Oaxaca, ahogada en la inseguridad

Giovanna MartínezGiovanna Martínez

Dos sospechosos rondan el Barrio de La Noria, a la caza de botín

Laurita llegó corriendo, como siempre, a todos los llamados de auxilio. Ya llevaba en las manos varios taquetes para improvisar como plomera y sellar las fugas de agua. Los delincuentes habían madrugado. Además de un robo a una casa habitación y de una batería, también se llevaron el cobre de tres medidores de agua. Con el cuarto medidor ya no pudieron, pues justo en ese momento el ratero fue sorprendido con las manos en la masa.

Ola de robos

Robados los medidores, las fugas de agua eran escandalosas como el hecho mismo. “No es posible que no podamos vivir tranquilos”, protestó Laura, presidenta del Comité de Vida Vecinal (Comvive) del Barrio La Noria, quien desde hace varios meses hace labores de vigilancia.

La semana había iniciado abruptamente en el barrio. Apenas eran las cinco de la mañana cuando unos ruidos en el 715 de Vega, alertaron a los vecinos. Apenas asomó la cabeza para verificar qué sucedía, cuando el malhechor brincó la barda para huir con parte del botín.

Minutos más tarde, sobre la calle La Noria, otro “amante de lo ajeno” había desprendido tres centímetros de tubo de cobre del medidor de agua. El chorro pronto hizo un arroyuelo empatado con otro más, a unos cien metros donde otro medidor había sido arrancado completamente.

Ni bien habían pasado 15 minutos y se sumaron otras dos fugas, una en la calle de Vega entre la segunda de La Noria y Xicoténcatl, además de Vega 201, en donde el ratero solo logró aflojar el tubo y salió disparado con lo que ya había conseguido robar.

Sólo dejaron la sombra, en el robo de medidores. FOTO: Giovanna Martínez

Organización vecinal

Los robos se convirtieron en una constante en la zona, a pesar de la organización vecinal con la que han logrado detener, someter y entregar a las autoridades a varios rateros.

Laura acomoda la punta de su gorra camuflajeada con la que se cubre del sol para realizar sus rondines. Su rostro se torna enfadado y su voz se endurece. “Diario son un robo, dos o tres al día; si no son baterías, son a casa habitación, a medidores o transeúntes...”

Una mujer que está escuchando las quejas, se acerca e interviene. “Señorita, estaba escuchando y eso que dice es verdad, todo el tiempo hay asaltos. Adelantito de mi casa robaron y luego a otra vecina. La inseguridad es tanta de día como de noche, que ya no tenemos tranquilidad”.

Para poderse defender en caso de que así lo requiera, ella lleva en su bolsa un candado. Con las dos manos toma las asas desde la base y las sube hacia su hombro, como preparando el golpe de demostración. “Aunque sea le doy un bolsazo”, dice y luego repara, “aunque ya ni sabemos si nos va a salir peor defendernos, que dejar que nos asalten, porque eso sí, serán muy rateros, pero les respetan más sus derechos que a los ciudadanos”.

Para evitar el robo de medidores, no hay más alternativas que enrejar. fOTO: Giovanna Martínez

Calles sin vigilancia

Aún cuando el Barrio de La Noria está ubicado en pleno corazón de la ciudad, las calles carecen de vigilancia constante. Al oscurecer, algunas, como Vega, prácticamente se vuelven una cueva de lobos, sin luz, sin vigilancia. En la noche, el silencio es lamento. Son pisadas huyendo del peligro y ocasionalmente el silbido de un silbato pidiendo auxilio.

“No hay ni un alma por acá”, expresa “Daniela”, quien también ya ha sido víctima de los delincuentes, quienes cada vez tienen métodos más elaborados para asegurar el robo.

En una de aquellas ocasiones -recuerda con risas, pues a estas alturas ni llorar es bueno-, para poder robarse un autoestéreo, el ratero amarró la reja de la puerta hacia el medidor de agua, para así entorpecer la reacción de los dueños del carro, al sonar la alarma.

“Cuando sonó la alarma, que sale mi hermano; cuando él quiso jalar la puerta, ya estaba cerrada. Si la jalaba más fuerte para zafarla, el medidor se hubiera desprendido. El mecate estaba bien amarrado. Cuando ya logró salir, ya no pudo hacer nada, le había robado todo”.

La mujer tiene un negocio sobre una de las calles más conflictivas, su única arma es el valor que tiene; aún así, no se ha salvado de ser intimidada y amenazada por los rateros que pasean por las calles como turistas en museo, observando cada detalle.

Laurita reanuda su recorrido de vigilancia. Sus ojos son felinos para ubicar una situación de riesgo. “Mira, ahí está uno de esos malillas”, afirma sin temor a equivocarse. El hombre tiene la vista de espía, se detiene en la esquina para analizar el terreno. “Y mira, no viene solo”, agrega. Otro hombre con aspecto de malhechor se le empareja y juntos comienzan echando una mirada al interior de un vehículo. Siguen de frente sobre el arroyo vehicular para tener una mejor visión de las casas, ubicar cámaras, ventanas o balcones que les faciliten su delito.