COLECTIVO CUENTEROS| ¿Poeta?

Yo había escrito algunos poemas. Sí, poemas. Así los consideré hasta que un día un amigo, licenciado en filosofía, opinó que uno de ellos era muy buen ensayo. ¿Ensayo? No tengo nada en contra de los ensayos, pero..., lo que leí era un poema. La espina estaba ya clavada y debía salir sola, como entró. Había disfrutado a Jaime Sabines y a Mario Benedetti y recordaba un poco de El brindis del bohemio, El seminarista de los ojos negros y Por qué me quité del vicio. Me propuse aprender sobre poesía, así que me inscribí en un diplomado.

Llegué temprano a la primera clase. Me sentía como niño cuando lo invitan a una excursión. Éramos doce, incluyendo a José, el maestro. Él nos dio el temario. Indicó que cada mes vendría un maestro invitado durante una semana y sentenció:

—De aquí no van a salir siendo poetas.

El comentario me sacudió. Pensé que si su dicho era regla, podía haber excepción.

El primer día, al salir, en la calle Alcalá escuché las notas de una canción. Una jovencita de unos dieciocho años tocaba un acordeón. Se detuvo y me dijo:

—¿Viene de la escuela?

—¿Lo dices por mi cuaderno?

—Sí.

Sin más, tocó La del moño colorado.

El miércoles siguiente leímos a autores chilenos. Al salir, la joven del acordeón me saludó.

—¿Cómo le fue hoy?

—Bien. —Soy de pocas palabras y más con extraños. Pero la joven me inspiró confianza—. Y tú, ¿cómo vas en tu trabajo?

—Bien. ¿Qué estudia?

—Un diplomado de poesía.

Me vio de frente, agrandó los ojos, sonrió.

—Oiga, qué bonito.

Me contó de su experiencia con la poesía en la primaria de su pueblo, en la Mixteca. Cohibida, me dio su nombre: Adelita. Le dije el mío. Después sonrió y empezó a tocar Canción Mixteca.

La semana siguiente, Cristián dirigió el taller. Vimos parte de las obras de Javier Heraud, Tomás Harris, Eugenia Brito y Stella Díaz.

El lunes observé a unos turistas dejando monedas en el rebozo de Adelita, en el piso frente a ella. La saludé; seguía entusiasmada por la poesía. Le dije que los poemas ya no eran como aquellos que decíamos en la escuela. Ahora hay otras formas. Le leí un poema de Pablo de Rokha que ninguno de los dos entendió.

—Léame algo suyo.

Le leí algo cortito.

—¡Qué bonito poema! ¿Así es todo lo que escribe?

Sonreí y afirmé con la cabeza. En seguida dudé. Recordé al licenciado en filosofía y a José.

El jueves en el taller, leí uno de mis poemas. Cristián dijo que uno de los versos le parecía poético. Un compañero dijo que se escuchaba bien, a secas. Pero una compañera, que por cierto no asistía con regularidad, me recalcó la importancia de la metáfora como apoyo literario y, al final, con aire de suficiencia me dijo:

—¿Me entiendes, verdad?

Si algo sé, son las figuras literarias, pero su ponzoña atacó mi ánimo. A la salida, le comenté a Adelita lo ocurrido.

—Hay gente así, no se desanime.

Quizá para confortarme, me pidió que leyera otro de mis poemas, de los escritos antes del diplomado.

—Se llama Amigo. El otro día lo leí en la casa con música de fondo de Cuando un amigo se va, de Alberto Cortez. Dice:

No recuerdo cuántos años han pasado

desde que nos vimos la vez más reciente.

Dos, tres o cinco, no lo sé.

Lo que sí sé es que

si pasan uno, dos o más y nos vemos,

te voy a reconocer

Adelita se cubrió la boca con las manos.

—Oiga, qué poema. Está precioso. —Se deshizo en adulaciones.

Esa noche, el otro comentario punzó en mis sienes. Cuando el silencio quería imponerse, la frase hacía su aparición: “¿Me entiendes, verdad?” ¡Claro que le entendía, jija de la...!

El siguiente miércoles, me atreví a leer mi poema Amigo en el taller. La crítica fue devastadora. Salí del taller cabizbajo con ganas de enviar todo, allá donde se manda lo que no queremos. Ni el movimiento constante en la calle de Alcalá me sacó de mi abstracción. ¿Cómo es posible que opinen así de algo que a otros gusta?

Cerca, Adelita tocaba Nube viajera. Paró.

—¿Cómo le fue, poeta?

—Poeta... ¿poeta yo? Sé que me falta mucho, pero algo debe tener lo que escribo porque gusta. ¿No es así Adelita? ¿O es que acaso mienten cuando me lo dicen? Mira, hay poemas de personajes encumbrados que para entenderles y sentirlos he necesitado echarme un clavado, y no soy el único quien pregunta qué hongo habrá comido. Los que se dicen poetas se están quedando solos por soberbios al no querer aterrizar sus expresiones artísticas. Además, se dan aires de grandeza y ni saben lo que escriben.

Se acercó, me puso la mano en el hombro y me dijo:

—Usted es poeta y de los buenos, de los que gustan. A los que les entendemos los del pueblo.

Levanté la cabeza para verla. Tomó su acordeón y entonó El muchacho alegre.

Ese fin de semana no salí. Pensé en desistir. “¿Y si te aguantas para ver qué más hay?”

Lo mejor y lo más difícil estaba por llegar. En plenas fiestas de la Guelaguetza condujo el taller Petronella, traductora y crítica. Ese día saludé de lejos a Adelita. Llegué a mi auto con el corazón inquieto y un poema en mente relacionado con Petronella. El martes se lo leí.

Cuando terminé, sentí que toda mi sangre la tenía en la cara; mis orejas calientes, mi corazón desconcertado. Ella me miraba como una niña tímida ante preguntas sin respuestas, sin mover sus delgados y rosados labios. Durante treinta o cuarenta segundos no dijo nada. Me pareció una eternidad. Nadie se movía. El silencio era total. Yo no sabía qué decir. Contemplaba sus labios en busca de su respuesta. Hasta que sonrió y me dijo:

—Me gusta.

Salí del taller abrazando mi cuaderno donde traía escrito el poema. Apuré el paso para contárselo a Adelita. Se puso seria.

Más contento que de costumbre, seguía viendo a Adelita los miércoles de taller.

A fines de agosto estuvo con nosotros la maestra Rocío, coordinadora del diplomado. Nos ratificó que se publicaría una antología con poemas seleccionados por los maestros. Con pocas esperanzas, ese mismo día se lo comenté a Adelita.

—Sus poemas van a estar en el libro y yo voy a seguir muy orgullosa de conocer a un poeta.

Rocío no mostró interés por mis poemas, pero seguía inspirado escribiendo.

—Lo veo triste —me dijo después Adelita—. Usted piense que va a estar en ese libro y, cuando lo presenten, voy a estar ahí para aplaudir hasta que mis manos queden rojas rojas como pitaya.

Un mes después, el maestro León nos habló de la obra de Mallarmé, Rojas, De la Cruz, Becker, Gorostiza y Paz.

Seguí saludando a Adelita hasta que se terminaron los talleres. ¿Estarían mis poemas en el libro? ¿Por qué no?

La presentación sería el 14 de febrero en el IAGO y no sabríamos antes qué poemas estarían incluídos en la antología. No localicé a Adelita por más que la busqué en Alcalá y sus alrededores. Por ratos recordaba su entusiasmo y me entristecía su inminente ausencia.

El día de la presentación, me puse mi camisa favorita. Llegué temprano al evento. No vi a Adelita, pero aun así estaba entusiasmado. Después de saludar y desear éxito a mis amigos poetas, a la maestra Rocío y a José, me convertí en público.

No quise indagar sobre el libro: quería que todo fuera sorpresa para mí. Cuando José abrió el evento, Adelita estaba ahí, hermosa, entre las personas de pie. Me vio y me guiñó un ojo.

Rocío inició con los detalles. Para todos hubo reconocimiento. Aplaudimos contagiados, sacudidos por imágenes nuevas que nos mostraban en cada lectura. Así transcurrió la presentación. No, no tuve llamado. Al final, el público, en su mayoría familiares y amigos de los poetas, se arremolinó en torno a los libros y a los poetas. Me dirigí hacia donde estaba Adelita. No la encontré. Me despedí de mis maestros. Rocío me dijo que faltó un voto para que incluyeran mis poemas. Que yo iba muy bien:

—Sigue leyendo y escribiendo poesía, lo vas a lograr.

Felicité a los flamantes poetas. Con sentimientos encontrados caminé hacia la salida. Cuando pisé la banqueta, vi el nutrido vaivén de personas en la calle Alcalá. Sonreí melancólico.

No había dado el paso hacía la calle cuando a mi lado derecho, casi junto a mí, surgió la música de acordeón. ¡Era Adelita! Sonrió y empezó a tocar Cuando un amigo se va. Me paré junto a ella. Saqué las hojas de mi poema Amigo, que había impreso para leer si salía seleccionado en la antología, y empecé a decirlo con voz clara, matizada y rítmica. Se detuvieron diversos paseantes frente a nosotros y formaron una media luna. Los que estaban en la presentación del libro también se incorporaron a los curiosos. Yo, deleitándome en el poema, me transporté en sus caminos, en sus palabras, colocando las imágenes que una a una saltaban de mis recuerdos e imaginación. Cámaras y celulares estaban siendo accionadas. Sorprendido, vi a Adelita. Los aplausos, los bravo y demás manifestaciones estallaron. Mis maestros y los jóvenes poetas, atónitos al principio, también gritaban. El público no se movía. Las peticiones se siguieron dando. Después de cada interpretación, no faltaban las expresiones de ¡qué bárbaro!, ¡poeta, poeta! Prácticamente rodeados, Adelita atendía a unos; yo, a otros:

—Sos un flash. Decíme dónde consigo tus libros, tus videos, tu música.

—Vos, ¿cómo te llamás?

—¡Sei un grande!

—¿Cómo te encuentro en redes?

—¡Qué acompañamiento! ¡Muy bien, jovencita!

—¿Dónde se presentan?

—¡Sois un solete!

—¿Tenés blog?

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