Entre taxistas hay dinastías

Emilio Morales PachecoEmilio Morales Pacheco

Ayer, los "chafiretes" vistieron sus mejores galas para celebrar su día

Reynaldo Leyva López tienen 79 años de edad, 55 de éstos los vivió al frente de un volante como taxista. Recientemente jubilado de la labor, el hombre afirma con orgullo. “Fui de los primeros en este trabajo”. 

“La labor ha cambiado mucho a lo largo de los años. Yo me acuerdo de todo: como iniciamos, como era la ciudad, cómo era el sitio Alameda, cómo comenzamos”, expresa esbozando una sonrisa al recuerdo.

Por aquellos años de inicio, relata mientras espera que el reloj anuncie el mediodía para el inicio de la misa de gracias, “las dejadas eran de tres pesos, dos pesos o uno cincuenta. Una dejada de aquí al aeropuerto era de dos cincuenta. ¿Cuándo íbamos a juntar cien pesos?, teníamos que trabajar día y noche”.

Las campanas de la iglesia repican. A lo lejos se oyen los cohetones de las caravana de taxistas que van en celebración. Por la mañana, los trabajadores del volante se concentraron en Calzada Madero, luego avanzaron hacia el zócalo capitalino. Unos se quedaron ahí a la celebración de la misa en Catedral, otros siguieron su camino hacia el Llano, hasta la iglesia de la Guadalupe en donde, tradicionalmente, dan gracias y reciben la bendición con la que todos los días salen a las calles a jugarse y ganarse la vida.

A lidiar con accidentes y delincuencia

Así lo hizo, Reynaldo Leyva durante los 55 años al volante. Agarrarse a la fe, es para todos los taxistas una condición irrenunciable ante los peligros a los que se enfrentan, tanto por accidentes como por la delincuencia.

En su caso, se salvó en cuatro ocasiones de ser herido de bala. Aquellos momentos los recuerda nítidamente. “Esa ocasión hice un viaje de la Central a San Martín Mexicapam. La persona que me abordó no me quería pagar, y por 40 pesos balacearon el coche. Terminaron rotos todos los vidrios”.

En otra de aquellas, iba sobre la carretera rumbo a Cuilápam y dos personas le salieron al paso. Para frenarlo y robarle, le tirotearon el carro. Por fortuna, en las cuatro ocasiones salió ileso.

José Luis, quien es hijo de Reynaldo, también es taxista. Él junto con sus otros dos hermanos heredaron el gusto por la labor. “Todos heredamos el gusto por el volante. Dos de nosotros terminamos una carrera, el otro quedó a medias, pero los tres somos taxistas”, explica.

Delincuencia a bordo

Como trabajador del volante, tampoco se ha salvado de la delincuencia. En una ocasión de los 20 años que lleva laborando, fue asaltado por tres jóvenes que le hicieron la parada.

“A veces se sube gente que no sabes qué mañas o problemas traen. Yo fui asaltado por tres chavos. Sólo vi tremendo cuchillotes que me sacaron. Lo mejor es entregar todo lo que llevas, lo material se recupera porque por muy leve que sea la lesión deja secuelas”.

Areli, el taxismo en la sangre 

Cuando Areli Díaz manejó por primera vez el taxi de su padre lo hizo como un hobbie y desde entonces ya no lo volvió a dejar, lleva diez años trabajando frente al volante.

“Yo doy gracias a Dios por mi trabajo, porque es una labor muy noble. Una sale a la calle, sin dinero, pensando en que hay que comprar la comida, pagar la escuela, y este trabajo me ha dado para todos eso, todos los días”, expresa.

Areli es la cuarta generación de una familia de taxistas. Su bisabuelo heredó el oficio a su abuelo y éste posteriormente a su padre. Ahora ella y su hermano ejercen con orgullo la labor. “Yo siempre he dicho que lo llevamos en la sangre. Para mi esto empezó como un hobbie. Yo lo quería hacer aunque fuera un día. Así empecé y de ahí se convirtió en una necesidad debido a problemas económicos”.

Ella tenía 35 años cuando comenzó, antes de hacerlo estaba dedicada a las labores en el hogar. El inicio no fue fácil pues el gremio es predominado por los hombres. “Me fue difícil involucrarme porque de repente habían faltas de respeto, pero superado esto, la labor me ha permitido desarrollarme como persona, volverme más fuerte, y ser independiente económicamente”.