Colectivo Cuenteros| Cuentos de matrimonio, infidelidad y dolor de panza

Daniel SaludDaniel Salud

PROFANO

Le decíamos Tata Chata. Parecía que la punta de su nariz guardaba un tomatito criollo. Me gustaba estar con ella porque contaba cuentos, aunque ya no me acuerdo de ninguno. Ella sabía leer y escribir; decía que trabajó en una hacienda como niñera de los hijos del patrón. Una vez los acompañó a la capital y de lejos vio al presidente Porfirio Díaz, aunque nunca me dijo si era igual a los dibujos del libro de la escuela.

Tata Chata se murió de tristeza meses después de que Juan, su hijo, mi padre, cayera de un árbol. Ella se marchitó, se encorvó y sus ojos se clavaron en el suelo, como si buscara el modo de ir bajo tierra a traer a su Juan.

Mi madre enviudó con cuatro hijos; dos de estos aún colgaban de su pecho. Sin embargo, en ella cayó la responsabilidad de cuidar a su familia y en sus hombros el canasto de tortillas con el que se ganaba el sustento. Nos fuimos a vivir con la abuela Delfina, una mujer enojona y poco cariñosa, tan diferente a Tata Chata.

Mi abuela me prohibió ir a la escuela. Decía que si la mujer sabe usar metate, poner frijoles y parir hijos sanos, es suficiente; estudiar iba contra los designios de Dios. Por eso me mandó al catecismo, para limpiar mis pecados. Mi madre no tuvo tiempo de educarme: le preocupaba llevarle de comer a los más pequeños.

La iglesia era aburrida. Extrañaba la escuela; al menos ahí podíamos jugar y platicar. Nunca entendía las lecturas de la catequista, hasta el día que leyó la historia de una mujer a la que Dios había preñado porque ella cumplía sus mandamientos. Esa noche no pude dormir pensando en lo que sucedería si Dios me eligiera madre de su segundo hijo. No quería sufrir como mi mamá que trabajaba y cuidaba a mis hermanos.

Pensé en portarme mal, pero al recibir de mi abuela un cucharazo por negarme a lavar la ropa, volví al camino del bien. Los días que veía más grande mi panza, me invadía el terror de pensar que estaba preñada.

Al catecismo iba Martina, una niña mayor que vivía con su madre. Como ésta trabajaba en las noches, la niña se quedaba a jugar hasta tarde en la plaza. Me atreví a preguntarle si sabía qué hacer para no quedar preñada. Ante mi desesperación me dijo que no, pero que cuando su madre sangraba, era porque no estaba preñada.

—¿Sangrar de dónde? —pregunté.

—De ahí abajo, donde haces pipí.

Diariamente revisaba mis calzones con el anhelo de encontrar la mancha que me liberaría de esa angustia.

Una mañana desperté temprano porque me dolía la panza. Al verme levantada, Delfina me llevó a traer leña. En el camino me ordenó recoger azucenas para que las vendiera en el mercado. Cada vez que me agachaba, el dolor era más fuerte, pero no le dije nada por miedo a que me regañara.

Al regresar, mi madre agitaba un trozo de petate frente al horno. Me apresuré a entrar porque quería ir al baño, pero no llegué. Dejé caer las flores cuando sentí un líquido cálido recorrer mis muslos. En el suelo, algunos pétalos se tiñeron de puntos rojos.

—Mira, mami —exclamé emocionada.

Ella y mi abuela voltearon hacia el florecimiento de mi vientre infantil. No entendí por qué no se alegraron de que no fuera elegida de Dios.

—Orita que acabemos de almorzar vas a casa de don Gregorio a preguntar por la dote de esta chamaca —ordenó mi abuela. Mi madre me miró, bajó la mirada y asintió.

 

CONVENIO

El padre de Flora guardó la llave en su saco. Con el eco de sus gritos resonando en sus oídos, entregó la llave a Teo.

Flora observó el auto de su padre alejarse del portón. Enseguida, sacó la maleta debajo de la cama, simuló un cuerpo inerte con el cobertor y, antes de salir por el ventanal que daba al patio, colocó una nota en la almohada:

“Padre: Me resigné a tu designio de casarme, a pesar de que este convenio es para incrementar el poco patrimonio que te queda y no por brindarme felicidad. Iré a París con Anelle. Quiero deleitar la vida antes de pasar el resto de ella al lado de un hombre que no conozco. Dile a Teo que compre mi vestido de novia. Volveré a tiempo para usarlo”. —Ma cheri— dijo Anelle mientras el chofer colocó la maleta en el auto—. ¿Algún problema?

—No —respondió Flora—. Pero vámonos antes de que los haya.

Conoció a Josué un día que paseaba distraída en la plaza. Al acercarse a una nueva tienda, el tacón de su zapato se atoró en el adoquín. En su intento por sacarlo, se rompió y ella cayó al suelo. Un hombre salió de la tienda y la ayudó a levantarse.

—Qué conveniente situación —dijo el hombre—. Justo hoy, que abrimos esta zapatería. Tenía piel apiñonada, un rostro enmarcado en barba y rizos desaliñados que colgaban en su frente. Por la camisa roída y sucia que usaba, ella pensó que era un trabajador de la tienda.

Días después, lo vio colocar una lámpara dentro del escaparate. Él salió a su encuentro y charlaron por varios minutos. Estaba cautivada por la manera cortés en que la trataba y su modo formal al expresarse, lo cual le parecía extraño para un obrero.

Las visitas a Josué terminaron cuando Flora se enteró que su padre decidió casarla con un adinerado comerciante que había llegado a la ciudad. Ella se opuso y amenazó con escapar antes que casarse con un desconocido, pero terminó encerrada en su habitación.

El viaje a París fue el deleite que planearon. Acudieron a la Comédie-Française donde escucharon a Édith Piaf cantar “La vie en rose”. La apasionada interpretación conmovió a Flora que, en los brazos de su amiga, lloró para hacer frente al destino que habían convenido para ella.

Destino que nunca se cumplió, porque el avión en el que ellas regresaban, se estrelló.

En el cementerio, el padre de Flora era consolado por un hombre de elegante traje negro que se abrió paso entre las personas. Poco le importaron las miradas inquisitivas y las murmuraciones.

—¿Es ese el sujeto que se casaría con la señorita?

El hombre llegó al féretro. Flora lucía hermosa con el ajuar nupcial que Teo había comprado.

—Sí, nuevo rico. Dicen que gusta del trabajo pesado. Él hace personalmente los arreglos de las tiendas que compró.

Antes de que la tierra empezara a cubrir el sepulcro, el hombre colocó un ramo de flores blancas. Al volver el rostro, las lágrimas deslizaban por su piel apiñonada y en su frente colgaban los rizos desaliñados que tanto le gustaban a Flora.

BELLYACHE

Faltaban quince minutos para la seis de la tarde, tres días para la quincena y parecía que la aburrida charla de Sonia no terminaría nunca. Al iluminarse la pantalla de mi teléfono, sus ojos y los míos se desviaron al aparato. Me apresuré a ponerlo contra la mesa, deseando que no hubiera visto quién me llamó.

—¿No vas a contestar?

—No —respondí agachada, ocultando mi nerviosismo.

Llevaba varios meses así: escondiendo sus llamadas, sus conversaciones, las caricias sobre mi cuerpo. En mi celular, su identidad real fue encubierta con el nombre de “Gisela compras”, para justificar con mi marido las llamadas nocturnas y de fines de semana.

Al salir del trabajo, la lluvia persistía. Encendí el celular y un cigarro. Acordé con “Gisela” vernos esa noche. Inhalé una vez y arrojé el resto en un charco de la banqueta.

Mientras mis pasos me dirigían en dirección contraria al trafico, solo pensaba que había perdido la cabeza. Pero al sentir las gotas aterrizar sobre ella, concluí que por él, no me importaba perderla.

Al llegar, lo encontré trabajando en su portátil. Nuestras miradas se cruzaron y sus brazos me estrecharon. Me senté a su lado. Sus ojos jugaban a seducirme y su mano acariciaba mi hombro.

—Voy a cerrar la puerta —dijo levantándose—. Pon música.

Tecleé el nombre de una cantante que empezaba a popularizarse: “Billie Ei…”

Se acercó, su nariz delineando mi mentón. Nuestros rostros se unieron en un beso húmedo y violento por las mordidas que daba a mi labio inferior. Sus manos hurgaban el encaje de mi ropa, pero se detuvo cuando mi teléfono sonó.

—Es mi esposo —dije al incorporarme. “Auditoría por fin de mes, llegaré tarde”, tecleé. Con eso obtuve varias horas de libertad para aprovechar él, yo y la aterciopelada voz que salía de la computadora.

Él se arrodilló y desabrochó mi cinturón. Sus manos deslizaron mi pantalón hacia el suelo. Gemí al ver su rostro acercarse a mis labios. Estaba cautivada por sus caricias y la canción que sonaba acrecentaba mi placer, por lo que activé el botón para escuchar el mismo tema una y otra vez.

Yacíamos desnudos en la alfombra. Uno de sus brazos acunaba mi cabeza y el otro rodeaba mi torso.

—Cuéntame algo.

—¿Algo de qué? —pregunté.

—Como la leyenda de que el algodón surgió de la cola de un conejo.

—No se me ocurre nada. Pero la traducción del título de la canción que escuchas es “Dolor de panza”. —Ambos reímos.

Nos despedimos en el umbral de su oficina. Con el sabor de su último beso, mis labios no dejaron de tararear esa canción. I lost my mind. I don't mind. Where's my mind. Caminé a casa mientras la lluvia limpiaba los rastros de infidelidad en mi cuerpo.

Al entrar a la habitación, prendí la luz. Mi esposo no dormía y levantó el rostro para mirarme despojar de la ropa húmeda.

—Te mentí —dije sosteniendo su mirada—. Fui con Sonia a un nuevo restaurante hindú y luego a un bar.

Él sonrió. Apagué la luz y me coloqué dándole la espalda. Escuché su respiración. Su mano hizo a un lado mi cabello. Besó mi hombro, siguió hacia mi rostro y buscó mis labios.

—Hoy no. Tengo dolor de panza.

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