenía de asesores a Carlos Monsiváis, a José Emilio Pacheco, a Elena Poniatowska, entre otros, que le decían: “Lee esto, compra esta traducción. Así armaba sus defensas del patrimonio cultural, sus defensas de la lengua, de la gastronomía; él tenía la fuerza de levantar y tener el diálogo con quien quisiera, fuese quien fuese. No hay alguien parecido ni en México, ni en el mundo”.

A contracorriente

Francisco Toledo volteó los términos en el momento más ávido del capitalismo salvaje. “La gran explosión de Toledo se da a la par que del salinismo, que fue el neoliberalismo salvaje a todo y que se fue implantado en el país. En ese tiempo, imagínate que: ¡Toledo estaba regalando todo! Todo al revés hacía, cuando todos van para allá, él venía para acá regalando casas, bibliotecas, fonotecas, tiempo, creación, cuadros, se metió en todo”.

El maestro, filántropo y activista, bien fue miembro fundador de periódicos como La Jornada, columnista en Proceso, fundador de incontables bibliotecas, de escuelas, jardines de niños. Rescató la Biblioteca de Burgoa, participó en el rescate del Jardín Etnobotánico, de todo el complejo de Santo Domingo de Guzmán, salvando de la privatización a incontables espacios públicos.

¿A quién le toca la estafeta?

“A nosotros nos toca, a las generaciones que aprendimos de él, a los que crecimos como museógrafos, curadores, artistas, periodistas, a toda una sociedad civil ya más consciente con las herramientas de formación que nos dejó. Si no somos nosotros, entonces ¿qué aprendimos? Si está vivo, es porque está dentro de cada uno que nos formamos en sus bibliotecas.

"Multiplicado sea su nombre. Ese es el pulpo, ese es el milagro, la lección, el aporte fundamental a toda la gente que formó, así como todo este movimiento social y cultural que tiene herramientas intelectuales. Existe ya otro nivel de discusión".

La exposición sin fecha

“Estábamos trabajando una exposición para hacerla aquí en el IAGO, aún sin fecha; iba a ser de sus maestros Rina Lazo y Arturo García Bustos, con quienes aprendió grabado a los 14 años en la UABJO, en la Escuela de Bellas Artes, cuando aún no había licenciatura y en la biblioteca tan solo 80 libros. Años después, él donó el edificio, fundó la biblioteca para los presos en la cárcel, en la de hombres y mujeres; también hizo la de la academia de policías, la de los incunables, la de los investigadores del INAH, hizo muchas... todos ya tienen; ahora a chingarle… yo creo”.

Fernando Gálvez abre los ojos y voltea la vista al IAGO; han pasado algunos minutos, la gente sigue llegando a dejar flores, veladoras, músicos se acercan y regalan su canto, otros le dejan mensajes en hojas blancas; otras personas lloran, muchos recuerdan las anécdotas de sus encuentros con el maestro, recorriendo la ciudad a pie, con todo ese amor que le tuvo a Oaxaca.