Colectivo Cuenteros| Honores

Bajó, envuelto en su bata, a recoger el periódico frente a su casa. Se sentó en su sillón favorito de terciopelo verde y, reclinando el asiento, leyó los encabezados: La esperanza de México, El río más contaminado, Diez veces más oro sacado de las minas que durante la conquista, El tricolor empata contra Sudáfrica. Nueve hombres acribillados en bar del centro. Saltó a la sección de cultura para ver la cartelera del cine. Le recordaba a su esposa. Naty había muerto dos años antes en un accidente de automóvil. Un chofer de autobús se quedó dormido al volante y la sacó de la carretera. Siempre dejaba que ella escogiera la película. Bajo los horarios y títulos cinematográficos, había una sección en fondo amarillo con un poema:

El Vuelo

Esta bandera es un trapo con el que me limpio los mocos

un aguilucho peleando contra la serpiente en un nopal,

ahora es la serpiente que parece lanzarle mordidas al ave

sobre un pantano, verde, blanco y rojo.

El verde de la mota que crece en las tierras de mis campesinos.

El verde del dinero y la avaricia. La destrucción planetaria.

El rojo de la sangre derramada por el narco, de las cabezas mochadas

de los secuestros. De cuerpos tirados en terrenos baldíos, de comida para zopilotes.

El blanco de la coca que perfora las narices de los políticos que desean todo

porque no tienen nada. El blanco del color del privilegio.

Con ese trapo me limpio la mierda de los pies que hay en las calles.

Esa águila no sé qué hace ahí. Ya debería emprender el vuelo.

Ricardo López

Cerró el periódico y lo aventó a la mesa. Terminó su café de un trago y se fue a bañar. El agua caliente por un momento calmó sus pensamientos trepidantes y violentos. Pero regresaban con fuerza. ¿Cómo era posible que ese poeta pudiera escribir esas cosas en el periódico? Tenía que ser un error de edición y sobre todo era ilegal. Si a Thalía la habían multado por posar casi desnuda con la bandera, ¿cómo es que este mequetrefe artistucho podía darse esa libertad para ofender a nuestros símbolos patrios? ¿Y en pleno mes de la independencia? Sí, no está del todo bien nuestro país, pero nuestros símbolos son sagrados.

Le entró champú en los ojos. Se talló y el ardor aumentó hasta sacarle una lágrima. Salió de la regadera, vio su reflejo en el espejo y su piel parecía colgar más. Sentía haber envejecido en un instante. Tenía más vello en los hombros, en la nariz, en las orejas. Se acercó a verse el ojo enrojecido.

Manejó todo el camino pensando en el poema, hasta que llegó a un embotellamiento. Avanzó una cuadra y vio las banderas en un triciclo ambulante. De todos los tamaños. Hizo un gesto al hombre que atendía. El hombre se acercó al auto y Gustavo le preguntó por el precio de la más grande. Quinientos pesos. Le pagó y puso la bandera entre los asientos. Abarcaba la longitud del coche, desde la cajuela hasta la altura de su cara. Aleteó con la embestida del viento y le golpeó el ojo que le ardía. Cerró las ventanas. Con un ojo alcanzó a leer una etiqueta pegada a la tela: Made in China.

Llegó a la oficina con sus lentes de sol puestos y sosteniendo la bandera. Lo voltearon a ver desde los cubículos y les dijo: ¡Viva México! Nadie respondió. Colocó la bandera en una esquina de su oficina y pensó que le hacía falta un gabinete o algo más profesional en dónde colocarla. Había un periódico en su escritorio y recordó el poema. Buscó el teléfono del editor y nadie contestó. Llamó a Quejas y sugerencias y nada. Llamó a Ventas y le contestaron inmediatamente. Sí, señorita tengo una queja respecto a un poema… Le comunico con Quejas, un momento por favor… No, señorita. Comenzó a sonar la música de espera; no reconocía la tonada. Esperó quince minutos y colgó. Buscó la dirección del Diario La Voz y anotó en su bloc de notas. Arrancó el papel de un tirón, tomó el periódico y salió rumbo al edificio del periódico.

Contó la situación a la recepcionista y exigió hablar con el editor de cultura. Lo pasaron al departamento de Quejas. Atravesó un laberinto de cubículos y llegó a un escritorio resguardado por una mujer. Se acercó, abrió el periódico en donde estaba el poema y lo dejó caer frente a ella. La mujer alzó la vista y le dijo buenas tardes con una voz cálida como de una madre ofreciéndole chocolate caliente a su hijo. Ningún buenas tardes señorita, dijo, lea el poema. La señora se ajustó los lentes y leyó. Alzó la vista y le dijo: Uy, sí qué feo poema. La verdad, no sé cómo publicaron esto. Es de este Ricardo López, uno nuevo que se ve que es un marihuanote de primera.

-Sí -dijo Gustavo-, no es posible que esto esté circulando por ahí. Que lo vayan a leer los niños, ¿qué ejemplo estamos dando? Mi padre fue militar y casi da la vida por esa bandera.

-¿En una guerra?- preguntó la señora.

-No, no sé si sepa, pero nuestro país no ha estado en guerras, por lo menos en los últimos cien años. Mi padre casi muere al tratar de descolgar la bandera para lavarla. La bandera le salvó la vida. Logró sujetarse de la tela y cayó como niño héroe envuelto, con un brazo roto, pero vivió para contarla.

-¿Pero no será que la bandera lo puso en peligro?- preguntó la señora.

-No, no creo -dijo Gustavo-; mi padre era un patriota de verdad, ahora ya no hay respeto. ¿Dónde está ese disque poeta?

-Solo viene los miércoles para hacer su colaboración- contestó la señora.

-¿Y no puede usted quitar ese poema o correrlo?

La señora soltó una carcajada.

-Imagínese si pudiera correr a todos los que escriben algo que no me gusta… Ya no habría la mitad de gente aquí.

-Pues esto no es cuestión de gustos- dijo Gustavo-; es cuestión de valores y principios. Por lo menos una disculpa pública o una nota del editor.

-Lo siento, solo el autor puede hacer eso; venga el próximo miércoles y hable con él.

Gustavo tomó el periódico, lo dobló, dio un golpe sobre el escritorio y se marchó.

Al día siguiente llegó media hora tarde. Los empleados recogían sus cosas y las ponían en cajas. Leticia se acercó a Gustavo y le preguntó que dónde había estado. Él le dijo que tuvo que ir al doctor a una revisión del médico.

-Bueno, como te das cuenta, están reconfigurando el espacio en cubículos y tienes que desalojar tu oficina. La van a ocupar como bodega.

-¿Qué? ¡Pero si llevo siete años trabajando para esta compañía! Tengo que hablar con el jefe, esto no puede ser así. Ayer se fue de viaje justo después de anunciar la reconfiguración; al parecer, otra compañía nos compró y hay que hacer ajustes. Si quieres, puedes hacer un escrito y se lo llevo a Araceli a ver si puede hacer algo.

Le pasó una caja para que pusiera las cosas que ya no necesitaría en su nuevo cubículo. Guardó sus diplomas que colgaban en la pared, tres libros de derecho, un oso de peluche con gorrito de chef y una escultura de bronce de un caballo relinchando. Se llevó también la bandera a su casa. Podía colgarla como había hecho su padre. Pero él sí tendría cuidado.

Llegó a su casa y la chapa de la puerta estaba sumida. Abrió despacio, dejó la caja con sus cosas en el suelo y sostuvo la bandera como lanza. Olía a grasa de automóvil, recorrió el espacio con la vista y había papeles tirados y cajones del mueble de la sala en el piso. Se acercó a la puerta del patio. Los vio. Dos sujetos improvisando una escalera con las sillas del patio para saltarse la barda y su perra escondida bajo la mesa.

-¡Hijos de su puta madre!- gritó.

Uno había logrado subirse a la barda y el otro más gordo batallaba para subir la pierna sobre el muro. Gustavo corrió y comenzó a golpear al gordo con la bandera. El otro jalaba al gordo con una mano y con la otra intentaba sacar una pistola que tenía atrapada en el cinturón.

-Vete a la verga pinche viejito, vas a valer madre- le dijo y cuando logró sacar la pistola, una pata de las sillas se rompió y soltó un tiro.

El gordo cayó sobre su costado y el otro cayó sobre el patio del vecino. Gustavo escuchó que le gritaba que iba a regresar y que eran del cartel de Jalisco. Golpeó la cabeza y el pecho del gordo, que se enrolló en forma de feto.

-Ya, ya- gritaba.

Pero una fuerza lo poseía y continuaba asestándole golpes hasta que se cansó y el gordo quedó sangrando de la cabeza, inconsciente. A la media hora llegó la policía y encontró a Gustavo sentado con su perra, sosteniendo la bandera junto al gordo.

Al día siguiente, apareció en la portada de la nota policiaca: Héroe mexicano usa la bandera como arma contra delincuentes. En una conocida colonia de la ciudad, un hombre con gran valor y heroísmo logró perseguir y atrapar a uno de los ladrones que intentaban robar su casa. El otro logró darse a la fuga con una computadora portátil, tenis de marca, dos chamarras de cuero, perfumes y una licuadora.

Apiló recibos viejos de luz, fotos, la ropa de su esposa, discos, zapatos, y se quedó con una foto de Naty que guardó en su cartera. Juntó todos los objetos en el patio donde estaba la sangre seca. Buscó una botella de mezcal y tomó un trago. Chorreó el resto del líquido sobre las cosas. Prendió un cerillo, prendió el periódico y lo aventó al bulto inmóvil de sus pertenencias. Recogió la bandera del piso. Arrancó la tela del asta, la partió en dos y la aventó a la fogata. La tela con la insignia impresa tenía manchas de sangre. Volteó a ver el fuego, hipnotizado por el baile y el vaivén de llamas que devoraban todo, hasta convertirlo en cenizas.