Etnocidio: educar sin lenguas originarias

Emilio Morales PachecoEmilio Morales Pacheco

La utopía de un maestro bilingüe: lograr que las lenguas originarias sean vistas como objeto de estudio y enseñanza.

Los nueve años que Alejandro Luis Gómez asistió a la escuela primaria y secundaria lo hizo sin hablar español, lo único que dominaba era el zapoteco del Valle, pero nadie le enseñó a entender y escribir su lengua. Ser monolingüe no le impidió convertirse en profesor rural en 1979, antes de los 17 años.

“No sabía nada de pedagogía”, pero verse a cargo de la precaria aula multigrado, edificada con adobe y teja en la ranchería Las Flores, del municipio de San Dionisio Ocotepec, en el distrito de Tlacolula, bastó para que sus primeros alumnos le dijeran "maestro".

Los seis meses de preparación como promotor cultural bilingüe lo obligaron a aprender a expresarse en español, sin la guía de persona alguna.

A quienes educaría también hablaban el zapoteco; sin embargo, el proceso de enseñanza fue siempre en español, una política que ahora comprende como el exterminio de las lenguas originarias.

Cómplice de un exterminio

“En esa época era la política en el país de contratar a los hablantes de lenguas, pero en los hechos fuimos cómplices para acabar con nuestras lenguas”, dice orgulloso de su piel morena que cubre con un pantalón y camisa de manta blanca, atuendo característico de los hombres del Valle de Oaxaca.

“Entendía qué decían mis profesores, pero no podía interactuar con ellos”, relata y de inmediato recuerda a su profesor de quinto y sexto grados, Noé Heracilio Gutiérrez, quien le despertó el deseo de ser profesor tras recibir clases en la escuela primaria de San Pedro Güila, agencia de Santiago Matatlán, en donde Alejandro nació.

El dinamismo y la alegría que el profesor Noé imprimía a sus clases hizo que Alejandro se planteara la disyuntiva de educar a otros: “Si el que está frente a mi puede, yo también".

Con el máximo grado de estudios posible, al terminar la secundaria respondió a la convocatoria del departamento de Educación Indígena en Oaxaca. La primera fase de la inducción a la docencia le fue fácil, todo era teoría.

Lograr calificaciones perfectas llevó a que sus compañeros creyeran que Alejandro sólo copiaba. El problema para él fue la fase práctica, debía exponer y, a sus 16 años, no podía hablar el español.

“Me dieron ganas de llorar, pensaban que copiaba”, recuerda a 40 años de distancia, tiempo en el que aprendió a hablar español, obtuvo título de profesor de educación primaria, una licenciatura trunca, el título de otro y un postgrado.

Aprender la estructura de su lengua

En 1985 ingresó a la licenciatura por el sistema abierto de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) para estudiar antropología social, carrera que en 1989 abandonó al obtener una beca e ingresar al sistema escolarizado de la Universidad Pedagógica Nacional Unidad Ajusco y graduarse tras estudiar la licenciatura en educación indígena.

Vino después la maestría en lingüística indoamericana por el Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) de la Ciudad de México.

Esa formación le forjó el lado crítico y le permitió terminar de entender las carencias en la formación de docentes bilingües que impiden a los 2 millones de infantes hablantes de una de las 68 lenguas originarias del país que tengan acceso a una educación intercultural real.

Una voz crítica

Es tajante cuando expresa la realidad de la educación mexicana, occidentalizada y carente de la riqueza de 16 lenguas originarias que sobreviven en Oaxaca: “A las lenguas originarias nunca se les ha puesto atención”.

Desde el 2000, con el nacimiento de la Escuela Normal Bilingüe Intercultural de Oaxaca (ENBIO) que se erigió años después en San Francisco Tlacochahuaya, con el apoyo del artista plástico Francisco Toledo, Alejandro Luis se convirtió en uno de los cuatro profesores lingüistas hablante de una lengua.

Hablar una lengua no es garantía de un proceso de enseñanza bilingüe, el primer impedimento para lograrlo es el desconocimiento de cómo se estructura.

Y reflexiona: “Hay jóvenes que dan sus clases en sus lenguas originarias, pero no conocemos sus sonidos. ¿Cómo van a enseñar si no tienen la formación, si no son capaces de cumplir con la exigencia de escribir la lengua de los niños y leer en ésta?”