Biofertilizar para nutrir la Tierra

Emilio Morales PachecoEmilio Morales Pacheco

Devolver al suelo su capacidad de producir.

EL CUAJILOTE, San José del Progreso, Oaxaca.- A fuerza de pérdidas, Rufino Cruz Ramírez entendió que a la larga los agroquímicos que utilizaba en su invernadero de jitomate disminuían la capacidad de producción en su solar.

En agosto del año pasado corrió un doble riesgo: la mitad de su tierra la destino a sembrar por primera vez 5 mil plantas de rosas y empezó a utilizar biofertilizantes.

Cuestión de tiempo

A los dos meses, los primeros botones de rosas empezaron a brotar. Rufino creyó que podría empezar a cortarlos para su comercialización, pero el químico agrónomo, José Tobías Luis Mateos, le mató las ilusiones, "descabezó" los rosales.

El "corte de sacrificio" era necesario para que, en vez de quedarse en 30 centímetros de largo, las plantas alcanzaran una altura de hasta dos metros, con tallos más fuertes y flores de color más intenso.

Se arma de paciencia

Acostumbrado a cosechar tomate a los 90 días de su siembra, Rufino puso a prueba su paciencia y la capacidad de su economía familiar.

Hasta enero de este año pudo empezar con los primeros dos cortes por semana, cien docenas de rosas en cada uno y ahora ya empieza a creer que el cultivo de rosales es rentable y aleja toda la idea de usar el tractor al interior de su invernadero.

Sin ver ganancias

“Fueron cinco meses de estar invirtiendo, sin ver ganancias”, recuerda. Tan sólo adquirir las cinco mil plantas le hicieron destinar 30 mil pesos y una cantidad similar para el mantenimiento mensual.

Decir la inversión total no es posible para un hombre que no se quiere desalentar haciendo números, se anima en que la producción “ya se mantiene sola” y lo hará hasta el 2023.

Con la siembra de flores Rufino genera cinco empleos directos.

Bondades del biofertilizante

Leopoldo Hernández Gómez, el único podador con que cuenta Rufino, notó de inmediato la diferencia entre sembrar tomate a rosas, pero sobre todo el utilizar biofertilizante.

“Se ve luego el cambio cuando le mete el orgánico”, dice mientras corta sin tallo las rosas que están por debajo de la altura de su rodilla y escoge las de tallo largo.

José Tobías recuerda cuando Rufino lo buscó para cambiar el cultivo de uno de sus dos invernaderos. Aunque dejar de utilizar químicos es benéfico para la tierra que se cultivó y para quienes intervienen en el proceso, requiere más cuidados y por tanto más inversión en mano de obra.

Menos gasto

Ese aparente incremento el productor la recupera al gastar menos de una cuarta parte de insumos y agua, permite el mismo rendimiento de una agricultura de explotación o convencional, sin el uso irracional de productos etiqueta roja que salinizan y vuelvev al suelo improductivo.

Desde 2006 José Tobías y Pedro Erick Santiago Sánchez realizaron trabajos informales con fertilizantes orgánicos en los valles de Ocotlán y Zimatlán, una experiencia que en 2018 les permitió abrir un primer punto de venta en San Antonino Castillo Velasco con su propia marca de biofertilizantes.

Fortalecer esta pequeña microempresa implicó recibir el apoyo del Instituto Oaxaqueño del Emprendedor y la Competitividad. “Contamos con 15 productos para la agricultura sustentable, incluidos fungicidas biodegradables que no contaminan suelos ni agua”, dice Erick Santiago, el director de una empresa cien por ciento oaxaqueña que cada tres meses produce una tonelada de abono de lombricomposta.

Crecer en una familia campesina que produce flores y hortalizas lo llevó a estudiar una ingeniería en agronomía en el Instituto Tecnológico del Valle de Oaxaca. Los conocimientos los aplica en devolver rentabilidad al suelo y lo encontró en las fórmulas de biofertilizantes a base de microorganismos benéficos que actúan en el suelo y protegen raíz, desintoxicando el suelo.

José Tobías y Pedro Erick, dos ingenieros que emprendieron el negocio de los biofertilizantes.

Crece clientela

De los 200 productores que han conocido los biofertilizantes, al menos 50 son clientes frecuentes, ya sea que siembren tomate, chiles, aguacate, melón, sandía, hortalizas o flores como Rufino, para quien, a sus 61 años, decidió innovar con un producto diferente para él.

Quedó atrás la idea de volver a meter el tractor a su invernadero y regresar al cultivo del tomate. Vanesa Cruz, la hija de Rufino, se encarga de la comercialización de las rosas en floristerías particulares o el mismo mercado de Ocotlán, municipio aledaño a San José del Progreso.

Ambos empezaron a soñar con mejorar la calidad de las siete variedades de rosas que cultivan, empacarla y ofrecerla en un mercado donde la paguen mejor.

En ese trayecto, han encontrado una satisfacción mayor, dejar de utilizar químicos que dañan el suelo que les da vida y el sustento familiar.