Colectivo Cuenteros| La chica satélite

Daniel SaludDaniel Salud

El bus escolar apareció en la cresta de la colina y avanzó hacia mí como un gusano hepático. Era uno de los primeros días de verdadero frío, tanto así que mis chinos se habían congelado. Odiaba cuando pasaba eso, pero si apenas tenía tiempo de bañarme en las mañanas, secarme el cabello era un lujo tan grande como desayunar. Entonces, ahí estaba, con la cabeza de una medusa que había tenido la torpeza de verse a sí misma.

La fauna del vehículo estaba debidamente distribuida en tres secciones: en la parte de enfrente había los muy ñoños o los muy niños o los dos. La parte de enmedio era el depósito del populacho, distinguible a duras penas entre sí por la presencia o ausencia de acné o aretes. Y los asientos de atrás conformaban la sección prepresidiaria: los matones que esperaban un brillante futuro en el extenso y redituable sistema penitenciario del que, aún en ese entonces, se jactaba Estados Unidos. Me senté entre la gentuza y miré por la ventanilla a las casas que huían uniformemente hacía atrás como si ellas tampoco quisieran tener nada que ver con nuestra triste marcha hacia el subempleo.

A decir verdad, en el límite entre la segunda y la tercera sección, justo arriba de las jorobas en el piso formadas por las llantas, había una cuarta. Esta franja estaba poblada por los que, aunque no se atrevían a sentarse entre los matones, pretendían aumentar su popularidad por medio de su proximidad a ellos. Entre esos satélites, atrapados en su órbita de vidas ajenas, estaba Nicole Palestrina.

En otras circunstancias, Nicole no me habría caído ni bien ni mal. Mi desprecio por ella nacía de su pertenencia a la categoría colectiva de satélite, no por algo que me hubiera hecho. En las aulas, rondaba la periferia de los chicos populares; en la cafetería, hacía lo mismo en sus mesas, sentándose en un extremo remoto de ellas con su charola en el regazo. Pero en nuestro bus, no había chicos populares, sólo matones, y uno de ellos, Robby Gorman, le estaba entrando bien duro. Mientras masticaba una bolota de chicle que se proyectaba de su mejilla como un bocio extraviado, se inclinaba hacia adelante para taparle los ojos con las manos. Y cuando ella se daba la vuelta para reclamarle, aprovechaba para agarrarle los senos. Así se repitió múltiples veces, en medio de una extraña ausencia de habla: ojos-senos, ojos-senos. No es que Nicole fuera tonta, sino que estaba intimidada, cosa que le impedía pensar claramente y salir del surco de las reacciones impulsivas. Su experiencia con los chicos populares de aula y cafetería no la había preparado para eso. Aquí, tenía que ponerse viva.

 

Finalmente, luego de pasar por una curva de aprendizaje que parecía eterna, se espabiló y empezó a quitarle las manos de los ojos sin darse la vuelta. Y cuando Robby intentó agarrarle los senos desde atrás, ella soltó un par de codazos. Calculó mal, sin embargo, y terminó descargando su furia en el respaldo del asiento, para beneplácito de los matones (y no solo).

Que los matones escogieran a un blanco del día, era de esperarse: salvo cuando realizaban actividades grupales, como contener la respiración hasta desmayarse o brincar por la salida de emergencia con el vehículo en movimiento, acosar a alguien representaba su manera preferida de pasar el rato. Si la víctima tenía la destreza de rebatir sus ataques sin hacerles enojar, ahí moría el asunto. Si no, era como una versión siniestra de un juego de concursos: no sólo tenías que aguantar todo el viaje de ese día, sino también regresar como concursante al episodio siguiente. Y así sucesivamente hasta que lograbas desplazar la atención a alguien más o, de plano, dejabas de usar el transporte, lo cual sólo posponía la cacería a la escuela misma.

Y a diferencia de un acoso verbal –que no reunía una atención unánime excepto cuando se subía de tono– un acoso físico siempre lo hacía, ya que aumentaban drásticamente los prospectos de una pelea. Todos, entonces, fuimos testigos de la fallida tentativa de Nicole de repulsar a Robby, sus codos rebotando inútilmente contra el duro acolchonamiento del respaldo. Los matones se carcajearon; los satélites, como buenos rastreros, también. Del populacho, una variopinta soltura de risitas. Envalentonado, Robby le jaló la cabeza hacia atrás, tapándole los ojos con una mano con tal de meter la otra por debajo de su suéter. Retorciéndose, Nicole se liberó y gritó:

—Get off me, you fucking pervert!

El silencio siguiente se llenó de una serie de bip bip bip mientras la conductora ejecutaba una maniobra en reversa. Esperaba la aparición de una navaja, o por lo menos de un pincho. En lugar de eso, y con toda la calma, Robby se estiró hacia atrás. Lento, casi lacónicamente, sacó la bola de chicle de su boca y, formándola como un chef su masa, la colocó en la parte de atrás de la cabeza de Nicole, anidándola en su cabello liso y castaño.

 

Eso fue todo. Había sido un momento inesperadamente lúdico, como si los años intermedios hubieran sido un engaño y fuéramos rumbo a la primaria otra vez. El bus se echó a andar nuevamente. Los matones se ocuparon en encender cigarros que ni se molestaron en esconder. Algunas gotas de agua cayeron de mis chinos al piso. Y Nicole, con el cuerpo que rezumaba incredulidad ante la levedad de su castigo, se relajó. A continuación, levantó la mano al cabello. O fue la primera vez que le había pasado, o, a pesar de la distensión generalizada, seguía intimidada.

Y a nadie más, por las razones que fueran, se le ocurrió decirle que un chicle no se quita así de fácil, con el movimiento tan casual con el que jalaba la masa, una parte de la cual salía mientras la otra se quedó afianzada como una babosa vaina extraterrestre que, habiendo llegado desde tan lejos, no estaba para ser desalojada. Esto pareció confundir a Nicole, quien, en lugar de depositar el chicle exitosamente arrancado en un papel o el respaldo de enfrente, volvió en una tentativa todo o nada para sacarlo entero.

Nada: el chicle en los dedos volvió a fundir con la vaina madre y cuando Nicole jaló con mayor fuerza, se despegó parcialmente en largas y elásticas tiras que, llevadas a su límite, se rompieron, una menor parte quedando fuera y el resto convertido en tentáculos que se mecieron momentáneamente en el aire antes de aterrizar.

Para entonces, Nicole ya estaba excavando con las dos manos en una ofensiva total que provocaba unas correspondientes tácticas de guerrilla por parte del chicle, que se enmarañaba entre sus mechones y obligaba a la agresora a sufrir bajas considerables de cabello con tal de ganar unas cuantas victorias píricas. La batalla proseguía ahora a lo largo de la parte posterior de su cabeza, el conflicto principal centrado todavía en la zona de la vaina –enfrascada en una hosca resistencia– pero con embestidas y escaramuzas extendiéndose de oreja a oreja.

Despegando mis ojos del espectáculo, miré alrededor. Los ñoños cuchicheaban, el pueblucho hacía patéticas tentativas de desviar la atención y los matones estaban más bien enfurruñados, los cigarros al descubierto. Incluso Robby se aventuró algún comentario autoexculpatorio en el sentido de que no era culpa suya si era tan torpe. Nicole sollozaba quietamente entre sus manos enchicladas que, tanto por sus manchas de color como por el hecho de que varios dedos habían quedado pegados los unos a los otros, parecían producto de una malformación congénita, o un brote de lepra.

En cuanto a mí, las gotas de agua escurriendo de mi cabello se habían vuelto un flujo que mojaba mi cuello, el asiento y ahora mis pies con una agua fría y molesta. Sentí lástima, una lástima pura que me incomodaba. Saltando bruscamente de mi lugar, me dirigí hacia atrás y penetré en la zona satelital.

—Ven —dije—. Vamos.

De alguna manera, la ayudé a ponerse de pie y, agarrando su mochila, la guié por el pasillo; ya que insistía en taparse los ojos, fue una trayectoria dificultosa, como si fuera una viejita que yo conducía a los asientos reservados en frente. Detrás de nosotros, un rastro de agua revestía el pasillo con un barniz transparente y, esperaba, resbaloso. Nos sentamos en la primera fila, sin decir palabra, hasta llegar a la escuela. En cuanto se abrieron las puertas, la saqué y la llevé directamente a la enfermería. No me quedé y no me pidió que lo hiciera.

En los siguientes días, Nicole andaba de clase en clase con su cabeza rapada y una mirada asesina para todos, hubieran o no estado presente ese día. Los chicos empezaron a llamarla la chica leucémica. Yo, más bien, pensaba que parecía Sinéad O’Connor, que no era para nada un mal look. Incluso pensaba decírselo. Tardaron varios días hasta que tuve la oportunidad. Con el afán de evitar el bus lo que más que podía yo también, acababa de llegar a la escuela caminando.

Por supuesto, mis chinos se habían vuelto a congelar. Nicole vino caminando hacia mí y vi en sus ojos que quería decirme algo. Con una repentina sensación de terror, se me ocurrió que iba a darme las gracias por lo de ese día. Se detuvo y abrió su boca pero, adelantándome, pregunté:

—¿Qué tal las quimioterapias, Nicky?

Me empujó contra un locker y se fue. Había sido un comentario tonto. Le hubiera preguntado, más bien, si quería un chicle.

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