Árboles en laderas, dique a la erosión

A sus 52 años, Hilaria se dedica a sembrar en su pequeña parcela que tiene en una ladera.

El 30 por ciento de pendiente que tiene la parcela familiar impedían a Hilaria González Jiménez creer que sería posible que, a un metro de distancia, pudieran desarrollarse sanamente árboles de durazno plantados en hileras de 10.6 metros y que permitieran captar agua y evitar la erosión del suelo.

“Lo primero que me pregunté es cómo iban a crecer”, relata una mujer mixe que a sus 52 años se encarga de producir el campo, como se acostumbra en Santa Rosa, agencia de Tamazulapan del Espíritu Santo donde ella vive, “porque los hombres buscan el sustento como taxistas, albañiles o en algún otro oficio”.

Cuando hace 15 años un grupo de técnicos la invitó, junto con otras nueve mujeres, a participar en un proyecto que intercala milpa con árboles frutales, lo dudó al inicio, pero termino por arriesgarse a utilizar una técnica para la conservación del suelo.

La importancia de la curva de nivel

Una vez que se decidió a aplicar esa tecnología, pudo constatar que cuando llueve el agua busca el nivel creado al trazar la curva de nivel.

Poco a poco, con el crecimiento de sus 300 árboles de durazno y luego de aguacate has, Hilaria fue aprendiendo sobre la retención de agua y suelo.

En tres ocasiones las granizadas le han dañado su producción, como la del año pasado que impidió que en este 2019 recogiera 300 cajas con 20 kilos de duraznos cada una.

Pero para ella el solo hecho que los árboles le ayuden a impedir la erosión de su ladera, ya es una ganancia, porque además cultiva maíz y frijol que utiliza para el autoconsumo.

Se apropian de técnica

Columba Silva Avendaño, representante legal de la Agencia Mexicana para el Desarrollo Sustentable de Laderas, identifica a Hilaria como una de las pequeñas productoras que más se ha apropiado de la técnica milpa intercalada con árboles frutales.

A la fecha la organización trabaja con 30 productores de la zona Mixe y la Cañada, que aprovechan el poco espacio que poseen intercalando filas de milpa con árboles frutales que en conjunto agrupan nueve hectáreas.

“Ha sido poco aceptado entre productores porque requiere una inversión inicial para la compra de plantas, insumo y mano de obra que llega a sumar hasta 50 mil pesos, pero se recupera”, asegura.

Renovar plantaciones

Gracias a que gestionó recursos en la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, hoy Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, Hilaria pudo renovar 310 árboles que sembró la semana pasada.

“Los otros ya están viejitos y están para tumbarse, me otorgaron las plantas de durazno y yo sólo pagué tres mil pesos para hacer la cepa y la siembra”, relata.

Su preocupación es que apenas el domingo se cayó de una silla y se fracturó un tobillo, lo que va a detenerla de las actividades del campo. Su hijo Cutberto se fue desde mayo a Estados Unidos a trabajar en el corte de manzana y su hija, Rubí, vive en Tlahuitoltepec.

“Van a sufrir mis cultivos, pero me tendrán que esperar”, expresa con orgullo una mujer que se admira de ser capaz de realizar sola sus actividades de campo, donde la recompensa es una buena producción y el cuidado del suelo que le da ese sustento.