Cuando Julio Cortázar vino a Oaxaca

Se decía admirador del trabajo de Rufino Tamayo

El maestro Rufino Tamayo, oaxaqueño universal.

(En memoria de la insigne maestra

Alicia Pesqueira de De Esesarte)

Pensar agradecidamente en Rufino Tamayo

Julio Cortázar vino a Oaxaca, porque le dijeron “muchas cosas, turísticas y etnográficas, climáticas y gastronómicas” sobre la ciudad. Carlos Fuentes se las dijo. Seguro; porque él siempre repetía –a modo de mantra– “Oaxaca color de jade, única ciudad de perfil conyugal indígena y español”.

Pero ni su cuate Fuentes, ni los innumerables cuates que habitaban su “cuatidad” pletórica, le dijeron que aquí, en nuestra ciudad, “además de un zócalo que sigue siendo mi preferido en México, habría de encontrar la más densa congregación de cronopios jamás reunida en el planeta”.

¿Qué hizo el Gran Cronopio cuando supo que el maestro Rufino Tamayo –de quien Cortázar dijo ser “un viejo admirador de su pintura”– había reunido una imponente colección de piezas arqueológicas y con ellas había fundado el Museo de Arte Prehispánico, único en México? Escribió el autor de Rayuela: “Me precipité raudo cual flecha”. Admite que encontró maravillas e, inesperadamente, una diversa congregación de cronopios.

“Me bastó entrar –dice Julio C.- en la primera sala para reconocerlos: desde las vitrinas, muertos de risa ante mi asombro, los pequeños cronopios me miraban y se divertían”. Al darles las “salenas”, creyó que había “que pensar agradecidamente en Rufino Tamayo”, porque “no es fácil ser cronopio”. Y allí, como lo había hecho en otras latitudes, siguió esbozando una posible etiqueta identitaria: “Ser fama o esperanza es simple, basta con dejarse ir y la vida hace el resto. Ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela, contradanza, contratodo, contrabajo, confragote, contra y recontra cada día contra cada cosa que los demás aceptan y que tiene fuerza de ley”.

El Museo, un pequeño pueblo maravilloso

Cuando el 14 de febrero de 1975, Julio Cortázar- en compañía de su cuate y pintor chileno Roberto Matta – traspone a grandes zancadas el umbral de la casona de Morelos 503, en pleno Centro Histórico, no solo encuentra un cronopio “sino una legión, insolentemente explayada en las vitrinas de las primeras salas. Sentados, acostados, rojos, negros, de pie, pardos, cabeza abajo, jugando, peleando, durmiendo, rosados, vestidos, sonriendo, desnudos, burlándose, mujeres, verdes, hombres, cantando, niños, azules”.

Conmovido, Cortázar musita una promesa enternecida: “Oh pequeño pueblo maravilloso, cómo te guardaré siempre en mi corazón. El resto del museo –admirable sin duda– se me vuelve humo frente a ese contacto con mi recobrado mundo de cronopios. Yo había esperado durante años al Matta, al Topor, al Oski, al artista que pusiera en el plano o en el espacio lo que yo había puesto en la palabra; y no sabía que ya estaba hecho y que era yo, tantos siglos después de esos anónimos artistas mexicanos, el que simplemente agregaría una voz a esas formas mudas. Extrañas, maravillosas recompensas del azar: una vez más me tocaba encontrarme por lo profundo con un México que jamás había visitado antes, pero que estaba presente en textos míos, en pesadillas e iluminaciones. Desconfío de las extrapolaciones fáciles que llenan tantos libros de ensayos en nuestros países, pero frente a cosas así, siento más que nunca que ser latinoamericano cuenta más que ser mexicano o argentino o panameño, que nuestra sangre circula por el continente como una sola sangre, esa que alguna vez será por fin y de veras solamente nuestra”.

Ustedes forman parte de la cultura

"-Bah – dice el tercer cronopio del estante superior de la segunda vitrina-, no te pongas ditirámbico y mesiánico.

-Tienes razón –admito-. Por una vez que nos divertimos…

- Además –dice el cronopio- aprovecha un descuido del guardián y arráncanos las etiquetas.

-No se puede, hijito –murmuro sintiéndome el peor de los famas-. Ustedes forman parte de la cultura, y ya se sabe que sin etiquetas no hay catedrático que aguante.

Su rabia y su desprecio me entristecen, pero al final se olvidan y vuelven a mirarme con afecto; además yo evito cuidadosamente leer las etiquetas para no ofenderlos, y por eso ahora me sería imposible decir si son cocomecas, aztejucos, olmezocos o tlascalzontles. Ese de ahí que parece rascarse la barriga, ¿será anterior o posterior a ese otro que danza para sí mismo con sus grandes ojos llenos de congelado tiempo? Nunca llegué a conocer sus cronologías y sus procedencias; imposible almacenar en la memoria etiquetas tales como: “fase cultural preclásica tardía-Nayarit”, mención que encuentro ahora en una tarjeta postal. Me gusta más inventarles orígenes caprichosos, como ya una vez hace muchos años inventé una tribu mexicana, la de los motecas. Claro que eso de inventar se estrella siempre ante los que creen que todo viene de otra cosa o tiene una razón precisa de ser; en el caso citado un escritor francés afirmó que lo de mototecas venía del hecho de que el protagonista de mi cuento mexicano andaba en moto. Ante cosas así, no hay más que echarse cenizas en la cabeza”. (…)

Fragmentos de Un cronopio en México (Cap. 2), en: Julio Cortázar, Papeles inesperados; Edit. Alfaguara, México, 2009.

MEMENTO
26 de agosto de 1899: Nace el pintor Rufino Tamayo en Oaxaca, Oaxaca.
26 de agosto de 1914: Nace el escritor argentino Julio Cortázar.