Colectivo Cuenteros| Una pareja y un libro de Eduardo Krüger

Daniel SaludDaniel Salud

(Dedicado a Eduardo Krüger, al foro LEA y a sus maestros:
Fernando Hidalgo y Belén Garrido)

Después de activarse la alarma por un aumento de partículas contaminantes en el aire, el señor H35 le ordena a la casa purificar el ambiente y se dirige al estudio. Atraviesa la sala, donde la señora M35 y los dos niños asisten a un concierto de cuerdas alrededor de la interfaz. En el breve intercambio de miradas entre él y ella, resurge la tensión de los últimos días.

Arrellanado en el sillón de fibroína del estudio, H35 se coloca sobre los ojos el productor de cine. El libro que hoy convertirá en película ha perdurado en su formato de papel durante generaciones entre las reliquias familiares. Autoriza al aparato acceder a su memoria y obtener imágenes y sonidos personales; la portada adquiere vida. Mira las olas en color sepia lamer los pies del hombre que sostiene en brazos a un niño. Arriba, entre otras leyendas, sobresale convertido en título un período de más de cien años atrás: 2010-2012.

En la decodificación de “Aguachento”, el primer relato de 2010-2012 que narra del hastío en una pareja, las imágenes no avanzan después del trazo inicial. El test de errores indica que el usuario rechaza un vínculo personal con la historia, lo que en consecuencia aparenta una falla técnica.

Se retira el productor y observa el libro estropeado por el tiempo. Lee la solapa: "Eduardo Krüger: nacido en 1950 en Río Tercero, Córdoba, y criado en Rosario Santa Fe…"

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H35 se tiende sobre el aire espeso que aún comparte con M35 y se queja con ella del productor de cine.

—Últimamente cometes errores que no aceptas —le responde ella quitándose una pulsera—. Bien sabes que el dispositivo requiere de concentración. Como en todo, si tu mente no está, tu cuerpo sobra.

Sabe que M35 pretende volver a la contienda de los últimos días aunque ahora encuentra, en lugar del tono irascible, uno de aparente indiferencia. Se pregunta si ella todavía duerme a su lado porque considera, como él, que podrá superar lo ocurrido, o sólo no le importa dónde esperar a que él acepte cargar con el peso de una decisión.

—No había ocurrido —insiste.

—Leer es una técnica que dominas. Al final, el proceso y el resultado son similares.

—¡Leer! ¿Como mis abuelos? No, eso no —dice en el intento de provocar una sonrisa que no aparece.

—Haz lo que quieras, entonces.

Ilustración: Daniel Salud

La mira acostarse a su lado y darle la espalda. Su cabello ondea lento. A través de la tela, las curvas del cuerpo le provocan un deseo contenido.

Tal vez en las próximas vacaciones la playa contribuya al diálogo: la técnica que ya ninguno de los dos parece dominar.

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En el jardín, bajo la sombrilla receptora de energía, H35 interrumpe la decodificación del libro para aceptar una conferencia con su madre. La casa emite la imagen y el audio, desde uno de los cristales de luz que sobresalen entre la grava al pie de los pinos. Los niños ruedan por el pasto abrazados a una pantera.

—¿Y ese gesto? —pregunta él.

—Me pone nerviosa verlos jugar con un animal salvaje.

—Ma, tú sabes que está como a mil kilómetros. Los que deben estar preocupados son los niños que están jugando con ella ahí —le guiña.

—Lo sé, pero parece tan real. Jugué con tecnología menos complicada.

—¿Tiempos pasados fueron mejores?

El viento difumina la imagen un breve instante. Su padre se asoma y le dice con marcada ironía:

—Dínoslo tú, que elegiste también formar una familia convencional. Y conste que te advertí que no era fácil.

H35 malogra una nueva sonrisa.

—¿Vendrán a cenar con nosotros la noche de fin de año?

—Si M35 promete pronunciar más de dos palabras… —dice su padre y se despide a prisa.

—Ayer le detectaron cáncer —dice ella—. Si fuese cuidadoso no habría sucedido.

—Tranquila, mamá, sólo es cáncer.

Ilustración: Daniel Salud

Al terminar la conversación, H35 toma el libro, lo hojea y decide leer. El lenguaje, la gramática y la semántica no son un problema. En realidad, piensa, el hombre de esta época no debería enfrentar problemas anacrónicos, como lo es que un fracasado y descubierto intento de infidelidad pueda destruir una relación del mismo modo que un virus lo hace con un organismo vivo.

En las páginas centrales de 2010-2012 se adentra, a través de “Desrecuerdos”, en la historia de una pareja y la caducidad de los sentimientos en su estado puro. No puede ya negar que elude el final de cuanto lo unió a M35. La lectura lo obliga a aceptar que no importa quién cargue con el peso de la decisión: ésta será la última que compartan por el resto de su existencia.

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H35 mira al cielo desde el ventanal; más allá de las luces del tráfico aéreo, llueven estrellas. En el reflejo del cristal, atisba el ir y venir de M35 por la habitación.

—Ven a ver esto —le dice.

Ella no responde; él avanza hasta unos centímetros de su espalda.

—Iré a dormir a otra habitación —dice ella e intenta alejarse. Pero la detiene con suavidad.

—No. Yo me voy. —Ella asiente—. Me refiero a irme de la casa —repone, y ella lo mira por fin a los ojos a través del espejo—. No tiene sentido seguir. Sólo esperemos a darle un último buen recuerdo de fin de año a los niños.

Ella baja la mirada y asiente una vez más.

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—Hubiera querido ver el pueblo cubierto por el agua en el productor —dice uno de los niños cuando H35 finaliza la lectura de “Bajo dos cielos”, del libro de Eduardo Krüger.

El abuelo les cuenta que en el pasado, un libro se convertía en película sólo a través de una gran industria.

—No confío en esos productores —dice la abuela—. Permitirle entrar a nuestro cerebro es arriesgarnos a que tome información que no debe y la envíe a quién sabe dónde. Además, el cine de autor sigue siendo maravilloso, ¿o qué opinan ustedes?

—Opino que en el pasado era maravilloso no pagar por respirar —replica M35.

—No tenían nuestras comodidades —dice la abuela—. A propósito, ¿cuáles son los planes para el viaje a la playa?

Pero M35 rechaza el cambio de tema.

—No habrían tenido tantas comodidades, pero mentir resultaba menos complejo. Cualquier hombre podía ser un cínico perfecto.

H35 no cae en la provocación; le parece ya a destiempo. Además, ignora cómo discutir o dar explicaciones por algo que no pasó y que sin embargo buscó que sucediera.

—Mis padres están muy raros desde que papá comenzó a leer un libro.

—Entre dos humanos, nada se pone raro de un día para otro —replica el abuelo a su nieto en un intento de susurro.

Salen al patio a observar los fuegos artificiales que, estallando, producen música.

—Abuelo, ¿por qué festejamos este día?

H35 lo escucha responder:

—Por la esperanza del reinicio, sobre todo tras un mal balance.

Ilustración: Daniel Salud

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El lente que realiza la lectura de iris se repliega hacia la pared. Han firmado así el acuerdo de separación. Los niños, que hoy están con los abuelos, se quedarán con ella y él los verá periódicamente. Otro anacronismo.

—Así sin más —murmura M35.

Él intenta hablar, pero ella lo interrumpe.

—Las palabras no son más que sonidos —sonríe—. Lo único que importa es lo que en verdad pensamos y nos lleva a actuar. Por cierto, no olvides ordenarle a la casa eliminar el reconocimiento de tu voz.

Oye los pasos de ella alejarse. Afuera, lo espera el transporte que lo mudará de sector.

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Al observar las nubes artificiales y el espacio abierto de la ciudad, H35 se pregunta cómo será el escenario de la historia de un hombre como él en cien años y en qué formato se contará. Recuerda el comentario de su madre acerca del productor de cine, así como de aquella teoría que asegura que la raza humana ha sido encapsulada e inducida a un sueño fantástico mientras viaja dentro de una nave que explora nuevos mundos tras haber destruido la tierra. Suspira, se pregunta si debió intentarlo una vez más antes del adiós, y piensa que la humanidad tiene un nulo avance en los asuntos que de verdad importan.

Mira a lo lejos una proyección en la que gente diversa presume comodidad en sus vidas e intuye al hombre de cualquier tiempo como un personaje de Eduardo Krüger -cuyo libro sostiene con ambas manos- ajeno a las posibles variables de su destino y en sus errores, atascado en una escena en cámara lenta, sin audio, detenida en algún punto y obligada a reiniciarse en infinito.

Mira el libro y se pregunta cuántas veces, cuántos seres, han repetido las palabras del autor, y cuántos se hallaron ahí retratados. Lo hojea, se detiene en “Desrecuerdos” y lee:

“No tengo mucho que decir sobre los finales. Salvo que uno puede entrever los escritos de antemano bajo el entusiasmo inicial de todo principio”.

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