Colectivo Cuenteros| El aprendiz

Los dos hombres entraron al café. El más viejo vestía una túnica naranja y sandalias; el otro, pantalones, saco y corbata. El lugar era un sitio solitario para la hora en que bullía el centro de Madrid.

–Le agradezco que aceptara encontrarnos, después de tantos años. Aunque fuimos muchos los que buscamos asilo después de la invasión, somos muy pocos los que aún seguimos con vida. Entiendo que vive y enseña aquí en el Centro Tíbet –dijo Hari.

–Su nombre me parece familiar, pero no logro recordarlo–dijo Tathagata –. Fue una época dura para muchos en el Tíbet. Por eso muchas familias, como la mía, enviaban a sus hijos como aprendices con los monjes. Efectivamente me he podido acostumbrar a mi condición de emigrante y en cierto modo a llevar una vida normal, aunque uno nunca olvida. El monasterio me dejó huellas muy hondas. ¿Sabe? Creo que el poder hablar de esos tiempos será bueno. Hay muchas cosas que recordar, aunque no todas son agradables.

–Es por eso que me interesó verte -contestó Hari-. Éramos unos niños en ese entonces. ¿Cómo fue que escapaste?

Tathagata se quedó pensativo.

–He revivido ese episodio y cada día me arrepiento. Aunque no sé si el sendero que yo ignoraba, estaba designado para mí.

–¿Qué dices? ¿Te arrepientes de haber escapado de tu destino?

–Uno no escapa de las formas supremas. Simplemente no las conoce y actúa llevado por la facilidad, comodidad o por miedo –aclaró Tathagata antes de continuar–. Pero si usted lo vivió también, sus recuerdos deben ser similares a los míos.

–Así es. Yo sí te recuerdo, sin embargo, no eres alguien importante en mi vida. Ya no. Dime, ahora sí, ¿cómo escapaste del campo de prisioneros?

–¿A qué se refiere? ¿Quién es usted? –Tathagata intentaba traer el nombre, la cara, algo que le hiciera recordar a este sujeto que lo había provocado a hablar del pasado y que ahora lo cuestionaba así.

–No importa quién soy. Lo primordial es quién eres tú y cómo fue que sobreviviste al ataque.

Tathagata miró a ese hombre de saco y corbata. ¿Realmente los unía la misma suerte? Obviamente, todo en el universo estaba interconectado; la idea de que existiera una separación entre una persona y otra, una cosa y otra, era precisamente la ilusión que había que superar. Pero su interlocutor hablaba de algo mucho más específico: de compartir la suerte de haber estado en el monasterio el día del ataque. Si era así, ayudaría a los dos repasar el asunto.

–La invasión era un hecho desde días o meses antes, no lo sé, pero a los aprendices no nos explicaban lo que estaba sucediendo. Los monjes se limitaban a seguir con sus tareas y nosotros igual. En fin –continuó Tathagata–, recuerdo que por la mañana, ese día, me había retrasado para llegar al salón. Me senté, comencé el canto del mantra mientras el tutor me observaba desde lejos. Me preocupaba ser castigado por llegar tarde. Fue cuando inició el asalto al templo. Los monjes corrían sin atinar hacia dónde. Aquello parecía un hormiguero que se inundaba. Me apresuré para ocultarme.

-¿Tenías miedo a la muerte? -preguntó Hari-. ¿Después de todo lo que te habían enseñado?

Sin saber qué decir, Tathagata siguió con su narración.

-Me escondí en un sótano donde se almacenaban tapetes y colchonetas viejas. La entrada del escondite era muy estrecha. Tuve que abrirme paso para poder entrar. No era capaz de pensar con claridad. Esperaba que pronto llegara la noche.

–Tuviste mucha suerte de encontrar un lugar dónde esconderte, ¿no crees? -dijo Heri, tomando un sorbo de su té-. Muchos no la tuvimos.

–¿Perdón?

–En mi caso, por ejemplo, yo te seguí por el pasillo hasta el sótano aquel. –Hari lo miró desafiante.

Tathagata intentó revivir en silencio el momento en que entraba al escondite. Después de minutos interminables, lo miró a los ojos.

–Estuviste ahí y no pude hacer nada por ti. Cerré la entrada sin saber quién estaba. Créeme.

Hari le pidió que continuara con un ademán.

-–Esa tarde me asomé por una rendija. El fuego consumía las casas; se levantaban cortinas de humo formando remolinos grises. El templo ardía en llamas: naranja, rojo, chispas amarillas que flotaban en el cielo. Quería tener valor, pero el miedo me hizo quedarme en la seguridad de mi escondite. ¿Sabes? Vi cómo es la muerte. No la conocía; no así. Los cuerpos amontonados de mis compañeros me hicieron verla de una forma más cruel. Vi cómo se llevaron amarrados a los niños.Yo estaba en un lugar seguro y ellos eran aventados hacia no sé dónde, pero yo era sólo un niño también...

–Yo también, y estaba entre ellos. Era uno de ellos. Me llevaron al campo donde nos concentraron: monjes, aprendices, tutores. Todos sufrimos maltratos, violaciones. Especialmente los niños como yo, que teníamos que ser adoctrinados en la nueva ideología. Quemaron nuestras túnicas junto con las escrituras sagradas. La religión es veneno que nubla la razón, decían, y que impide la aceptación del nuevo régimen. Pero, dime, ¿sabes el significado de tu nombre?

–Esa noche tuve un sueño donde mi corazón era una flor de loto que se abría en formas simétricas, blanca con pétalos de seda. Después se volvió un corazón sangrante que llenó mi pecho con borbotones de sangre púrpura. Junto a mí estaba la diosa Kali. Ella me tomó de la mano y me llamó por mi nombre: Tathagata. Sé muy bien el significado de mi nombre.

––La importancia de llamarte así no es cualquier cosa. Eres tú el que conoce las cosas como son, el mundo entero sabrá de tí cuando el fuego te haga renacer. Tu cuerpo deberá arder para hablar por tu pueblo. ¿Estás consciente de que tu destino estaba trazado y que ese sueño era la pauta para seguirlo? No obstante, ahora vives aquí. ¿Cuál piensas que debería ser tu forma de redención?

Tathagata no entendía qué quería decir Hari con “redención”. En el budismo, la única redención era de la ignorancia que producía el sufrimiento. Y él nunca había dejado de sufrir.

–Si me cuestiona, sólo logré salir del Tíbet gracias a favores que hacía entre los soldados. Un aprendiz budista sirviendo a aquellos que nos arrebataron todo, cumpliendo sus más bajos impulsos. No es algo de lo que esté orgulloso –continuó al tiempo que inclinaba la cabeza y se cubría la cara con las manos.

–Sin embargo, sigues vivo.

–No entiendes; cada día intento despertar de ese sueño recurrente, pero vuelve a mí. Siento las llamas en mi cuerpo, me sofoco entre vapores de gasolina y humos negros que hacen que mi piel se desprenda hecha girones y que me nublan la visión. Lo que hice, o no hice, se verá en los planos superiores.

–Muchos tendremos que pagar por lo que vivimos en el monasterio, sólo que algunos lo pagamos antes o de diferentes formas –aseveró Hari–. En nuestro país, algunos monjes se han prendido fuego frente a los ojos incrédulos de la gente. Una forma de protesta pacífica. Aunque estoy seguro de que ya lo sabías.

Hari clavó su mirada intensa en Tathagata, quien, con los hombros encorvados, asintió.

–¿Qué quieres de mí?

–Tú eras para muchos el ejemplo de aprendiz: disciplinado, atento a los designios de las escrituras, amable con los más jóvenes que apenas iniciábamos la instrucción en el monasterio. Eras lo más cercano a un tutor. Para un niño recién entregado por sus padres, temeroso, ignorante de las reglas, tú eras lo más parecido a un hermano mayor. Pero me abandonaste por salvarte.

Tathagata permaneció en silencio, reflexionando. Por unos minutos, consideró inmolarse, como lo había instruido Kali en su sueño, como lo habían hecho tantos. Cuando regresó en sí, Hari se había ido. Tathagata salió al calor de la tarde, acomodando su túnica. “La visión, el pensamiento y el impulso son actos con los que el hombre fluye en su andar por el mundo”, pensó, repasando en voz alta los manifiestos en las escrituras con los que iniciaría su lección en el Centro Tíbet.

CONTACTO

Correo: [email protected]

Facebook/Medium: Colectivo Cuenteros

Twitter: @CCuenteros