COLECTIVO CUENTEROS| La esclava de la seda

Me llamo Lie. Nací en la provincia de Viet el mismo día que nació la hija del rey: ella en una cuna de oro y yo sobre un jergón en una choza alejada del palacio. Sin embargo, crecimos juntas. Yo era la compañera de sus juegos, pero volvía al jergón por las noches y ella a su cama suave, cubierta por un pabellón que la envolvía y la apartaba de la maldad del mundo. Ella me llamaba esclava; yo le decía amita.

Desde que me llamaron al palacio, me instruyeron para aprender los modos de mi ama. Me volví su sombra: seguía cada paso, aprendí cada gesto. Pero siempre caminé atrás; nunca a su lado y mucho menos frente a ella.

En ese tiempo, se abría la ruta para intercambiar productos de Asia con La Nueva España a través del Pacífico. Entre las mercancías más valiosas del rey, había cientos de lienzos de seda, pero sobre todo estaba ella: su hija. Un marqués, conocido por sus gustos por las niñas vírgenes de piel color mostaza y ojos de almendra, pagaría su peso en plata al recibirla en el Nuevo Mundo. No teníamos más de quince años. Y no fuimos las primeras vírgenes que vendió. Mucha de su riqueza provenía del comercio que hacía desde el nacimiento de su primogénita.

El capitán de la Nao nos esperaba en la cubierta de la nave. Mi ama vestía de seda amarilla y sandalias de brocado verde jade; una peineta de marfil recogía su pelo y le colgaban dos argollas de plata de las orejas. Él se acercó hasta quedar a un paso de su cara. La tomó entre sus manos con delicadeza y desencajó la pieza de marfil de su pelo, que cayó como una cascada de color azabache.

—Vales lo que pagarán por ti —le dijo—, mientras sigas siendo virgen.

—¿Cuánto tiempo para arribar a nuestro destino? —quiso saber ella.

—Eso sólo lo sabe el mar y su cómplice, el viento. He guiado embarcaciones que viajaron por medio año antes de alcanzar las costas —le dijo. Las velas se hinchaban como nubes, empujándonos por las líneas blancas de las olas.

Nunca había estado en un barco. Adentro, el olor era una mezcla de residuos de comida, sudor y otros humores calientes que se levantaban en vapores espesos. Me revolvía el estómago, más que el propio bamboleo. Mientras tanto, el viento en la cubierta era fresco, respirable. Mi ama, en cambio, permanecía en su camastro a pesar de mi insistencia. La idea de vivir con un desconocido en un lugar extraño, la tenía enferma. Fue muy duro verla postrada por días en su cama, sin ningún interés.

Mi labor era estar junto a ella. Así, le hablaba del barco, de los hombres que lo hacían funcionar, de los productos que había en las bodegas y sus laberintos de madera por donde había espiado los primeros días de la travesía. Entre los viajeros, había un hombre que cubría la mitad de su rostro con un turbante, dejando ver solamente los ojos del color del acero, enmarcados por unas cejas pobladas. Por él, supe que el cargamento que permanecía en resguardo eran tibores, especias, marfil y piedras preciosas. Yo le hablé del viaje que haríamos y del destino que nos esperaba al llegar al puerto. Hablaba nuestra misma lengua.

Después de setenta días de navegación, las nubes que habíamos visto a lo lejos se convirtieron en tormenta. El barco se alzaba con cada ola para deslizarse hacia el fondo, volviendo a la punta en ondas interminables. Los relámpagos, antes muy lejos, iluminaron el cielo y al navío, que se mecía con moles de agua que bañaban a la tripulación, empecinada en mantenernos a flote. El miedo a caer al mar y la posibilidad de morir ahogada, me horrorizaban. Me alejé de la barandilla que se inclinaba hasta casi desaparecer y me amarré a uno de los postes con una cuerda suelta. Entre cada ola que me bañaba, pude ver a hombres y mujeres apresurados en subir a cubierta por el miedo de morir ahogados. Pensé en Sinja, en la posibilidad de su muerte, pero comprendí que era incapaz de hacer nada por ella. Sólo pedí a mis ancestros que nuestra muerte fuera rápida, que no fuéramos devoradas por algún monstruo marino de los tantos que habitan el océano. En cuanto pude, bajé al camarote. La encontré inconsciente en un charco de su propio vómito. El orinal había caído, dejando chorrear su fétido contenido por el piso.

Agotada la tormenta, la calma chicha dejó inmóvil al barco en un calor insoportable y a los marineros en la tarea de sacar el agua por la borda. Ningún día me pareció tan largo. Sinja tenía fiebre; deliraba en sudores, empapada. La desvestí para descubrir la piel marcada de manchas moradas en las piernas y los brazos. Intenté darle agua, pero se ahogaba entre la sangre que emanaba de su boca y un líquido maloliente que provenía de su vientre. En un intento por toser, escupió los dientes.

—Llegaremos a tierra muy pronto —traté de consolarla—, y estarás mejor.

La incorporé, lavé su cara y sus piernas llagadas y cambié sus ropas. Entonces salí en busca del capitán. El hombre del turbante estaba con él; los dos observaban las lesiones de un marino enfermo.

—Mi ama sufre del mismo mal que este hombre —exclamé.

—¡Dios! ¿Por qué no me informaste? ¡Esclava inútil!

Por días me afané en cuidarla; alimentarla con comida que molía con mis manos en un cuenco, a darle agua que vomitaba en cuanto tocaba su lengua. Pero ella había dejado de luchar y yo de sentir.

Por fin, anclamos frente a las Islas Marianas. El trajín de los marineros dejó una sensación de ánimo entre todos, pero en mí sólo había un vacío.

Desde la mirilla, pude ver cómo lanchones acarreaban frutas y tambos con agua hasta el galeón. Por un momento, pensé en la salvación de mi ama; si pudiera comer, repondría sus fuerzas. Me equivoqué. De pronto, el capitán apareció en la puerta. Me aferró con fuerza el antebrazo y me arrastró hasta la cubierta. Me obligó a mirar. Apilados había cuerpos de hombres y mujeres bajo el sol implacable.

—Tu ama pronto acompañará a estos infelices hasta el fondo del mar. Y tú serás la siguiente si no sigues mis órdenes.

Tragué saliva intentando retener mi llanto y el miedo.

En cuanto las islas desaparecieron del horizonte, uno por uno arrojaron a los muertos por la borda. Cada día esperaba que Sinja recuperara las fuerzas, que el alimento la hiciera recobrar la salud, pero su cuerpo había dejado de resistirse. Tal vez lo había hecho desde que supo su suerte en el palacio. Amanecía cuando, al volver de cubierta, me entretuve mirando cómo el cielo se pintaba de colores entre nubes lejanas. Entonces la vi. Los ojos se habían hundido hasta casi desaparecer en dos cuencas moradas. Estaba sumida en los huesos y la piel. Pensé lo poco que valdría su cuerpo en plata. Lavé sus restos y la envolví en una manta. No sabía cuál sería mi suerte, pero no tenía opción. Salí en busca del capitán, que ordenó la arrojaran al mar sin ninguna emoción en el rostro. Una vez más, hablé con mis ancestros mientras la miraba desaparecer, flotando por minutos antes de hundirse. Por primera vez, no sería esclava de nadie.

A partir de ese día, el capitán me obligaba a comer hasta atiborrarme. Otra esclava me traía cuencos con frutos de colores brillantes: guineos, granadas. Me revisaba en busca de signos de la enfermedad: me levantaba la ropa, me abría la boca y me hacía escupir después de tomar agua. Mis dientes estaban en su sitio. No estaba enferma y mi cuerpo, antes esbelto, comenzó a cambiar. Pero sobre todo, se interesaba en saber si era virgen. Comprendí que ese era mi tesoro. Me vigilaba en cada momento. Sin tregua. Los paseos por cubierta se acabaron.

Unos días antes de desembarcar en el puerto de Acapulco, el capitán entró en mi camarote, me llamó por el nombre de mi ama y me ató al cuello una cadena de plata de la que colgaba una moneda con una inscripción imposible de descifrar. Después, se me acercó como lo hiciera con mi ama el día que la conoció, me prendió el cabello con la peineta de marfil y me ordenó que vistiera con las túnicas de seda que habían pertenecido a ella. Calcé sus sandalias de brocado y adorné mis orejas con los aretes de plata. Complacido, habló para sí:

—Con la ayuda de Dios, nadie notará la diferencia. —Luego, dirigiéndose a mí, agregó—: Sinja es tu nombre. No lo olvides.

La nave era como un nido de insectos la mañana que arribamos a Acapulco. Los productos que trajimos desde nuestras tierras eran acarreados por hombres con el torso desnudo en una veintena de carretas dispuestas en los muelles. Pude ver desde la mirilla al hombre del turbante, llevado en vilo por tres hombres del capitán con las manos atadas y la cabeza gacha. Imaginé su suerte. Solo él sabía quién era: la esclava que no valía nada y que sería vendida como hija de un rey.

Fui la última en salir del barco. Me escoltaron los hombres del capitán hasta su casa. Ahí me encerraron una vez más. Era yo, Sinja, rodeada de sedas brillantes que me acompañarían hasta la casa de mi nuevo dueño, el marqués.

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