Colectivo Cuenteros| Rituales aromáticos de amor y expiación

—Al nombre infinito de Dios pido bendecir este ritual... —Farisa encendió copal y una vela de cera negra—. Que desde su omnipotencia fue testigo de tu injuria… —Formó un círculo de sal y colocó pétalos de rosas—. Por la mentira que encauzaste para llevarme a ti… —Encima, puso la foto de Victorino, el aprendiz del contratista que solía besarse con ella en la parte trasera de la casa—. Que tu boca exhale la culpa y clame redención por el daño causado…

La joven introdujo un dedo en su entrepierna e impregnó la humedad de su sexo en la foto.

—Te deseo una vida atrapado en el remordimiento y la soledad... —Se quitó la cadena que adornaba su cuello y la puso alrededor de la foto. Dejó caer una hierba seca seguido de un cerillo prendido—. Te advertí que no jugaras conmigo.

De repente, la habitación se oscureció. Sólo quedó la breve luz del fuego que consumía la foto.

-Esto es una señal —dijo Farisa—. Va a funcionar.

—Claro que va a funcionar —dijo Hilaria, que iluminaba sus pasos con una vela—. Cuando lo agarre a bastonazos por no arreglar el interruptor.

Observó los restos del ritual.

—¿Qué estás haciendo con el orégano? —exigió, colocando la hierba en la nariz de la joven.

—¿No es la hierba que usas para el dolor de tus reumas?

—Chamaca mensa, tú y tu inútil nariz. ¡Tira esto! Si no, también te agarro a bastonazos.

A sus quince años, Farisa creía tener poderes esotéricos. Vivía con su madrina Hilaria en una casa que, a la entrada, tenía este cartel: “Curas para el susto. Limpias contra el mal de ojo. ¡Solo aquí! La auténtica loción que atrae el dinero a su vida. Descubra su futuro con la lectura del tarot”.

El cuarto principal de la casa tenía dos sillones cubiertos de plástico y un altar que recibía la luz que atravesaba la ventana. Las paredes estaban repletas de huesos de animales y ramas secas. Aunque destacaba un crucifijo entre las imágenes de santos y vírgenes, la figura que más admiraban los clientes era una efigie de la muerte que, enfundada en terciopelo rojo, sostenía un libro. Incluso, afirmaban que esa extraña figura era la que dotaba de poder de adivinación a Hilaria, quien en ese momento emitía sonidos guturales, con las manos temblantes y los ojos entreabiertos. Abrió en la mesa un pañuelo y, junto, colocó una veladora.

—Santísima dama, permíteme ser el instrumento para manifestar tu poder.

La anciana, enfrente de ella, la observó extender los brazos y levantó la cabeza. Permaneció en esa posición largo rato. La anciana empezaba a marearse por el calor cuando Hilaria salió de su trance y derramó la veladora. Sobre el paño quedó trazada una figura de cera.

—Doña Ofelia —dijo Hilaria—, su hijo es la aflicción en su alma. —La mujer asintió sorprendida—. Así como la cera dibujó su camino, su hijo está buscando el suyo. Mire esto. ¡Véalo! —gritó.

—Sí… lo veo —respondió la mujer, sobresaltada.

—Esta maraña de tela y cera son obstáculos. —Hilaria puso los ojos en blanco—. La carta que su hijo mandó se perdió en el correo. Él cree que sí la recibió.

—¡Dios mío! —exclamó la mujer—. ¿Qué hago ahora?

—Ponga un milagrito de ojo bajo su almohada, para que su hijo pueda ver la verdad. Tendrá más efecto si prende la veladora del hijo errante… que debo tener por acá —dijo Hilaria mientras hurgaba en sus estantes— ¡Farisa, tráete una veladora de ArrasaMales!

—¿No dijo la del judío errante? —preguntó la anciana.

—Sirven para lo mismo, no se preocupe.

Farisa se escondía tras un muro falso del pasillo que conectaba la sala con el cuarto de trabajo de Hilaria. Las sesiones de clarividencia únicamente eran los martes y los viernes de una a tres de la tarde, así que la sala de espera se llenaba de gente que, naturalmente, compartía sus problemas o el motivo que los llevaba ahí. Farisa los anotaba y pasaba los recados a Hilaria través de una rendija.

“Doña Ofelia dice que su hijo le aflige el alma”.

Farisa se sentía a gusto entre rituales, hierbas de lavanda y el incienso de romero. Quería aprender lo que Hilaria sabía y sobre todo, cómo le salvó la vida cuando tenía cinco años.

—“¡Comadre!” llegó gritando tu mamá. “¡Ayúdeme! Mi chamaca está muy mal”. —Farisa rió; nunca se cansaba de esa historia—. Cuando te vi, dije: “Esta chamaca ya se petateó, pero hay que hacer la lucha”. Te hice una limpia con ruda y los calzones de Fulgencio.

—Y mi mamá, ¿qué hizo?

—Nada. Se quedó ahí sentadota en ese sillón... —señaló hacia la sala— … con su cara de asco. Nunca creyó en las limpias ni en el mal de ojo.

—¿Puedes ver en las cartas cuándo volverá? —preguntó Farisa.

—Si yo de verdad fuera adivina, ¿crees que no la habría buscado? —dijo Hilaria—. La ingrata no se esperó a ver si te curabas. Prefirió irse al baile con el chino.

—¿Con un chino?

—Así le decían. Era un chaparro de pelos ensortijados que, junto con tu mamá, ya nadie volvió a ver.

—Aquí tengo su cadena. Yo creo que sí regresará —dijo la joven.

—Chamaca, no te hagas falsas esperanzas. Esa mujer me pidió hierbas abortivas.

—Ay, no te creo.

—Cree lo que quieras. Lo que sí es que no le gustaba eso de ser una mujer de hogar. Lo suyo era la fiesta y los chinos.

Farisa tenía la esperanza de ver llegar a una mujer en busca de su hija, a la que dejó mientras la curaban de mal de ojo. Los años transcurrieron; aunque muchas personas pasaron por esa sala, ninguna era la que Farisa esperaba. A Hilaria, los años le calaron en los huesos y sus dolores reumáticos acrecentaron.

—Estoy pagando mis pecados, chamaca. El infierno lo padecemos en esta vida.

—¿Cuáles pecados? —preguntó Farisa, que frotaba sus manos con una mezcla de alcanfor, árnica y albahaca—. ¿La loción de tinta y pachuli que la gente pedía asegurando que atraía la fortuna? ¿O será tu karma por haber metido a tu cama a los maridos de la mitad del pueblo?

—¡Chamaca grosera! —dijo Hilaria—. Ellos venían por su voluntad: los clientes… y los maridos. Y mira que todos salían bien satisfechos. —Las mujeres rieron—. Pero tú sí saliste buena en eso de los amarres. ¿Te acuerdas del hechizo para atrapar al Victorino?

—¡Ay, madrina! Eso fue hace quince años y ni funcionó. El inútil terminó casado con Lulú —dijo mientras daba masaje en las piernas de la mujer.

—¿No te molesta el olor de la loción?

—Al contrario, me gusta. —Aunque ella podía percibir levemente los aromas, necesitaba encender una gran cantidad de incienso y velas.

—Te dije que eso no es normal. Lo bueno es que tanto incienso prendido ha ahuyentado a la muerte. Pero cuando al fin me lleve, échame al panteón y vete a la chingada. —Farisa abrió los ojos—. Vende esta casa y vete a vivir a un lugar más bonito.

—¿Para qué? Me gusta estar aquí.

—¿La sigues esperando? Yo creo que hasta ya se murió.

La que murió fue Hilaria, meses después, y Farisa quedó a cargo del negocio. Al no estar ya la mujer en quien confiaban, los clientes eran cada vez más escasos. Un día, limpiando el muro falso, Farisa se dio cuenta de que necesitaba a una nueva espía, tal vez alguna ahijada de confianza. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos por unos pasos que entraban a la sala.

—Buenas tardes —dijo, emergiendo—. ¿En qué la puedo ayudar?

Una mujer estaba frente al altar, escudriñando con las manos la figura de la muerte. Su espalda encorvada la hacía verse más pequeña de lo que era.

—Vengo a buscar a mi comadre Hilaria —dijo, girando el rostro. Al escucharla, el pulso de Farisa incrementó.

—Ella… ella murió hace unos meses. ¿Comadre… dijo?

—Sí, era mi comadre de bautizo. ¡Ay! Cristo bendito la tenga en su gloria. ¿De qué murió?

—¿Madrina de bautizo de… su hija? —preguntó Farisa, cada vez más nerviosa.

—¿Cómo crees, muchacha? Yo ni hijos tengo.

El sol del atardecer iluminaba el caminar pausado de la mujer, que se marchó después de tomar un té de poleo. Farisa la observó hasta que se perdió en las calles. Cerró la puerta y apagó las luces, alumbró su camino con una veladora que tomó del altar. Al llegar al cuarto de trabajo, encendió varitas de incienso pasándolas sobre la flama. En un vaso puso un ramito de ruda que colocó en su nariz y aspiró fuerte, anhelando sentir. El aire se inundó de las esencias que para ella eran casi imperceptibles.

—Al solemne poder de la muerte pido ayuda para este ritual… —Farisa se quitó la cadena que llevaba en el cuello—.Que desde su omnipotencia fue testigo de tu abandono… —Colocó la cadena en la cera líquida de la veladora—.Que tu boca exhale redención por el daño causado…

Su rostro se colmó de perlas de sudor, los lóbulos de su nariz se abrían al ritmo acelerado de su respiración.

—Te perdono. Donde sea que estés, te deseo una vida libre de remordimiento y en soledad.

Salió apresurada de la casa, sobrecargada de los insoportables aromas. Afuera, levantó la mirada: una noche sin luna cubría el cielo. Recordó las incontables veces que gastó sus sueños y su dolor en una espera que no quería asimilar, que nunca tendría fin. Su respiración era agitada; sus manos estaban húmedas del sudor que se quitó de la frente. El aire de la noche llegaba a sus pulmones. Olía el polvo, el excremento de los perros, el carbón consumido por el fuego, la comida callejera.

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