COLECTIVO CUENTEROS| Jimmy

—Mira —dijo Howard—. Esta curva que viene es especial.

Howard aflojó un poco el pie del acelerador. Jimmy se entretenía jugando Candy Crush en el celular. Howard volteó a mirarlo un instante. El chico no contestó.

—Se ve muy sencilla, no es pronunciada ni nada. No parece peligrosa —agregó Howard, pero cerró la boca cuando vio que Jimmy no le prestaba atención.

El camino estaba despejado. El auto blanco era un lunar diminuto de una serpiente negra extendida sobre la arena. Muy a lo lejos se podían inferir unas montañas pequeñas y azules. El paisaje estaba tapizado de arbustos secos. Sólo de vez en cuando se topaban con un auto en sentido contrario.

—Sube tu ventanilla —dijo Howard—. Ya te he dicho que no la bajes cuando tenemos el aire acondicionado.

Jimmy hizo una mueca de fastidio y llevó la mano derecha hasta el botón de la ventanilla pero no lo activó de inmediato. Contó en voz muy baja hasta diez y sólo entonces lo presionó. El cristal subió hasta un par de pulgadas antes de cerrar completamente y ahí se detuvo. Jimmy vio de reojo a Howard pero éste no le pidió subirla por completo.

Howard conducía con las dos manos sobre el volante. De vez en cuando revisaba los retrovisores laterales y más esporádicamente el central. Le había dicho a Jimmy que un buen conductor debe checar siempre sus espejos.

—¿Soy un estorbo? —preguntó Jimmy de pronto.

—¿De dónde sacas eso?

—Sólo quiero saber si lo soy.

Howard mantuvo la vista en la carretera. Las manos cerradas sobre el volante.

—No lo eres.

—¿Y mamá? —preguntó Jimmy.

—Tu mamá estará bien. Sólo necesita un poco de cuidado.

Jimmy se revolvió en su asiento. El asiento trasero del auto estaba abatido y el espacio lleno de maletas, algunas bolsas de mandado y herramientas. También estaban el bate y la manopla de Jimmy.

—¿Qué quieres? —preguntó Howard.

—Nada —contestó Jimmy y se estiró hasta alcanzar su manopla. Se acomodó en el asiento, se la calzó en la mano izquierda y empezó a golpearse vigorosamente la palma con el puño derecho. Cuando se aburrió, la tiró en el piso del auto y tomó de nuevo el celular.

—¿Crees que Extrañito estará bien? —preguntó de pronto.

—Todo estará bien, Jim; también tu perro. Ya hemos hablado de eso.

—No. Quiero decir…

—Todo estará bien. —Howard volteó a verlo, le sonrió y le hizo un único movimiento afirmativo con la cabeza.

—¿Crees que después podamos volver por él?

—Tal vez.

—También extrañaré a mis amigos.

—Hablarás con ellos todos los días. Ahora pueden tener videollamadas y todo eso. A tu edad me mudé tres veces y no teníamos ni teléfono.

—¿Y...?

Howard no contestó. Revisó de nuevo sus espejos, dejó caer el peso del pie sobre el acelerador por unos segundos pero después aflojó el paso nuevamente.

Jimmy reclinó un poco el asiento. El aire que se colaba por la rendija abierta de la ventanilla le sacudía el pelo rubio.

—No vayas a subir los pies al tablero —dijo Howard.

—No pensaba hacerlo. Sé que no te gusta.

—Gracias por tu consideración. Confirmo que eres un niño fenomenal.

Jimmy sonrió. Tenía diez años, los ojos claros y la nariz pequeña.

—Estás sonriendo como tu madre —continuó Howard.

—No es cierto —dijo Jimmy y, como si bajaran un interruptor, dejó de hacerlo.

—No es la sonrisa, sino un gesto al empezar a sonreír —continuó Howard—. En serio. Sé que tu madre dice que eres el vivo retrato de tu padre, que no tienes nada de ella, pero no es así. Justo al empezar a sonreír, uno se da cuenta de que no puedes ser hijo más que de ella.

Jimmy seguía serio, mirando al frente. Recargó la cabeza un momento sobre la ventanilla. Luego preguntó:

—¿Está bien si tomo tu apellido?

—Ya hablamos de eso.

—No me entiendes. Pregunto si está bien.

Avanzaron otros quince minutos en silencio. El logotipo rojo y amarillo de Shell apareció a la distancia. Howard vio la aguja en el cuadro de instrumentos y calculó que podrían pasar de largo sin problema. Sin embargo, preguntó:

—¿Quieres que paremos en la tienda?

—Sí —contestó Jimmy.

Howard estacionó el auto en el espacio más alejado a la entrada de la tienda y le dijo a Jimmy que comprara lo que quisiera.

—Voy a revisar un ruido que no me gusta —agregó. Mientras el chico entró a la tienda, Howard sacó las herramientas y se acostó debajo del carro.

La mujer que atendía era gorda, con rasgos latinos. No había nadie más en la tienda.

—Hola —dijo Jimmy.

Tomó primero una coca y luego una bolsa de papas, la cual abrió con un silbido metálico.

La mujer contestó en inglés que no podía abrir el producto si no lo había pagado. Jimmy bajó la cabeza un instante pero luego dijo que no pensaba robarlo, que su papá lo iba a pagar. La cajera no agregó más. Jimmy siguió comiendo las papas hasta que las terminó.

Cuando Howard entró, tenía la camisa sucia de tierra y aceite por haberse arrastrado en el suelo.

—¿Es su hijo? —preguntó la mujer.

—Sí.

—Son cuatro dólares con setenta y ocho.

Howard pagó en efectivo y no esperó su comprobante. Llamó a Jimmy hacia afuera y señaló el auto.

—Parece que es el eje —dijo—. No creo que sea grave, pero quiero reforzarlo. Todavía nos queda más de una hora de camino.

Jimmy sólo se quedó viendo el auto. El sol proyectaba ya sombras largas sobre el piso.

—Había pensado que tal vez puedas prestarme tu bate —dijo Howard—. Aunque corre el riesgo de romperse.

—Pero está firmado por mis amigos.

—Bueno, ésa sería una buena razón para que regresemos pronto a que te firmen otro si éste se rompe.

Jimmy se quedó pensativo por un momento.

—De acuerdo —dijo finalmente.

Howard tomó el bate, volvió a acostarse en el suelo y la mitad de su cuerpo desapareció debajo del auto.

Jimmy se paró junto al auto. En menos de un minuto, Howard emergió más sucio aún. Su pelo parecía haber encanecido en la nuca por el polvo recogido. Jimmy se acercó para sacudírselo y Howard rió. Jimmy vio que Howard tenía ya varias canas de verdad que resaltaban en el negro de su pelo.

—Listo —dijo Howard—. Continuemos.

Jimmy se acomodó en su asiento y subió los pies al tablero. Volteó a ver a Howard pero éste sólo lo vio de reojo y no dijo nada. Acto seguido, prendió los faros del auto aunque todavía había suficiente luz.

Jimmy regresó al celular pero se fastidió pronto.

—Mamá me odia, ¿verdad?

—James… —Howard exhaló—. ¿Otra vez?

—No lo digo por esto, sino en general. Me odia, ¿verdad?

—No. No te odia.

—¿Por qué permitió que me viniera contigo?

—Tú lo decidiste.

—Pero ella no intentó retenerme.

—¿Era lo que pretendías?

—No, pero ella debió intentarlo al menos.

—Ya te lo explicamos. Es temporal. Y tú estuviste de acuerdo.

—¿Es porque le recuerdo tanto a mi padre? ¿Por eso me odia?

—Ella necesita tiempo. Y tú necesitas una figura paterna.

—Tú no eres mi verdadero papá.

Howard giró la cabeza apenas unos cuantos grados y clavó la mirada en Jimmy. Éste se movió por instinto a la esquina del asiento, bajó los pies del tablero y subió el resto de la ventanilla.

No dijeron nada por un buen rato. El sol comenzaba a ocultarse. Jimmy se quedó contemplando cómo la luz disminuía.

A lo lejos empezaban a titilar las luces de un poblado. Howard aceleró el auto. Jimmy volteaba a verlo de vez en cuando. El sueño empezaba a dominarlo cuando Howard dijo:

—No había ningún problema con el eje. Sólo até tu bate con una cinta.

—¿Por qué hiciste eso?

—Quería que te sintieras parte de esto. Que vieras que eres útil.

—Pero no lo soy.

—Lo eres, sólo que no encontré una buena forma de demostrártelo.

Jimmy apretó los labios un momento.

—¿Qué hay de la curva? —dijo.

—¿Cuál curva?

—La que no era ni pronunciada ni nada. La que no parecía peligrosa.

—¡Ah! —dijo Howard—, esa curva. Nada. Te iba a inventar una historia sobre ella. Algo sobre fantasmas. Pero ya la olvidé.

—Está bien —contestó Jimmy—. No importa. —Levantó su manopla del piso, metió en ella su celular y la colocó sobre su regazo. Se acomodó de costado sobre el respaldo del auto, con la cara viendo hacia Howard, y se quedó dormido.

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