COLECTIVO CUENTEROS| Pirinola

TOMA TODO

—¡Pendejo!

Raziel pensaba conformarse con haberle gritado: “pendejo” a Eliseo y que el cabrón se largara, ya tomaría otro taxi, pero no era un buen día para ninguno de los dos.

Raziel andaba encabronado y en apuros desde que los ladrones le vaciaron la casa. Eliseo temía que al no ir temprano a recoger el celular que, borracho, dejó en resguardo con la esposa de su amigo, le saliera con que “Aquí no dejaste nada, wey”, “¿Ya checaste bien en tu depa?”

¿Que cómo sé tantas cosas? Pues porque soy el narrador omnisciente de este cuento: no tengo límites. Y si en algún momento crees que oculto los pensamientos de algún personaje, no es por beneficio propio: lo hago para que la historia fluya para ti.

El celular de Eliseo era una chingonería de 30 megapíxeles de cámara. La de chochas peludas que podría fotografiar y ver nítidas; pelo por pelo. Ya sé, lo anterior chirría, como si me entrometiera, pero eso pensó él, es para evitarte los constantes “pensó”, “creyó”, etcétera. El celular lo había comprado a un raterillo por la décima parte de su valor y era la envidia de sus amigos. Se rieron cuando contó sobre la llamada del propietario original: un adolescente que intentó recuperarlo por una miseria.

—Ay, no me chingues, pinche abusivo, ojete. El celular vale veinte veces más. Ni que me lo hubiera robado, wey… —Y colgó.

Los suegros de Raziel, al que le vaciaron la casa, lo ayudaron a volver a amueblar con lo que pudieron. Aunque pudieron con todo usado. He aquí lo que podría considerarse una casualidad, pero si lo miras bien fue una causalidad. ¿Debatible? Tal vez: alguien de la familia de los suegros olvidó aquella reliquia entre los cachivaches. Raziel la encontró y le contó a su primo Juvenal; éste se ofreció a comprársela. ¿Qué era? Aguanta y te digo.

Raziel llegó al crucero a esperar un taxi colectivo. Luego llegaron Eliseo y otra chica, cada uno por su lado.

Un taxi colectivo se estacionó y de él bajaron tres pasajeros. Un pollito de peluche colgaba a la izquierda del retrovisor; a la derecha, un rosario de cuentas negras. Me gustaría describir el taxi y la ciudad, pero el autor sólo cuenta con 9000 caracteres. Mejor échame la mano imaginando cuánto haga falta, porque si lo detallo terminamos en novela y -no nos hagamos- no la leerías.

Bueno, la chica subió y se arrimó a la ventanilla. Luego trepó Eliseo, pero cuando Raziel se disponía a abordar, Eliseo jaló la puerta y oprimió el seguro.

—Arrímese porfa, para que suba el otro señor —dijo el taxista. El chico que iba a su lado miró por la ventanilla a Raziel tratando de abrir la portezuela.

—Yo te pago el otro pasaje —dijo Eliseo—, así vamos más cómodos.

Eliseo supo que el tipo tras la ventanilla estaba bien encabronado y con ganas de partirle la madre. Luego imaginó que la chica quedaría prendada de su personalidad y agradecida de haber viajado tan cómoda.

Entonces fue cuando Raziel gritó:

—¡Pendejo!

Y Eliseo bajó y lo encaró.

—Repíteme lo que dijiste.

—¡Que eres un pendejo! —repitió Raziel, sabiendo que era tarde para echarse atrás. Acarició la reliquia dentro de la chamarra: una Smith & Wesson calibre 38. ¿Ves por qué no lo dije antes? Para que esta fuese una escena de impacto.

Raziel retrocedió ante el primer empujón, pero al segundo sacó el arma.

—¿Ahora quién es más cabrón?

Sonó el disparo. ¡Sí!, estaba cargada. Si no, ¿cómo iba a sonar? ¡No! No sé por qué alguien guardaría una pistola cargada. Quejas o sugerencias al Twitter del autor: @antonio_zaratte, o la del colectivo: @ccuenteros. La ventanilla del taxi se salpicó de rojo. Uno de los muchachos exclamó:

—¡Maldito loco! ¡Lo mató por una pendejada!

—No —dijo el taxista y arrancó—. ¡Lo mató por pendejo!

Obviamente, el cuento sigue. Nada de que se dispara el arma y la historia se cae. No, no, no, no, no, aquí, excepto a Eliseo, lo que se caiga lo levantamos.

PON 1

“Por algo suceden las cosas”, pensó Karina.

Te pongo al tanto: Karina es la vieja del amigo de Eliseo y a quien dejó el celular. Está en una casa de empeños para, además de otra cosita, venderlo; porque no pensaba quedárselo, pero enterada de lo ocurrido, lo declaró suyo. A su esposo le mintió que sí se lo regresó al ahora difunto. Lleva un vestido aleopardado, ceñido, gafas de sol… ¡Oh no! ¡Este es el fin del espacio en el periódico! Nos leemos mañana…

Si estás en la web, sigue tranquile, no dejes para mañana lo que puedes leer hoy.

El marido la siguió en el coche, convencido de que ella aún tenía el celular, propiedad de él, porque con toda seguridad así lo habría querido el difunto. Desde la ventanilla, la vio muy amable con el chico del mostrador y esperó el momento oportuno para… Aquí seguía un párrafo largo y aburrido en el que al final te enteras de que ella y el muchacho son amantes, porque salen a la calle y se dan un faje. Pero saltemos a lo importante: el esposo entendió de golpe la familiaridad del trato.

—Puta —murmuró.

Karina escuchó el chirrido y miró aterrada el auto que se les venía encima.

TODOS PONEN

El taxista cerró el periódico. Qué loca estaba la gente. Como aquella canción, ¿la recuerdas? “Johnny, la gente está muy loca”. ¿Sería cosa del estrés? Había visto a un tipo matar a otro por no permitirle subir al taxi. Ahora se enteraba de otro loco que iría a la cárcel por matar a la esposa y dejar moribundo al amante. “Es falta de control”, pensó. Sí, es el mismo taxista de la primera escena. Ya sé lo que estás pensando, pero yo digo que es otra causalidad.

El taxista sacó de la guantera el celular que había comprado en la casa de empeños. ¡Adivinaste! Es el mismo celular.¡Eres ´n genie!

El taxista pensó que no estaría mal estrenar esta noche la cámara de video con Gudelia. ¡Aaaah Gudelia! Con esas chichotas tan chidas, y tan mojigata para dejarse grabar. Pero esta vez no se resistiría a verse inmortalizada en hache de y escucharse jadear en surraund.

A unas cuadras, El Pulga acarició la Smith & Wesson calibre 38 que le había comprado a un pobre loco. Ya la gente no se dejaba atracar fácilmente, como el chavo al que le tuvo que dar un navajazo para que soltara aquél celular tan chingón. Cuen-to. Cuen-to. ¿Ok? Pero ahora el negocio mejoraría. No fue un gasto —se dijo—, fue una inversión. Subió el cierre de la sudadera y se cubrió la cabeza con el gorro azul.

El taxista arrancó y el celular comenzó a sonar. Dejó una mano en el volante y los dedos de la otra se deslizaron por la pantalla. Había un mensaje de Gudelia: “Llámame en cuanto puedas”.

—Mejor te llamo de una vez, culito, y no hasta que pueda —dijo él.

Y zigzagueó el dedo sobre la pantalla. Entonces sucedió el impacto que lo obligó a frenar. Muy tarde descubrió que se había pasado el alto del semáforo. Un grupo de curiosos se arremolinó a su alrededor y una mujer gritó histérica: ¡Lo mató, lo mató! Me agrada que el autor ponga eso en mi voz y no en un diálogo, porque amo imitar a las histéricas: ¡Lo matooooó, lo matooooó!

El taxista asomó la cabeza con la esperanza de que hubiese sido un perro (animalistas, ahí arriba el twitter del autor. Yo amo a los animales), pero descubrió bajo las llantas a alguien con la cabeza cubierta por un gorro azul.

TOMA 1

El muchacho y su novia se replegaron contra la pared al oír el rechinido de las llantas.

El taxista bajó y echó a correr hacia el callejón. En su carrera, algo se le cayó.

—¡Hey, espere, se le cayó algo! —le gritó el muchacho.

Pero el hombre dobló a su izquierda. Oyeron otro chirrido de llantas.

—¿Para dónde se fue el conductor del colectivo? —gritaron los uniformados.

Por instinto, la chica les señaló el sentido contrario.

El algo comenzó a sonar.

—Espera, yo voy por el algo —se ofreció la joven. Lo levantó y se lo mostró.

—¡No mames! —exclamó el chico. En la pantalla del algo parpadeaba la foto de una mujer de chiches enormes y un nombre: Gude—. ¡No mames, no mames, no mames!

—¿La conoces?

—¡No! —exclamó arqueando las cejas.

Sí, sí, sí, este chavo era el dueño original del celular, una raya más al tigre, pero de la que te salvaste, porque originalmente había un gran cierre en donde aparecían todos los personajes del cuento: los vivos, claro. Yo no soy como ese narrador del último cuento del libro de Kurt Hackbarth donde aparecen hasta los muertos, quesque muy original. Bueno, te decía que ya la siguiente escena era una mamarrachada, que me negué a narrar ¿eh? Sucedía en un antro en medio de explosiones y efectos especiales, pero mejor lo dejamos aquí, que al fin este celular ya no va más a ningún lado. Nos leemos en algún próximo cuento.

Como dicen los ochenteros: Hasta la pista, peipi.

NOTA 1: No devolver un celular encontrado se considera un acto gandalla, pero no un robo.

NOTA 2: Ninguna pirinola fue bailada durante la escritura de este cuento. Los muertos son ficticios y los comentarios vertidos son responsabilidad de los personajes o del narrador omnisciente, y no manifiestan el modo de pensar del autor.

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