El jardín de Ludwig Zeller

EL LECTOR FURTIVO

El peregrinar que inició Ludwig Zeller en su natal Chile en los años 70, culminó en 1993 en Oaxaca, donde el poeta y artista visual encontró su hogar definitivo. La afición errante es herencia del padre, alemán de nacimiento, que llega a Chile después de trabajar en la India y Borneo como fabricante de explosivos.

Zeller nació en 1927, en Río Loa, un pueblo en el desierto de Atacama, lugar donde no llueve por años enteros y del que casi nada queda. En su juventud, ya en la capital, tiene cercanía con los poetas que conforman el grupo “La Mandrágora” como Braulio Arenas, Teófilo Cid y Enrique Gómez Correa. Con ellos abreva y afirma su vocación surrealista. En 1971 parte de Chile como un artista maduro y reconocido, dejando tras de sí no sólo su obra, sino también los buenos oficios como gestor y directivo de un importante espacio cultural.

Su siguiente parada, Toronto, significó la fundación de Oasis Publications de la mano de Susana Wald. Ambos emigran en los noventa a la República Mexicana, concretamente a nuestro estado. El autoproclamado “surrealista independiente”, apenas llega a Oaxaca pone manos a la obra y en pocos años, ofreciendo talleres y una política doméstica de puertas abiertas, se convierte en figura tutelar para la poesía oaxaqueña.

Ludwig Zeller es un poeta grande, pero sencillo. Todo en él es poesía, su cotidiano, su vida erótica, sus viajes, Oaxaca, con El árbol del Tule, Huayápam y las mujeres triquis. Hombre y maestro generoso, suele invitar a gente desconocida a visitar su jardín. En su taller escarba entre sus imágenes previamente atesoradas y las dispone sobre las hojas como si fueran versos y lo hace todo tan natural, como si ser poeta y artista visual fuera algo de lo más común, algo que simplemente se deja brotar. Quizá para él es así. “Un día te levantas con el ánimo de hacer poesía y otro día quisieras hacer una imagen”, solía explicar.

Álvaro Mutis, prologando a Zeller, afirma que el poeta tiene que inventar a cada instante la libertad, aquella contra la que atentan los hombres también a cada instante. Con este sentido de la libertad, casi heroico, Ludwig Zeller se dio a la búsqueda de nuevas formas de expresión. Su paso como director de la galería del Ministerio de Educación de Chile se caracterizó por el carácter experimental de varias de sus exposiciones. Gustaba también de apoyarse en el trabajo colaborativo y de encontrar soportes novedosos para su obra, como el audio cassette, propuestas que de alguna manera hoy consideramos corrientes, pero que poco antes del nuevo milenio, no lo eran.

Autor prolífico, algunas de sus obras más significativas son: A Aloyse y Las reglas del juego. Existen dos antologías imperdibles: In the country of the antipodes (Mosaic press/Valley Editions) y Salvar la poesía, quemar las naves (FCE) además de la novela autobiográfica Río Loa, Estación de los sueños (Aldus). Para Ludwig Zeller, arte y poesía debían compartirse indiscriminadamente; él diría que “todos los hombres del mundo deberíamos tener la ‘chance’ de montar ese maravilloso caballo”.