COLECTIVO CUENTEROS| La Sin Ventura

—¡No, no y no! Les digo que no puede ser. Estoy segura de que hay un error. ¿Cómo voy a creer este absurdo? Un accidente...

Beatriz leía y releía la carta que temblaba en sus manos, y que yo personalmente había llevado a la mansión Alvarado. En mi papel de confesor, y cercano como era a la familia, estaba siempre presente en los momentos relevantes. Luego pasó de la incredulidad al llanto. Inundados en lágrimas, sus ojos azules se parecían al océano que había cruzado de recién casada para mudarse a una tierra calurosa y exuberante en las costas del Caribe.

—Mi esposo era un jinete experimentado, el mejor de todos. ¿Cómo iba a morir debajo de un caballo? —Se expresaba con una mezcla de dolor y decepción.

—Vamos, Beatriz, tienes que sobreponerte.

—No puedo, padre. Ni quiero. El mismo hombre que me da el pésame en esta carta le dio esa encomienda en el norte. Pedro ya era gobernador, estaba planeando la expedición a Las Molucas. ¿Qué necesidad tenía de ir a aplacar a esos salvajes?

—También era militar…

—Sí, uno que había conquistado todo. ¿Y sabe cómo, Fray Cristóbal? ¡A caballo!

La viuda iba perdiendo la compostura. Los rizos le caían sobre el rostro húmedo y cada vez levantaba más la voz.

—Que me lo explique el virrey, o el rey, o Dios.

—No blasfemes, mujer. Son cosas que suceden en la guerra.

—Eso ya no era una guerra. Eran unos indios sublevados. Y además, ¿ya qué me importa blasfemar? ¡Reniego de un cielo que me quita lo más preciado que tengo en la tierra!

Me costaba soportar a Beatriz cuando se ponía así, sobre todo en una situación tan desgraciada. Así que pedí a sus damas que la llevaran a su habitación, que le dieran un té de tila y no la dejaran sola. Estaba tan desconsolada que la veía capaz de hacer un disparate.

Durante días no salió, no comió, no habló con nadie. Sólo se oían sus lamentos. Las nativas no la veían con buenos ojos. Ellas también habían perdido a sus maridos o a sus hijos. Hombres que habían muerto por la espada del capitán Alvarado, o sus castigos, o los de otros como él. Y no por eso se tiraban a llorar su amargura.

—Lo peor, padrecito —me decían—, es que va a provocar el enojo de Chac.

—Qué Chac ni qué nada. Hay un solo Dios, y como no entendemos sus designios, no vamos a juzgar a doña Beatriz.

Muchas veces la encontré recluida, abrazando la pintura que le hicieron a Pedro antes del viaje a Puerto Caballos. Era un retrato exacto: el pelo rubio y la barba abundante. No era gratuito que los naturales le llamaran Tonatiuh: el Sol. Llevaba en el pecho la cruz de la Orden de Santiago, ese símbolo de fuerza y fe. La ferocidad de su espíritu estaba retratada en ese cuadro, en su mirada dura y su expresión impasible.

—Sin esa fiereza no hubiera logrado tantas hazañas. Y no sólo en el campo: llevaba su bravura al lecho —decía Beatriz.

—Ay, hija, ¿qué caso tiene traer a cuento estos detalles?

—Es lo único que me queda, hablar del placer que compartimos en esa cama en la que paso tanto tiempo acostada y sin dormir, recordando mis momentos de dicha. ¿Se acuerda de mi boda? Fue el evento más esperado del año. ¿Y la travesía en el barco, con mi esposo y mis veinte doncellas?

—¿Cómo no acordarme? A algunas de ellas las he casado con capitanes que estuvieron en esa condenada guerra, de la que salieron cojos, tuertos, tullidos…

—Y ricos. No lo olvide.

Beatriz se extendía haciendo un recuento de las fiestas y los banquetes que Pedro dio para presentarla en sociedad, en los que ella presumía sus vestidos de brocado y seda, sus collares de diamantes, y su gracia para bailar al ritmo de la espineta. Habían llegado al Nuevo Mundo con un barco lleno de muebles, telas, joyas y especias.

—Padre, también es cierto que él quiso a otras mujeres, en especial a doña Luisa Xicoténcatl.

—Ella también debió quererlo. Ya ves que lo acompañó en todas sus aventuras, desde que llegó como soldado hasta que lo enviaron como Adelantado a Guatemala.

—Y le dio a Leonor, a la que Pedro adoraba como la niña de sus ojos. Aún así, no lo perdí por ninguna de esas indias seductoras. Solo me lo vino a arrebatar la muerte. Estúpidamente aplastado por un caballo. ¿Será un castigo, Fray Cristo? ¿Tal vez por haberme casado con mi cuñado? ¿Por ocupar el lugar de mi hermana Francisca?

—No, hija. Tu hermana ya estaba muerta.

—¿Aunque lo deseara desde antes? Porque yo pensaba que era más guapa y más inteligente que ella. ¿No cree que su fantasma estuvo siempre junto a nosotros?

—Que no. Y fuera como fuera, ustedes tenían la dispensa papal.

—No se haga el ingenuo, padre. Ambos sabemos que hasta el Papa tiene que quedar bien con alguien. En este caso, fue con mi tío el Duque, tan cercano al rey y al diablo. Por eso nos dio su venia.

—Otra vez tus herejías, Beatriz. Ahora sí creo que te vas a condenar.

—Ya estoy condenada, ¿no lo ve? A vivir este duelo seco, esta viudez que me está quitando la cordura.

En eso le daba la razón. Me parecía que cada día estaba más perturbada.

 

La única compañía que se permitía doña Beatriz era la de Leonor, a la que adoptó desde la muerte de su madre. Era una joven seria y adoctrinada. A pesar de su juventud, le ayudó a organizar el funeral de don Pedro. Yo mismo celebré la misa, aunque el cuerpo del difunto no estaba presente.

Vestida de luto riguroso, Beatriz prohibió la música y las pláticas en voz alta. Mandó oscurecer todo lo que la rodeaba. Con una mezcla de tierra traída del Hunahpú, el volcán en cuyas faldas estaba asentada la ciudad, se cubrieron de negro las paredes del palacio, las caballerizas, las capillas, hasta los altares.

—Se murió el Sol —decía tajante—, así que viviremos en penumbra.

Pasados unos meses, acompañé al representante del cabildo al palacio, pues traía un comunicado importante para doña Beatriz.

—Desde la muerte de su esposo, las cosas no andan bien en la provincia. Así que proponemos que usted se haga cargo de la gubernatura.

—¿Yo?

—Sí, usted. La mayoría de nuestra gente la quiere, gusta de su estilo. Usted ha impuesto la moda en el vestir, en el comer, en la educación de los niños. Todos saben de la influencia que ejercía sobre su esposo. Es la indicada para pacificar las divergencias entre el virrey y las autoridades locales. ¿No le parece?

—Pues sí… pero, gobernar… Es una responsabilidad inmensa.

—Le ayudará la fama que tenía el Capitán: sus conquistas en Cuba, en el Imperio Azteca y aquí, en Guatemala. Usted puede dejar la regiduría en manos de su hermano Francisco y quedarse solo con la administración de los indios.

Yo no podía creer que quisieran poner el gobierno en manos de alguien que, a todas luces, estaba chiflada. Pero ella aceptó, viendo la oportunidad de salir de su melancolía, honrar a su esposo y asegurar su porvenir. No obstante, el día de la firma que la convertía en la primera gobernadora de América, estampó su rúbrica como Beatriz de la Cueva y Benavides, La Sin Ventura.

Apenas unos días después del nombramiento, cayó una lluvia torrencial a la que no se le veía fin. Los pobladores, alarmados, pensaron que sería prudente evacuar la ciudad y me pidieron que se lo hiciera saber a la gobernadora.

—La tormenta no cede ni un minuto y la gente está asustada —le dije.

—La gente de aquí es muy supersticiosa. Bien lo sabe usted. Todos los años llueve un demonial en esta tierra.

—Tú siempre con el demonio en la boca. Este año no son simples lluvias. ¿No te das cuenta de que, aparte del diluvio, está azotando un vendaval?

—Nada. Que se guarezcan todos en sus casas, los que la tengan, y que se le dé albergue en la iglesia a los que no.

A la tercera noche, Hunahpú soltó una estampida de lodo que incrementaba su velocidad conforme bajaba hacia las villas. Arrastró todo con fuerza descomunal, empujando rocas y arrancando árboles. El alud corrió por las calles, se metió a las casas, levantó muros, arrasó animales y personas. Doña Beatriz y sus damas buscaron refugio. Corrían histéricas por los pasillos del palacio con los camisones pegados al cuerpo y el cabello erizado. Se gritaban unas a otras, pero no podían oírse. El río de barro las encontró en la capilla y derribó el techo sobre ellas. Por suerte, Leonor fue arrastrada varios metros hacia afuera del edificio y se pudo detener entre las ramas de un árbol. Así, logró sobrevivir para contarme la historia.

A la mañana siguiente, el silencio era tan opresivo como el ruido de la noche. La ciudad quedó destruida. Asustada y adolorida, Leonor prometió que enterraría los restos de doña Beatriz junto a los de Pedro de Alvarado, y rezó convencida de que sus almas ya habían vuelto a unirse. Obviamente, yo fui el encargado de darle los santos óleos y el último adiós.

—Ahí lo tienes. Ya estarás contenta, loca de mierda.

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