Trabajadoras del hogar, derechos negados

Emilio Morales PachecoEmilio Morales Pacheco

Siete tostadas por diez pesos, el único ingreso de Ángela.

Los 23 años que Angela López Velasco dedicó a emplearse como trabajadora del hogar sólo le dejaron cansancio. Como las 2.4 millones de personas que en México se dedican a esta actividad careció de la mayoría de prestaciones sociales.

El programa piloto que desde el 1 de abril lleva a cabo el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) llegó tarde para ella, ahora carece de trabajo porque nadie acepta emplearla.

Por su edad, la niegan empleo

Hace dos años, a sus 53 años de edad, los empleadores que nunca le ofrecieron seguro social o afore, la jubilaron de manera anticipada, pero sin ningún pago.

“Me dejaron de dar trabajo”, recuerda con tristeza mientras deja caer un círculo de masa sobre el comal.

Angela conoce los tiempos de la lumbre y habla sin preocupación, su vista está apartada del fogón, el pómulo izquierdo le tiembla y todas sus preocupaciones se hacen llanto.

“Por mi edad ya no me dan trabajo, vender siete tostadas por diez pesos es mi única posibilidad, lo que ganan mis hijos no alcanza, más con uno -el de enmedio- enfermo”.

Sus palabras tienen esa mezcla de tristeza y desesperanza. El hijo mayor de 30 años formó su propia familia y no puede ayudarle. Leobardo, de 20 años, tiene problemas de riñón y Samuel, de 17 años, gana muy poco como ayudante de albañil.

“En cuanto terminó la secundaria el más pequeño se fue de chalán de albañil, ya no pudo seguir estudiando”, dice con la culpa a cuestas de no poderles ofrecer un mejor panorama que ni ella misma posee.

Trabajar sin derechos

Su historia fue dura desde el principio. Como sus otros 12 hermanos que nacieron en San Pedro El Alto no asistió a la escuela, lo hizo hasta que sus tres hijos crecieron y hace apenas cinco años terminó la secundaria abierta.

Llegó hace 23 años a vivir a la agencia de San Martín Mexicapam cuando se juntó con Leobardo, quien siete años después la abandonó sin asumir ninguna responsabilidad familiar.

El trabajo doméstico fue su única opción. Cuatro días a las semana trabajó en dos casas diferentes “de entrada por salida”, hasta que el envejecimiento le impidió que la aceptaran más días.

“Yo se trabajar de todo, si me dan el hacha o el machete, trabajo el campo, pero nadie me da trabajo, me dicen que tengo más de 40 años” y esa es razón suficiente para que no le otorguen trabajo, ni siquiera sin prestaciones.

Para Angela pensar en el Día del Trabajo la entristece. Conseguir jubilarse o cobrar una pensión es un derecho negado.

“Si me enfermo me curo con plantas, no compro medicina”, dice una mujer que tiene la seguridad que de trabajar en alguna empresa cambiaría su situación: “tendría empleo y a la vez dinero”, pero ahora no tiene ninguna de las dos cosas.