El suplicio del hacendado

La imagen del hacendado fue destruida después del cambio de paradigma político que se dio en México tras la revolución. Contribuyeron a ello la propaganda oficial que veía al hacendado como una extensión del régimen porfirista y aún del colonial; el lema “Tierra y Libertad”, enarbolado por Emiliano Zapata, y el título de John Kenneth Turner, México Bárbaro, en el que las haciendas henequeneras eran santuarios del abuso, de la esclavitud y de los trabajos forzados; lo mismo que las haciendas-prisión de Valle Nacional, Oaxaca.

Justo en el año de la expropiación petrolera, Pablo Martínez del Río pública el libro El suplicio del hacendado y otros temas agrarios (Editorial Polis, 1938), en el que trata un tema por el que es difícil imaginar que alguien sintiera alguna simpatía. Cito al autor: “El hacendado mexicano (me refiero al hacendado de legítimo tipo porfiriano) hoy casi no existe […] ya se tiende a colocarlo a él entre los dinosaurios, los mamuts y otros seres del pasado”.

Martínez del Río ⎯historiador y arqueólogo mexicano miembro del Real Instituto Antropológico de la Gran Bretaña⎯ identifica a la hacienda como la entidad productiva más importante del país (invitándonos a pensarla de manera similar a una fábrica o una empresa), y nos explica cómo teniendo esta importancia, su desmantelamiento significó la ruina económica de una gran parte de nuestro territorio, de por sí golpeado por años de conflicto armado.

El autor pone en duda los mitos que damos por ciertos al escuchar las palabras “hacienda porfirista”, entre ellos: el maltrato físico generalizado a los peones, el enriquecimiento rapaz e inmoral de los hacendados, la propiedad mal habida de las tierras de la hacienda y el ausentismo (el hacendado viviendo cómodamente en la capital sin poner un pie en sus tierras).

Martínez del Río puntualiza que aunque todas estas circunstancias pudieron formar parte de la realidad de las haciendas, no eran la generalidad sino la excepción; en pocas palabras, que no todo era el “México Bárbaro” de Kenneth Turner. Por el contrario, a juicio del autor, con la reforma agraria, el hacendado sufrió un verdadero despojo al serle retiradas sus tierras sin indemnización alguna, lo que descapitalizó al campo mexicano.

Aunque el tema es interesante y el libro está bien escrito, la razón principal para adquirirlo de inmediato fue el párrafo que aparece en su primera página y con el cual ilustra (creo que de forma exagerada) lo que ha sufrido el hacendado en su agonía:

“Hay un suplicio en China que se reserva para los parricidas. Se amarra a la víctima a un poste y el verdugo se coloca enfrente de ella con una gran canasta llena de cuchillos al lado. Cada cuchillo lleva un signo que designa una parte del cuerpo, las narices, el pecho, las orejas. El verdugo va tomando los cuchillos al azar, ve el signo y luego se sirve de ese mismo cuchillo para desprender la parte citada”.

En efecto, esta descripción me remitió de inmediato al inicio de Farabeuf. Crónica de un instante, la célebre novela de Salvador Elizondo escrita veinticinco años después.