COLECTIVO CUENTEROS| La habitación número ocho

Israel

Israel azotó la reja de la entrada, deseando importunar el sueño de algún vecino. Así como la llamada de Sandra lo había despertado a las dos de la mañana. Cuando la reja golpeó contra la pared, la cerradura se desprendió y cayó al suelo.

—¡Me lleva la chingada!

El grito y el golpe hicieron eco en una calle vacía.

Luego de asegurar la entrada con una cadena y un candado, se dirigió a la habitación. Abrió la puerta de la que colgaba un descolorido número ocho y entró: el espacio era ocupado en su mayoría por una cama y un buró. Estaban Sandra, la empleada del turno nocturno y Paco, el joven de limpieza, que tenía el rostro más pálido que lo habitual. Boca arriba en el suelo yacía un hombre desnudo, de unos 40 años, cubierto parcialmente con una toalla.

—Lic, no hay manchas de sangre —dijo Paco.

—¡Sandra! ¿Qué pasó? —exigió Israel, ignorando al joven.

—Déjeme explicarle, lic: ese señor —señaló al suelo con un dedo tembloroso— llegó en la tarde y pagó la habitación por ocho horas. Dijo que no traía credencial de elector. Cuando vine a avisarle de que su tiempo había terminado, no abrió. Entonces fui por la llave de repuesto y... ¡ay, Dios mío!

—¡Te he dicho que siempre debes pedir identificación! —gritó Israel—. ¡Con una chingada!

—No se preocupe, lic. —La voz de Paco los hizo alzar la mirada—. Aquí está su cartera. —Le colocó enfrente la credencial que indicaba que el hombre se llamaba Raúl.

—Paco, no toques nada, tus huellas van a… olvídalo.

Israel pasó encima del cuerpo y le aplastó una mano. Él quería tomar una bolsa de plástico que vio sobre el buró.

—Prostituta —dijo Paco, dejando ver sus chuecos dientes al reír.

—No. Se veía decente.

—¿Cómo sabes? —preguntó su jefe.

—Se notaba apenada por estar aquí. Cuando se acercó a la recepción, hablaba tan bajito como si quisiera pasar inadvertida.

Israel levantó el escuálido colchón, a través de la base, vio la ropa del hombre y varias latas de cerveza vacías.

—¿Ya comprobaron que no tiene pulso?

—No, lic —dijo Sandra—. Ya ve que no fui al curso de primeros auxilios. ¿Y si lo checa usted?

—No —respondió Israel—. Me revuelve el estómago.

Dejó caer el colchón. Una nube de polvo invadió el cuarto.

—Sí, está muerto. —Paco le dio varias patadas en las costillas y nada.

—¿Qué hay en la bolsa, lic? —preguntó Paco.

—Un baguette. —El hombre sacó un trozo de pan que olfateó—. Es de jamón —dijo poniéndolo de nuevo en la bolsa—. Sandra, ¿le pediste identificación a la mujer? ¿Te percataste a qué hora salió?

La joven negó con ojos llorosos.

Israel se presionaba la sien con el dedo pulgar, buscando lógica a la situación: el hombre muerto, ningún rastro de sangre y un baguette en una de las habitaciones del motel donde fungía como gerente.

—Es muy raro —dijo Paco al hurgar la bolsa—. ¿Quién lleva un baguette a un motel? Pensé que traerían condones.

Sandra e Israel miraron al joven.

Empezó a sonar un teléfono que ninguno de los tres veía. Israel lo encontró debajo del buró. En la pantalla estrellada aparecía el nombre de “Lorena” y la foto de una mujer abrazando al hombre del suelo.

—¡Sandra! ¿Ésta es la mujer?

—No.

Israel aventó el teléfono a la cama.

—¿Contesto? —preguntó Paco cuando el celular volvió a sonar.

—Claro que no, no seas pendejo.

Israel se dirigió al baño; necesitaba alejarse de la risa de dientes chuecos de Paco.

—¿Por qué el lic no revisa las cámaras? Para identificar a la mujer —preguntó a Sandra en voz baja.

—Ay, Paco. Esas cámaras solo están para disimular. Hace meses que no se paga el servicio.

—Pero el lic no debe preocuparse. Él no mató a este hombre.

—De plano que eres menso. La policía investigará, cerrarán el motel y todos nos quedamos sin chamba.

Dentro del baño, Israel escuchó la conversación de sus empleados. El servicio de vigilancia no era su única preocupación. Últimamente, Don Remigio, dueño del motel, lo reprendía por cualquier motivo: las ventas bajas, las pésimas condiciones de los cuartos. Hasta le había dicho que después de quince años trabajando ahí, seguía siendo un inútil.

Israel estaba seguro de que quería correrlo, seguramente sin indemnización, y a su edad, ¿dónde iba a encontrar trabajo?

Bajó la tapa del excusado para sentarse mientras buscaba un cigarro en los bolsillos de su saco. Al arrojar el fósforo a la puerta, observó sobre la desgastada baldosa una pequeña mancha, tan tenue como una acuarela de color rojo.

—¡Dénle la vuelta! —salió gritando.

Paco volteó el pesado cuerpo. Entonces Israel comprobó su sospecha: había una mancha roja y violácea en la parte baja de la nuca.

—¿Qué pasa? —preguntó Paco.

—Puta madre —exclamó Israel—. Esos pendejos de la Secretaría del Trabajo ya me chingaron, don Remigio ya me torció. ¡Sandra! ¡Te dije que me recordaras de poner la cinta de seguridad en el escalón!

—Ay, lic, yo sí le recordé.

—¿Qué pasa? —volvió a preguntar Paco.

—Este imbécil —dijo Israel y propinó una patada al cuerpo inerte—, se dio en la madre al resbalar del pinche escalón. ¿De quién es la culpa? Pues mía.

—¿Y qué hacemos, lic? —Un silencio prolongado respondió la pregunta de Paco.

Llevaron a Raúl a un paraje solitario que la gente usaba para tirar su basura. Israel lo cargaba de los hombros y Paco lo sujetaba de los tobillos.

Mariana

Mariana no despegaba la mirada de la pantalla, mientras el taxi se mecía por la calle repleta de baches.

—Me dieron como referencia el motel La Palmera.

—Orita preguntamos, señorita.

—Déjeme cerca, yo busco.

Al pagar y bajarse del taxi, Mariana caminó en dirección contraria a la puerta del motel. Cuando el auto avanzó, entró al motel cerciorándose de que nadie la observaba.

Una joven en la recepción reía al hablar por celular.

—Dame chance —dijo a su interlocutor—. ¿Sí?

—Vengo a… la habitación ocho —respondió Mariana con una voz apenas audible.

La recepcionista señaló las escaleras y reanudó su llamada.

Mariana abrió la puerta con el descolorido número ocho y encontró a Raúl en la regadera. Cerró la habitación y se apresuró a desnudarse.

Cuando entró al baño, él la atrajo para besarla. Ella deslizó sus brazos por su cuello y él gimió de dolor.

—¿Qué pasa? —preguntó. El agua corría sobre su rostro.

—Anoche en la fiesta de mi compadre me quedé dormido en el sillón. Amanecí con el cuello puteado.

—Tengo Ibuprofeno en mi bolsa. ¡Ah!, y un baguette de pavo.

—¿Quién trae un baguette a un motel?

—Por si te da hambre —respondió ella.

Más tarde, Mariana estaba encima, moviendo sus caderas alrededor de la entrepierna de Raúl, quien trataba de enfocar la cámara de su celular.

—No mames, se te ven bien buenas las nalgas.

—¿Estás grabando? —preguntó ella al voltear—. ¡Te dije que no!

—Pérate, es nuev… —Pero no pudo evitar que le arrebatara el celular y lo arrojara contra la pared.

Mariana intensificó sus movimientos y gemidos ignorando a Raúl, hasta que la empujó para quitársela de encima y se levantó de la cama. Él se alegró por encontrar el celular intacto y se dirigió al baño para limpiar la pantalla. Tan distraído estaba, que no vio que Mariana lo siguió para arrebatarle de nuevo el teléfono.

—Ya, Mariana, bájale de huevos.

—¿Te importa más esta chingadera que yo? —Y sin pensarlo, lo arrojó con fuerza hacia el buró.

—Pinche vieja loca.

—¡Vete a la chingada! Tú y esa miseria que te cuelga entre las patas.

Raúl se precipitó contra ella pero al hacerlo, tropezó en el escalón y su cuerpo azotó contra el suelo. Mariana quedó pasmada frente al cuerpo que no se movía ni respondía. Cuando reaccionó de lo que había sucedido, se vistió apresurada, olvidando la bolsa con el trozo de baguette encima del buró.

Abajo, la joven, con los audífonos puestos, no escuchó los gritos de la habitación ocho ni vio el rostro de Mariana al cruzar la recepción hacia la salida.

Raúl

Llevaron a Raúl a un paraje solitario que la gente usaba para tirar su basura. Israel lo cargaba de los hombros mientras Paco lo sujetaba de los tobillos. Pero al resbalar en el lodo, el joven soltó los pies de Raúl.

—¡Agárralo fuerte, Paco! Cómo pesa el cabrón.

—¡Mire, lic, parece que abrió los ojos! —El cuerpo había golpeado sobre la hierba húmeda.

—No digas pendejadas, Paco. Levántalo.

—¿Y si lo dejamos aquí, lic? Ya está lejos de la carretera.

—Creo que sí, ya me duele la pinche espalda. ¿Le metiste la cartera y el celular?

—Sí, lic. Hasta los limpié con cloro para borrar mis huellas.

*****

Al abrir de nuevo los ojos, Raúl se tapó el rostro con un brazo. Sentía la sangre palpitar por su cuerpo sin saber qué dolía más: las costillas, la espalda o la cabeza.

Su mente trataba de ordenar lo que había sucedido la noche anterior. Había tomado de un trago los ocho Ibuprofenos y Mariana le había advertido que no los mezclara con las cervezas; pero no sabía si eso fue antes o después de grabarla desnuda. Lo último que recordaba era que pasó el resto de la noche solo y desnudo en el piso de aquella habitación, tomándose los dos sixs de chelas.

Sintió vibrar el teléfono y lo sacó, pero no distinguió quién llamaba. En este momento no sabía qué era peor: Lorena que reclamaría por qué no llegó a dormir o Mariana a quien había dicho que era soltero. O el celular, que acababa de comprar a crédito y ya tenía la pantalla estrellada.

Palpó la otra bolsa del pantalón y encontró los restos de la baguette.

—Chingue su madre, ojalá y con esto me muera —dijo mordiendo el pan duro y buscando una posición más cómoda en el suelo lodoso.

 

CONTACTO
Twitter: @CCuenteros
Medium/Facebook: Colectivo Cuenteros