Niños trabajando: dolorosa realidad

Emilio Morales PachecoEmilio Morales Pacheco

Sin prestaciones laborales, así es el trabajo infantil en Oaxaca

Que a sus 13 años Clemente recorra el mercado "Margarita Maza" con un diablo de metal, no es novedad. Esa necesidad de trabajar para sobrevivir, anula cualquier capacidad de asombro.

La pobreza delinea su rostro adolescente en un cuerpo aún de niño, tanto por su delgadez como por su baja estatura. Habla lo necesario para pactar el precio: diez pesos si la carga es ligera y 15 pesos si implica estibar más mercancía.

Su única regla es no ir más allá de un sitio de taxis colectivos o la terminal de autobuses de segunda clase que circundan la Central de Abasto.

Desde hace tres meses, cuando murió su padre, Clemente y su hermano mayor dejaron la precariedad de su casa en la región de la Mixteca, para vivir en la ciudad en condiciones similares, con la diferencia de que aquí pueden emplearse como estibadores.

Mano de obra barata

Como él, al día, unos 50 menores, que rayan entre la infancia y la adolescencia, trabajan con la permisividad e indiferencia social e institucional.

“Es muy común”, reconoce Daniel Dolores Martínez desde la sombra que le da su puesto de metal que arrastra por los estrechos pasillos de la Central ofreciendo gorras y sombreros.

Aunque es un adulto, él mismo experimentó la necesidad como el justificante para trabajar desde los ocho años a cambio de “muy poquito”.

Después de unos segundos de forzar la memoria, Daniel alcanza a recordar que si acaso le pagaban 6 o 7 pesos por pasar todo el día lavando platos en la cocina de un pequeño restaurante en Puebla, de donde es originario.

En casa de Daniel “todos trabajaban”, desde su madre, su padre y sus otros nueve hermanos, lo que le dificultó pasar del tercer grado de primaria.

“Trabajaba porque no nos alcanzaba para toda la familia”, dice sin pena y reconociendo que esa misma necesidad de sobrevivir es lo que justifica que la Central de Abasto sea un punto álgido del trabajo infantil.

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Sin prohibiciones

Carlos, un estibador que empezó de manera tardía en esta actividad, calcula que en la Central de Abasto, 5 mil personas se dedican a esa actividad, de los cuales al menos 50 son menores de 15 años.

Cobrar un poco menos o causar compasión entre las personas, puede ayudarles a encontrar quién los emplee unos minutos, a cambio de diez pesos.

Eso hizo Agustina, pagó diez pesos para que de las entrañas del mercado Maza, un niño le ayudara a cargar el manojo de alfalfa y su bolsa con las compras del mandado.

“Es una forma de ayudarle y que me ayude”, reconoce mientras el adolescente camina con la prisa de terminar la encomienda para empezar otra.

Ángel, quien acaba de venderle la alfalfa a Agustina, no se extraña de la escena de la que él mismo es parte. Desde que su madre enfermó y su hermana mayor no puede ir a atender el puesto porque se enfrentó a una caída, el adolescente se encarga del puesto la mayor parte del tiempo.

La venta de dulces, otra actividad en la que predominan infantes y adolescentes

Trabajo duro desde la infancia

En el mismo pasillo que expende Ángel también lo hace Ofelia, una mujer adulta que también empezó a trabajar a los ocho años.

“Bueno, no era trabajo como tal porque ellos no me obligaban a hacerlo”, justifica luego de contar que todas las tardes se la pasaba metida en la pequeña cocina que montó su mamá en su natal San Dionisio Ocotepec, “para darle de comer a los maestros”.

Es eso, la necesidad de comer, lo que anula la gama de derechos que se le han otorgado a niñas y niños, pero que en los hechos no todos lo ejercen ni hay autoridad que vigile que así sea.