COLECTIVO CUENTEROS| La refracción de la luz

Daniel SaludDaniel Salud

El psiquiatra me prohibió ver las noticias. Siempre es sangre, violencia, muerte, narcotráfico, robos, secuestros... Estoy sentada en el Starbucks. Pedí un frappuccino con crema batida y chocochispas, Tall. Estoy a dieta.

"Tania… Tania…", grita mi nombre Tino. Sé que así se llama, porque vengo casi todos los días. Dice mi mamá que por eso no consigo novio, porque estoy gorda. Por eso disfruto mi café aquí. Mientras leo o checo el Face, observo a Tino mientras prepara el café o toma los pedidos.

Aún no he llegado a la casa y puedo escuchar la voz de mi madre. "Te dije que trajeras jamón, hace tres días que te estoy diciendo que no tenemos jamón. Y por favor ve por mis medicinas a la farmacia y recoge la ropa de la lavandería. Rápido, así te sirve de ejercicio y bajas esos kilotóns". A veces imagino que le contesto: "Me tienes hasta la madre". Pero luego recuerdo lo que ha sufrido. Mi psiquiatra dice que eso demuestra mi gran carácter y fortaleza empática, pero que debo ir pensando en una vida sin ella. Pero no puedo pensar en dejarla sola. Desde que murieron mi padre y mi hermano, juré que no la dejaría.

El psiquiatra me enseñó unos ejercicios de respiración para cuando me sienta mal o empiece mi pensamiento negativo. También me recetó unas pastillas, pero no las he comprado. Siempre imagino lo peor: que aquel camión va a chocar o que va a atropellar a ese ciclista sin casco. Luego recuerdo los ejercicios.

Me termino mi frappuccino. Tiro el envase en el cesto que dice inorgánico. También pienso en toda la basura que existe en el mundo, los ríos contaminados y las islas de plástico que flotan por los mares, arrastrándose por todo el planeta hasta asfixiar a los delfines. Mi amiga Kimberly me dice que es mentira todo lo que aparece en los videos. Que le exageran, que no nos vamos a morir con tanta basura. Que es el gobierno queriendo hacernos sentir culpables.

Es la nueva religión, dice, el nuevo pecado original ahora es de los ecológicos veganos vegetarianos maricones. Le digo que que si cada quién hiciera su parte, todo sería diferente. Eso es lo que quieren que pensemos. "Son puras tonterías", dice. Siempre tira su basura en la calle a propósito para molestarme, porque sabe que la voy a recoger y tirarla donde debe estar. La conocí cuando llegó a contarme que había cortado con su novio, pero que ya había conocido a alguien más y que se acostó con él.

Es la jefa de Marketing y la sobrina del dueño. A veces es insoportable, pero me cae bien. Es mi única amiga en el trabajo. Hoy me invitó al bar que está a dos cuadras. Va todos los días a tomarse unos tragos mientras espera a que baje el tráfico. Le conté lo de Tino. Le dije que me gustaba y que iba al café para verlo. Que imaginaba que me invitaba a salir y que tenía hijos con él y que éramos felices.

-¿Cuántos años tienes? ¿Doce? Eso es una fantasía infantil, así no funciona el mundo y tienes que enterarte cuanto antes. Lo que debes hacer es decirle a Tony que te gusta, darle tu teléfono o agarrarte a varios para que se te olvide tu micro fantasía de Disney.

-Se llama Tino y él es diferente. La verdad, creo que él es él -le digo.

-Todos son él: el indicado, el príncipe azul. Hasta que se cogen a tu mejor amiga o los encuentras viendo porno gay en su celular. No me malentiendas, yo también creo en el amor. Yo me enamoro cada fin de semana. ¿Ves a ése de camisa azul de la mesa que está allá? -me pregunta.

Volteo y es un joven de veinte años, parece modelo.

-¿Quién es? -pregunto.

-Juan. Cuando tengo ganas le marco, llega a mi depa y listo. Eso sí, sale medio caro. De dos mil para arriba. Ese reloj que trae se lo regalé. Me chupó la concha como si fuera de miel. Ya me estoy poniendo ganosa solo de acordarme. Mira cómo te pusiste de roja -me dice.

-Es el calor -contesto, y le doy un sorbo al popote de bambú que pedí con mi daiquirí de fresa.

Llega un amigo de ella. Lo saluda desde la barra en donde estamos y va hacia él. Volteo a ver a la gente del bar. Parece una oficina donde todos pueden tomar. Camisas de vestir y uniformes. Kimberly me hace una seña de que se va con el señor, le alcanzo a leer los labios nos vemos mañana.

Daniel Salud

Termino mi daiquirí y pido la cuenta. Busco a Juan y su reloj reluciente. Platica con otros dos amigos. Me voltea a ver y esquivo su mirada. Pago los dos whiskies que se tomó Kimberly. Anoto en mi celular: cobrarle a Kimberly.

-Al llegar a casa, mi madre me dice que huelo a alcohol. Le digo que no, que es un nuevo perfume. A mí no me engañas, te fuiste a tomar. Ya te vas a volver alcohólica y luego drogadicta. Así se empieza, con una copita. Cuando te das cuenta ya estás inyectándote marihuana -me dice.

-Mamá, la mariguana no se inyecta.

-¿Y tú cómo sabes?

-Pues nos enseñaron eso en la secundaria.

-Ándale, con cuidado, yo solo digo por tu bien. Por mí, métete todo lo que quieras. Tú eres la que sufrirá las consecuencias.

-Sí, ma', no te preocupes.

Me pongo mi piyama y las pantuflas de Winnie Pooh. Caliento en el microondas la pasta que preparó mi madre ayer, la sirvo y me siento con ella a ver su novela. Me platica durante los comerciales, que vinieron a ofrecerle un crédito. Pero que no abrió.

-Luego son ladrones, así le pasó a doña Tere, les abrió y se llevaron todo -me dice.

Comienzo a pensar en robos. A mano armada, a camiones, a taxis, a personas caminando, a bicicletas, a tiendas de autoservicio. Termina la novela y empiezan las noticias: dos hombres ejecutados en la calle del centro.

Siento el corazón acelerado, intento tranquilizarme. Hago los ejercicios que me dijo el doctor. Inhalar. Exhalar. Pensar en un momento agradable. Pienso en la playa, cuando fuimos todos juntos. Hacía frío, pero nos metimos al mar. Mi papá y mi mamá nos aventaban una pelota y mi hermano y yo nos empujábamos para atraparla.

Le bajo el volumen a la tele. Mi madre ya está dormida. Le quito sus zapatos y le pongo una cobija. En la noche sueño con Tino, que estamos juntos. Luego se transforma en una pesadilla en un desierto donde hay buitres.

Al otro día me despierto tarde. Corro a la parada del camión. Viene casi lleno. Voy parada, agarrada del tubo y con la otra mano sujeto mi bolsa apretándola contra mí. Un señor me viene dando arrimones cada que hay un movimiento brusco del autobús. Lo volteo a ver y me pide disculpas. Luego, otro arrimón. Se bajan dos personas y aprovecho para ir hacia la parte de atrás. Se desocupa un lugar y me siento.

El hombre camina hacia la salida y pasa justo a mi lado restregando su paquete en mi brazo. Me imagino agarrándolo de las greñas y gritando que me robó mi cartera y que entre varios lo agarran y lo golpean hasta dejarlo inconsciente. Después checan que no lleva nada y me empiezan a golpear a mí, y me llaman mentirosa y me avientan del camión y me atropella un coche y quedo paralítica. Respiro. Inhalo, exhalo. Busco la receta para las pastillas en mi bolsa. No la encuentro. Necesito aire. Bajo dos cuadras antes de la oficina. Me encuentro a Kimberly.

-La pasamos súper, hubieras venido con nosotros, fuimos a casa de Germán, luego al after. ¿Qué pasó con Tony?

-Tino -le digo.

-Hay una fiesta el viernes, ¿por qué no lo invitas?

-No, apenas y lo conozco.

-Pues de ti depende si lo quieres conocer.

En la oficina, me la paso pensando en maneras de invitar a Tino a la fiesta. Un recadito, dejarle mi teléfono, pedirle su número, buscarlo en Facebook. Luego imagino que me dice que no, que tiene novia. O que me decía: "Ay no, estás fea y gorda".

 

No, fea no, mi madre dice que siempre he sido hermosa; un poquito gorda sí, pero no fea. En las fotos que subo, siempre me dicen que me veo super guapa. Así conocí a mi ex. Pero eso fue hace casi un año. Lo dejé de ver porque un día me confesó que era casado. Mi último orgasmo fue con un vibrador que me gané en una despedida de soltera.

Salgo del trabajo y voy al Starbucks. Tengo los nervios de punta.

-Hola -me dice Tino.

-Hola -contesto.

Me petrifico.

-Frappuccino con chocochispas, Tall, ¿verdad? -me dice.

-Sí -digo.

Pago y voy a sentarme mientras simulo checar mi teléfono y mi cabeza recorre escenarios en donde lo invito a la fiesta. Gritan mi nombre: "Tania, Tania". Ni siquiera puedo voltear a verlo. Me voy del café casi corriendo. Tomo dos tragos de mi frappuccino y lloro. Le hablo a mi psiquiatra y me recomienda ir a la fiesta, y que haga los ejercicios. Que solo yo soy responsable de mi felicidad. Al salir le hablo a Kimberly y le digo que sí voy a la fiesta mañana. Me pregunta si invité a Toni. Le digo que no. Luego me pregunta que si trabaja en el Starbucks que está cerca de la oficina. Le digo que sí.

Dejo una nota a mi mamá diciéndole que voy a una fiesta del trabajo. Es en un departamento grande. Se escucha la música, hay mucha gente. Tiene una terraza con palmeras. Kimberly me abraza con fuerza. Me dice al oído: "Te tengo una sorpresa. Mira quién está ahí", y hace un gesto hacia la sala. "Es Tino. Lo invité. Es todo tuyo. Mira el reloj que le compraste", me dice y me cierra un ojo. Tino voltea hacia nosotras y agita la mano saludando. Su reloj plateado brilla como si fuera mercurio encapsulado.

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