Colectivo Cuenteros| El bastardo

Hasta la enramada llegaba el bullicio de la fiesta del pueblo. Habían ido ambos a dar su cooperación al mayordomo. Después compraron un cartón de cervezas y se fueron a la casa de don Jaime a seguir conviviendo.

—¿Estás bien? —preguntó don Jaime.

—Sí.

—Acábate esa cerveza y agarra otra.

Hilario apuró el líquido. Cuando puso la botella sobre la mesa, se dio cuenta de que Don Jaime seguía interrogándolo con la mirada.

—Todo está bien —dijo.

—¿Es por lo de Toño? —insistió don Jaime.

Hilario no contestó.

—No soy quién para decirte nada, pero no está bien lo que estás haciendo —dijo don Jaime—. No culpes al niño.

—Prefirió irse con su mamá. ¿Qué quiere que yo haga?

—Es un niño, era claro que iba a escoger a su madre. No deberías abandonarlo.

—Estuve con él siempre —contestó Hilario. Esperó que el silencio envolviera su frase y luego agregó—: Lleva mi apellido.

Don Jaime bajó la vista y pareció que no iba a agregar nada más, pero después de un rato dijo:

—Sólo te digo que no es correcto.

—Pues… ya lo dijo: usted no es quién para decirme qué hacer. No puso el mejor ejemplo.

—¿Qué quieres decir?

Hilario quedó en silencio, inclinando la cerveza para ver el fondo de la botella.

—Cometí un error —agregó don Jaime—, pero me acerqué a ti en cuanto pude.

—Y ¿de qué sirvió?

—¿De qué hablas? Te incluí en mi familia.

—¡Exacto! «Su. Familia», no la mía.

—Eres injusto. Tere te aceptó como uno más de mis hijos. Jamás te hizo una cara. Tus hermanos te adoran.

—No me quejo de ellos.

—¿Entonces de quién? ¿De mí?

Hilario destapó otra cerveza, pero no se la tomó. La colocó sobre la mesa y la hizo bailar con la mano.

—Contesta —dijo don Jaime.

—No tengo nada que decir.

—Te di lo mismo que a tus hermanos.

—¿Habla de dinero?

—Tu madre nunca quiso aceptar un centavo.

—No hablo de eso, papá... ni siquiera sé si debo llamarlo así.

—Hice todo lo que pude por ayudarte.

Hilario escudriñó las vigas que soportaban la enramada.

—Todo su cariño era para mis hermanos —dijo—. Sobre todo para Jaime.

Don Jaime se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—Jaime lloraba y usted saltaba de la silla. Cuando aprendió a caminar, quería llenar de algodones el pueblo. ¿Y a mí? ¿Y mis primeros pasos… mis primeras caídas?

—Precisamente por eso. No quiero que cometas el mismo error.

—Jaime se desaparecía diez segundos y usted ya estaba desesperado por su hijo…

—Eso…

—…y luego sus eternas cantaletas: tu hermano ya dio sus primeros pasos, tu hermano ya dice papá, tu hermano es muy inteligente, ya aprendió a leer, ya puede escribir su nombre, sacó diez en no sé qué pinche materia…

—¡Hilario!…

—… ¿A qué edad dije mi primera palabra? ¿A qué edad comencé a leer? ¿De qué trató mi primer poema? —Hizo una pausa—. Jaime lo tuvo todo. ¡Todo! Hasta su nombre.

Don Jaime apretó los labios.

—¿Sabes por qué tratabas a Jaime con tanta delicadeza? —preguntó Hilario. Era la primera vez que tuteaba a su padre, pero éste sólo llevó la cerveza a sus labios y dio un sorbo largo. El silencio que siguió hizo parecer que no había escuchado la pregunta o no tenía intenciones de contestarla.

—¡¿Lo sabes?!

—Dímelo —contestó don Jaime. Se acomodó en la silla y clavó la mirada en Hilario—. Ya que parece que conoces más de esto que yo.

—Porque mi existencia te llenaba de culpa. Por eso tus donativos a la escuela, por eso el centro de salud, el orfanato... por eso toda tu devoción con Jaime. Con él querías redimirte como padre, exagerando tus cuidados, pero adivina qué: sólo lograste hacer más grande la brecha.

—¡Ya basta! —exclamó don Jaime—. No voy a permitir que me hables de esa manera. ¡Y menos en mi casa!

—¿Me estás corriendo? —preguntó Hilario. Como don Jaime no contestó, destapó otra cerveza y la tomó con sorbos cortos y constantes.

Un largo rato no se dijeron nada, hasta que don Jaime rompió el silencio.

—Para mí siempre has sido y serás mi hijo, pero si eso es lo que piensas de mí, no puedo hacer nada.

—Nunca has podido. Me avergüenzas.

—Entonces vete —dijo.

Hilario se levantó, trastabilló con la silla, pero logró conservar el equilibrio. Luego se marchó.

Don Jaime no hizo nada por retenerlo.

Hilario se mudó a la capital. Ambos esperaban que el tiempo se encargara. Y ambos se equivocaron.

El cementerio es pequeño. Antonio vigila a Hilario discretamente. Lo ve acariciarse la barba de la misma forma que él (apenas ahora lo descubre). No puede negar que se parecen. De niño, le encantaba oír que se parecía a su papá. Después ya no le gustó tanto. El mismo andar afectado y la misma figura espigada; la frente amplia bajo el pelo fino. También hay cosas distintas. El pelo de su padre ha encanecido. Las arrugas han empezado a acentuarse en su rostro. Hay algo más. Como si los cambios externos fueran un reflejo de algo más profundo, más receptivo, menos impulsivo.

Puede acercarse a él, pero prefiere retrasar ese momento. Están enterrando a su padre y no sería prudente ahora. Tendrá que interceptarlo ahí, porque sabe que no irá al velorio. Adivina que se quedará en el panteón hasta el final del entierro y luego se irá sin despedirse de nadie. Tampoco será correcto interrumpir ese momento: es preferible abordarlo antes de que pretenda quedarse por primera vez en mucho tiempo a solas con su padre.

La gente se aglomera alrededor de la fosa. Antonio se acerca, toma un poco de tierra entre los dedos y la arroja a la fosa, da media vuelta y se aleja. Su tía Lucía llora en pequeños gritos hasta que el último termina en un hilo de voz aguda que se ahoga en el siguiente espasmo. La banda de música toca el Dios nunca muere.

En un momento en que los rezos y la música cesan, una potente voz se impone.

—¡Y bien! Aquí estás ya…, sobre la plancha…

Antonio reconoce el poema. Levanta la vista porque cree que es su padre quien declama, pero no: es su tío. Está seguro de que a Hilario le hubiera gustado declamar esos versos. Voltea a donde estaba su padre y no lo ve. Ve hacia la gente alrededor de la fosa y busca en otros lugares, pero no lo encuentra. Voltea a la salida. Cruza por su mente la idea de que se haya ido ya. Éste era el momento propicio y no sería justo que se hubiera esfumado. Se cambia de lugar para seguir buscándolo.

Llega a una tumba alta, con espejos. Desde ahí puede ver su imagen multiplicada. También reflejan, en el ángulo superior, la imagen de su padre parado en la esquina opuesta.

—… ¡Miseria y nada más!, dirán al verte / los que creen que el imperio de la vida / acaba en donde empieza el de la muerte —continúa su tío. Las campanas siguen con su tañer inmisericorde.

El poema es largo y hace mucho que Antonio no lo escuchaba. Algunos fragmentos siguen vivos en su memoria, pero ha olvidado la mayor parte. La voz de su tío parece apagarse mientras avanza, hasta que culmina:

—…la materia, inmortal como la gloria, / cambia de formas; pero nunca muere.

Su tío agradece las muestras de apoyo en nombre de la familia Granados.

Antonio voltea a ver a su padre. Quiere intuir lo que está sintiendo, pero ningún gesto delata que algo de lo que dijo su tío lo haya afectado.

Cuando la última pala de tierra cae sobre la tumba, la gente la cubre con flores. En la cabecera colocan una cruz de madera. El sol ha empezado a ocultarse y la gente empieza a irse. Es el momento. Sabe que será incómodo, pero de todos los momentos incómodos, éste es el más acertado.

Empieza a avanzar hacia él, pero su tía Lucía lo detiene.

—Qué bueno que viniste —dice. Lo abraza.

Él la abraza también. No contesta nada.

Sus primos también se acercan. Los abraza en silencio.

Cuando Antonio retoma su camino, ya no ve a Hilario. Recorre el cementerio con la mirada. Quedan pocas personas. Las sombras se han tendido sobre el cementerio y ya no le permiten ver con claridad. Escudriña los rincones sin éxito: se ha ido.

Corre hacia la salida. Ahí, alguien lee en su rostro el desconcierto y adivina el motivo; le señala con un movimiento de cabeza. Divisa entonces a su padre a lo lejos. No está a más de cien metros; puede gritarle o correr para acercarse. Pero se queda parado, viendo cómo del auto al que se dirige salen dos niños que lo abrazan. Ambos, supone, hijos de su segundo matrimonio. La madre de los niños hace un intento de bajar del carro, pero parece arrepentirse y se queda adentro.

Antonio ve a su padre levantar al niño hasta la altura del rostro y decirle algo; el niño parece sonreír, pero están tan lejos que tal vez sólo lo imagina. Se queda inmóvil. Hilario acomoda a los niños en el asiento trasero, enciende el auto y se aleja hacia la salida del pueblo. Él se queda ahí, con la mirada perdida en el horizonte, cuando alguien lo toma del hombro y lo abraza. Es su tío Jaime.

—Se fue —dice.

Antonio no sabe si habla de su padre o de su abuelo.

—Sí —contesta—. Se fue.

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