Un día después del desalojo, nada es calma

Las primeras palabras que exclamó fue -feliz día de las madres. Quizá fue una manera cortés de dar la bienvenida a su nuevo hogar: la calle.

La señora de expresión humilde, quién segundos antes había salido de entre unas colchas tendidas sobre las tribunas de una cancha de fútbol se dirigió a una joven con esas palabras que motivan a cualquier madre a continuar en la lucha diaria  por sus hijos.

-No señora, aún no tengo hijos- respondió la joven quien acudió hasta ese lugar, a la orilla de la reserva del Cañón del Sumidero donde un día antes un grupo de elementos policiacos y personal de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente llegó a desalojar  a un grupo de invasores.

Se llama Florinda,  es viuda y junto con sus siete hijos desde el día del desalojo duermen debajo de esas  escaleras metálicas, hacinados y con la desesperanza de no tener un hogar donde hacer familia.

Alrededor de la tribuna, Florinda colocó todas sus pertenencias que consiste en no más de diez trastos, una colchas y un pilón de madera vieja.  La cancha con pasto sintético, se ubica justo en los límites de la poligonal del Cañón del Sumidero, fue inaugurada en 2016 por el gobernador en turno, Manuel Velasco Coello.

En su ojos se le puede notar la desesperación, no por ella sino por su hija de 22 años quien padece  diabetes desde pequeña.  La salud de su niña, como ella le dice, ha  menguado desde hace dos años, ahora no puede ver; los efectos de esa enfermedad crónica degenerativa le ha ido apagando poco a poco la vista y la movilidad de su cuerpo. 

Para que la niña  pudiera dormir tranquila, si es que esa expresión cabe en estos momentos de angustia, Florina le preparó exclusivamente  uno de los tablones que sirven de banca  de esa tribuna como su recámara. Durante la charla, la niña, permaneció inmóvil, solamente gesticulaba algunos movimientos con la boca, por el arroz que vecinos le llevaron para que desayunara.

En medio de los pilones de madera y lonas hay una raída silla de ruedas, que el DIF les otorgó hace unos años.

-Nosotros  (refiriéndose a ella y a sus hijos)  entramos hace un año. Sabíamos que estábamos en una parte de la reserva pero tuvimos que hacerlo porque no teníamos donde  vivir.  Con mi hija enferma realmente no nos ajusta el dinero para comprar una buena casa, mis hijos trabajan pero no nos ajusta, todo se va en medicamento.

A un costado de los rimeros de madera y trastos, tres piedras fueron colocadas a manera de un improvisado fogón, donde Florinda hizo una fogata para preparar el café y el desayuno.

Florinda se lleva la mano a la cabeza y se interroga a dónde irá a parar sin hogar. Ya no regresará a la casa de su hermana donde vivía, igual hacinados, antes de llegar a esa invasión. Ahí ya no le quieren dar espacio.

-Si las autoridades nos ayudarán para que pudieramos tener una casita digna, donde sea, sería muy feliz, quiero que mi niña tenga donde vivir tranquila, porque cada dia se me enferma más.

Mientras plática la situación que ha pasado en los últimos dos días, sus hijos se apuran a recoger las lonas y los pocos madera  que quedaron un día antes, durante el desalojo en esa reserva. 

En el sitio donde se ubicaba la casa de Florinda solamente quedan regados objetos personales de ella y sus hijos. Un gran oso de peluche polvoriento forma parte de la escena del desalojo.  En esa área de unos 20 hectáreas  se aprecia más  espacios como ese, en los que quedaron olvidadas camas, roperos, sillones viejos, bolsas de plástico, juguetes y otras pertenencias.

Al igual que Florinda, unas  cinco familias padecen la misma situación, no tienen a dónde ir.  Ese lugar era  único patrimonio que tenían sabiendo que se encontraban en un lugar que pertenecía al parque Cañón del Sumidero.  Piden el apoyo gubernamental para tener donde vivir, ellos están dispuestos a pagar el espacio que les otorguen.

Aseguran  que la mayoría de los desalojados que lograron  sacar sus pertenencias a otro sitio, tenían casas en otro lugar. En cambio ellos no tienen a dónde ir, por lo que  optaron por amontonar sus pertenencias a las orillas de la poligonal de esa área natural protegida  y dormir  a la intemperie.

Ellos pueden pasar la noche así, aseguran, pero les causa desesperanza ver a la niña de Florinda pasar la noche y el resto del día sobre esa dura plancha de metal.

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