El infierno de los perros

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Jesús SantiagoJesús Santiago

El "orejas paradas" sufre de sarna

El día que la abandonaron, la dejaron frente a la reja de un albergue para perros. Ella se encogió sobre un trapo roído para proteger con su cuerpo a sus cachorros. La lluvia comenzaba a desplomarse.

Tía Miguelina, fundadora y cuidadora del albergue Ladrido Callejero, establecido en el municipio de Zaachila, se amarró el corazón y dijo "¡no más!", pues ante la irresponsabilidad ciudadana, el albergue se ha vuelto un infierno para los 149 perros que actualmente sobreviven de milagro.

“Aquí vienen y me los dejan. A unos cachorritos me los vinieron a aventar dentro de un morral; a esa perrita la dejaron ahí detrás de la reja con todo y sus crías; a ese que ve usted allá, lo rescaté casi muerto. Lo habían dejado amarrado con rafia en ese nogal. Cuando llegué a desamarrarlo, su hermanito ya estaba muerto; se había ahorcado”, explica.

Desde hace 17 años, la primera vez que adoptó a un perro abandonado, hasta este momento, la problemática se ha agravado. La gente abandona a los animales como si fueran zapatos inservibles, objetos sin valor, con tal facilidad que un teléfono móvil con la pantalla estrellada llega a tener mayor suerte, pues en la concepción mexicana, el perro está condenado al sufrimiento: “Murió como un perro”; “Tiene vida de perro”; “Muerto el perro, se acabó la rabia”.

Ya no hay espacio

Y ahí va Miguelina, con el pantalón con una venda como cinturón, esos tenis lodosos con un hoyo sobre el dedo chiquito y su camisa descosida a un costado. La mujer avanza entre la jauría, lanzando el nombre de cada perro -“molote, orejas paradas, dientecito, güera”- para abrirse paso hacia la entrada principal.

El trabajo de Miguelina se ha vuelto insuficiente, ante la sobrepoblación de perros abandonados.  FOTO: Jesús Santiago

Son casi las 10:30 de la mañana. La falta de alimento los hace abalanzarse inquietos. En su desesperación, se avientan la mordida unos contra otros. Los más grandes zarandean a los más pequeños, a los famélicos y a los sarnosos, que no logran defenderse y rascarse al mismo tiempo. “Ehhh, yaaa, no se peleen”.

“Yo, lo que puedo, hago, no más; ahora sí que me disculpen, pero ya no puedo con más. Lo siento por ellos. Yo lo que quiero es que me ayuden a decirle a la gente que ya no abandone a sus perros, que sean responsables porque aquí no podemos recibirlos más”.

Miguelina nunca se planteó estar al frente de un refugio para perros. Cuando rescató a Nina, la primera perrita que adoptó, lo hizo para evitar que se la llevara la corriente del río. “Oía nomás que lloraban y yo decía 'pobres animales', pero hasta ahí. Un día me dijo un señor: tía Migue, vienen a dejar muchos perritos y se los lleva el arroyo. Un día puse cuidado y vi cómo estaba una perrita amarrada y ya empezaba a crecer el arroyo, rápido corté el mecate y la salvé”.

El albergue para perros requiere de donación de alimentos, agua, así como atención veterinaria.  FOTO: Jésus Santigo 

Después de ello vino otro, y luego otro, y así hasta tener 52 en un predio prestado del que posteriormente la corrieron con todo y jauría. 

“¡Cursi, cursi, saluda muchacho!”, ordena Miguelina a un perro color miel flacucho con ojos tristones, que camina con la cola entre las patas.

"Que no mueran como perros"

-¿Por qué hace esto, por qué los recoge?

-Pues mire, lo que pasa es que si van a morir en la calle y usted sabe cómo mueren, por lo menos aquí que tengan un poquito de comida y agua. Que no mueran como perros. Ya he enterrado a varios.

-¿No se ha cansado de hacerlo?

-Mire, en estos cuidados yo pienso que lo voy a seguir haciendo hasta el día que muera; pero ellos se van conmigo, porque nadie, nadie va a hacerse cargo de estos perros. El día que yo me muera, que a ellos los duerman. Si me muero y se quedan, cualquiera va a venir a pegarles y a dales veneno para hacerlos sufrir. Ahora, dicen que yo me vivo de los perros, pero si fuera así… mire, mire, hasta mis calzones están rotos, si viviera de los perros no estaría así.

Los perros sobreviven de milagro.  FOTO:  Jesús Santiago 

El albergue Ladrido Callejero, actualmente cuenta con 90 casas para perros construidas por distintas organizaciones como Auxilio al Perro Amigo (APA) Oax, entre otras. El espacio está dividido en 9 secciones para separar a aquellos que son más agresivos, de los más indefensos. El objetivo del lugar es dar un espacio temporal a los perros, en tanto son adoptados. Hasta el momento se ha logrado colocar a 30 perros, algunos de los cuales fueron devueltos.

Sociedad de consumo

La problemática de los perros en condición de calle, explica Carlos González, voluntario en el lugar, tiene su origen en las personas mismas. “No hemos sido capaces de ser responsables. Hay cientos de historias: te gusta un perro en la calle, lo llevas a casa, cuando te das cuenta ya creció y lo devuelves a la calle porque ya se pasó el gusto. Vivimos en una sociedad de consumo, entonces cuando viene algo nuevo o mejor, preferimos lanzar y comprar”.

Se calcula que por cada persona, hay cinco perros en condición de calle en la capital del estado.

Hilda Toledo, presidenta de APA Oax, agrega que los albergues para perros no es la solución al problema; al contrario, fomenta la irresponsabilidad ciudadana. Una de las medidas más viables, apuntó, es la castración y esterilización, pero sobre todo la conciencia sobre el cuidado y respeto a los animales.