Colectivo Cuenteros| Apetitos íntimos

Daniel SaludDaniel Salud

Yolotzin

Estaba amaneciendo cuando me metí al temazcal. Afuera corría un aire fresco y cantaban las primeras aves. “¿Será él?”, me pregunté dentro de la nube tibia, mientras el agua chisporroteaba contra las piedras calientes.

Al salir, seguía sintiendo la misma desazón con la que entré. Me trencé el cabello, me puse un huipil color grana y orejeras de jade. Más tarde me acerqué al juego de pelota. Él estaba allá abajo; cuando se quitó el penacho reconocí su rostro de facciones angulosas, la cicatriz en el hombro, el torso fornido que tanto me gustaba. Con el sonido de las flautas y los tambores, empezó el duelo: los jugadores golpeaban la bola como si fuera una estrella que debía seguir girando en un ciclo eterno, a riesgo de perder su luz.

Me calmé al ver que él era tan rápido y hábil que podía ganar. Mucha gente estaba mirando; lo mismo se oían exclamaciones de júbilo que de decepción. Los señores observaban desde la parte alta del edificio; lucían tocados de oro y mostraban sus dentaduras decoradas cuando el marcador favorecía su apuesta: las tierras altas contra los tributos de cacao. El olor del copal empezaba a marearme, así que sin esperar el desenlace, me fui; me esperaba un día atareado y difícil.

Había ido a la milpa a escoger los chiles, las mazorcas y los quelites; todo estaba listo. Revisé las cazuelas de diferentes tamaños, los comales sobre los braseros, los molcajetes para triturar y los metates para moler. Recorrí con la mano la mesa de trabajo, fría e impecable.

Sabía que debía sentirme honrada, pero fue muy duro verlo en la plancha. Empecé a temblar. Una anciana hizo sonar su brazalete de cascabeles, apurándome para que empezara. Acaricié el cabello del jugador y puse la mano en su pecho. Un denso silencio dio paso al ruido y al trajín: unas mujeres recibieron en jícaras la sangre que escurría del cuello perforado, mientras otras desprendían la piel con afilados cuchillos de obsidiana.

DANIEL SALUD

Un hombre corpulento lo desmembró con un hacha: el primer golpe separó la cabeza, que sería parte del altar; el segundo fue en los pies. Esperé impaciente a que me dieran los muslos, destinados al cacique; los herví entre epazotes y guajillos, mientras en otras ollas cocinaba pedazos de piernas, brazos, nalgas y espalda, ajustando los sabores y las texturas hasta convertirlos en un guiso aromático y apetecible.

Las mesas, iluminadas por teas, estaban cubiertas con lienzos blancos y adornadas con floreros, vasijas con salsas picosas y frutas de colores. Servimos el pozole con tortillas y mucho pulque. Los invitados saborearon la carne blanda y condimentada, junto con los granos suaves del maíz. Yo comí sola; después de un rato largo frente al plato, pensando en el guerrero, mastiqué despacio el corazón y sorbí el caldo, nutriéndome de su valor y mi deseo.

Andrea

¡Dios misericordioso, que mi vida sea un resplandor de rectitud y que no caiga en tentación! Así rezaba Sor Andrea Inmaculada mientras se movía por la espaciosa cocina dando órdenes. Los azulejos relumbraban con el fuego de las hornillas donde las monjas preparaban pipianes y nogadas al ritmo de sus oraciones: “San Pascual Bailón, no apagues mi fogón…” Debían agasajar a los marqueses para que subieran las donaciones del convento, según indicaciones de la superiora.

—Pero madre, nuestros votos de pobreza...

—La pobreza es una cosa y la estupidez otra, hermana. Usted encárguese de tener listas sus delicias.

—Las nuestras son más que delicias, madre. Son suculencias, inspiraciones divinas… —dijo Sor Andrea, animada al principio, pero arrepentida al notar su soberbia, por lo que fue a su celda a orar de rodillas.

Después de la penitencia y las labores, se sentó en la hamaca y se quedó dormida. En cuanto despertó, se reclamó por su pereza y se autoimpuso varios días a pan y agua, lo que significaba que no podría probar ni sus creaciones. Ya en la tarde, después de envasar las conservas, Andrea le sirvió chocolate a su asistente.

—¿Y usted? —preguntó la novicia.

—Estoy de ayuno.

Andrea pensó en lamer la espuma en los labios de la joven. Deseó quitarle el hábito rasposo, taparle los ojos con el velo y saborear su piel afrutada.

—¡Vírgen santísima! —exclamó sobresaltada—. Acaba y lárgate.

Enseguida sacó harina y limón, coco, nueces. Amasó con fuerza y frió pequeñas porciones. Inevitablemente excitada, y con tal de expiar su impureza, dejó que el aceite le quemara los dedos. El dolor y la culpa no le impidieron llegar al amanecer con tres postres nuevos, a los que llamó “besos, suspiros y bienmesabes”.

DANIEL SALUD

Cuando llegaron los marqueses, Sor Andrea sintió una amarga envidia al ver la calle, las carretas, la gente divertida. Deseó que la pareja real y su séquito ardieran todos en el infierno. Acto seguido, castigó su flaqueza con tres meses de silencio.

El refectorio lucía elegante con la vajilla de talavera y los cubiertos de plata. Sobre la mesa, una constelación de antes, panes y bocadillos. Se sirvieron copas de vino que enrojecían las mejillas de los asistentes y piezas de guajolote bañadas con una salsa dulce y picante a la vez. Al final, los postres.

—Prueben estos dulces —dijo la priora—: son el último invento de Sor Andrea y su casta imaginación. Ya saben, todo inspirado por Nuestro Señor.

Mientras Andrea Inmaculada, hambrienta y silente, escuchaba las exclamaciones de placer que provocaba su comida, apretó las piernas hasta sentir su propio jugo y se enterró el cilicio que la hacía sangrar.

Adela

—¿Se viene a la bola mi reina? Aunque la cosa está de la fregada, ya ve que la guerra es cosa seria.

—No le hace, llévame contigo —dijo Adela, tan enamorada como deseosa de dejar el rancho.

Guardó en un morralito una enagua, un peine y un espejo. Se tapó con el rebozo y se fugó con Pedro Enríquez, un seguidor del general Sóstenes Rocha. Se unieron al contingente y Adela caminó detrás de Pedro, que iba a caballo. Cuando por fín acamparon, traía los pies llagados, kilos de polvo en las trenzas, hambre y sed.

—Váyase pa’ allá con las mujeres —le dijo Pedro—. A ver en qué ayuda.

Tímidamente se acercó al grupo. Estaban preparando atole, salsas y frijoles. Se ofreció a hacer las tortillas. Tomaba bolas de masa, las iba palmeando y las ponía a cocer en el comal. Olían tan rico...

—Épale —dijo la coronela Simona—. Primero la tropa. ¿No ve que ellos son los que se la rifan? Ai’ luego nosotras comemos lo que sobre.

Adela regresó la tortilla avergonzada. A lo lejos, una guitarra y una voz triste entonaba un corrido que contaba las hazañas del general Rocha. Luego le dieron un taco y un trago de tequila.

En la madrugada, enfilaron pa’l camino. Primero la caballería, luego los de a pie, atrás las soldaderas un poco rezagadas por el peso de las carabinas y las carrilleras, y al final las más amoladas, como ella, pensó, las Adelas.

DANIEL SALUD

Mi general mandó tomar el tren —vino a decirle Pedro—. Póngase lista, no se vaya a quedar abajo.

—¿Así que te arrimaste con el tal Pedro Enríquez? —preguntó la coronela—. Es buen soldado. Lástima que tiene una hembra en cada batallón.

—Y eso qué le hace —comentó otra del grupo ante el gesto decepcionado de Adela—. Así es la vida acá en el frente. Lo que importa es que un día regrésemos a nuestros pueblos y téngamos casa, y vacas, y zapatos.

En eso, oyeron el pitido del tren, seguido por el chirriar de las ruedas y los balazos. Las mujeres fueron las últimas en subir. Algunas, como Adela, nunca habían estado en uno y les sorprendió que funcionara con vapor. Después de varias horas, el General ordenó parar la máquina.

—Órale, viejas jijas —vino a gritar la Simona—, bájense a ver qué encuentran pa’ tragar.

Se miraron unas a otras y se bajaron dudosas. Al rato regresaron raspadas y espinadas, pero con elotes, xoconostles, unos chayotes medio pasados, y hasta un pedazo de buey.

—Si serán brutas —dijo Simona—. De aquí a que se ablande eso que traen. Ni con todo el carbón.

—Tenemos la lumbre de la caldera —murmuró Adela—. Y hartas horas de camino pa’ que se vaya haciendo.

Cocinaron el animal con las cactáceas y los granos, le molieron chiles secos y lo espesaron con bolitas de nixtamal.

En la noche dejaron el tren y volvieron a acampar cerca de un pueblo. Orgullosas, las cocineras sirvieron el puchero y al cabo de un rato Pedro Enríquez vino a buscarla.

—A mi general Sóstenes le gustó reteharto su molito, chula. Dice que ese guiso va a hacer historia y que quiere verla ahorita mismo. Pórtese bien. Ya sabe, la causa es la causa.

Después de felicitarla por el guisado, el general la metió a pasar la noche en su petate. Adela no se atrevió a protestar. Al día siguiente, la nombraron jefa de cocina y soldadera del general Sóstenes.

—Así la cosa acá en el frente, muchachas. La causa es la causa —le dijo a sus compañeras enfrente de Pedro.