Colectivo Cuenteros| Brujas

Rentaba un cuarto en la azotea de un edificio. Me chocaban las otras inquilinas: no me gustaban sus cumbias, gritaban al hablar y siempre teníamos problemas por la limpieza. Lo más denigrante era compartir el baño con ellas. Yo, que había tenido un jacuzzi para mí sola.

Prefería la compañía de las palomas; les platicaba, les daba de comer. Hasta que una noche las encontré picoteando mi comida, cagando mi cama. Quise sacarlas y me atacaron, así que les eché cubetadas de agua. Con tanta vuelta al lavadero y tanto frío, agarré una pulmonía.

Creí que me iba a morir y, la verdad, no me parecía tan mal momento. En el clímax de mi fiebre ví un espectro pálido, de ojos azules y rayos en el pelo, que me hablaba por mi nombre:

—Esperanza... Esperanza...

—¿Vienes por mí?

—Sí.

—¿Te envió Carola?

—No, soy Artemisa.

—¿La hija de Zeus?

—No, manita. Artemisa, tu vecina...

—¡Ah! La adivina.

Seguro vio al Arcano 13 rondando mi puerta. Pues la tal Artemisa, a la que yo creía una zorra, me curó las heridas, me llevó un doctor, compró las medicinas y por días se ocupó de mí.

—¿Por qué me ayudas? —le pregunté cuando al fin pude conversar.

—Por el karma, manis. Hay que echarle una mano al desvalido para que la fuerza del cosmos te lo regrese.

Qué depresión, ser la desvalida para esta pobre.

—Bueno, cuéntame de tu negocio —le dije por hablar de algo—. ¿De verdad crees en eso o es puro business?

—Pues no creo en las brujas manita, pero de que las hay, las hay. Y tú, ¿cómo llegastes a este rumbo? Se ve que no eres de por aquí. ¿Te hicieron un trabajito?

Era una historia larga y azarosa. Dudaba que tuviera caso platicársela al esperpento de pupilentes azules, pero ella insistía y yo quería mostrarme agradecida.

—Pues me acuerdo que estaba leyendo a Rilke y mi hermana se estaba haciendo el manicure, cuando sonó el timbre.

—Ril ¿qué?

—Rilke, un escritor del que seguro no sabes nada. —Por qué habría de saber, pensé, y como si saberlo sirviera de algo.

—Pos, la neta no. —Miraba sus largas y coloridas uñas—. Pero síguele, te estoy poniendo atención.

—El que tocaba el timbre era un licenciado que venía en representación del Instituto Las Mercedes.

Nosotras siempre habíamos pertenecido al instituto. Un colegio de mucho prestigio al que entramos cuando todavía éramos unas niñas regordetas y consentidas. Cuando papá y mamá murieron, dejándonos puras deudas, la cosa se puso fea, por lo que empezamos a trabajar en la escuela. Yo daba clases de arte y Carola era asistente del contador.

—Las Mercedes. Se oye como de telenovela.

—Pues así fue. El licenciado venía acompañado de dos policías y dijo que traía una demanda por fraude en contra de mi hermana.

Carolina siempre fue medio estúpida, pero ¿robarle al instituto? Era el colmo de la idiotez.

—¡A ver, Carolina! Explícame esto —le dije, aventándole el oficio.

—¿Cómo puedes creer esa calumnia? —rebatió—. Voy a levantar una contrademanda por difamación.

El licenciado arqueó las cejas y aclaró que existían pruebas en su contra: cheques, registros, testigos…

—Dijo que se podría retirar la denuncia si la casa de San Angel quedaba como garantía del pago. ¿Cachas lo que significaba eso, Artemisa? Con nuestros trabajitos de mierda, implicaba perder nuestro único patrimonio. A esas alturas, ya habíamos vendido joyas, pinturas, coches, todo.

—O sea que sí eras de la alta —dijo Artemisa enervándome con su manera de masticar chicle.

—La pena por fraude es cárcel. Pero ella se lo buscó. ¿No crees? De inmediato le hablé a mi tía Sor Lú, que era la directora, y me dijo que no podía hacer nada, que todo estaba muy claro y no se podía refutar la controversia.

—¿Refutar?

—Sí, o sea, demostrar que era inocente. También le hablé al papá de una de mis alumnas, un señor muy influyente.

El tipo siempre me decía: lo que se le ofrezca maestra, ya sabe maestra. El día que le platiqué el asunto, me dijo: "Entiendo, maestra, pero le va a salir carísimo, no le va a alcanzar". Le rogué, le dije que si salvaba la casa podía hipotecarla, venderla, o lo que fuera para pagarle.

—No quiso, ¿verdá?

—No. No quiso echarse a Las Mercedes encima por una maestrita como yo. Desesperada, consulté a la única amiga que me quedaba, y me dijo que Carola se iba a morir en la cárcel y no me la iba a acabar con la culpa, que el dinero va y viene. “Yo que tú, mejor firmaba”.

—No firmastes.

—Sí firmé. —¿Por qué otra razón estaría en una azotea hablando con una bruja?—. Y eso no es todo. Al día siguiente, me notificaron mi renuncia de la escuela.

—Pa’ acabarla.

—Exacto, me corrieron y ni siquiera me liquidaron. Por si fuera poco, esa misma noche mi hermana se sintió mal, se empezó a hinchar como una esponja, se quedó postrada dos días y se murió.

—Pobre, seguro fue la bilis del disgusto.

—Qué bilis ni que nada: fue por hacerme la malobra. No cabía en la caja, así que no hubo velorio, ni flores, ni rezos. Depositar las cenizas en la cripta familiar era otro gasto, así que me las llevé y desde entonces las he cargado en mis andanzas. Raro, ¿verdad? De hecho vendí la urna y las pasé a una cajita, pero no me he atrevido a abandonarla.

—¡Ay no! ¿Son los polvos que regaron las palomas?

—Esos.

—Hay que hacerle una limpia y enterrarla, aunque sea en una maceta.

No sé si Artemisa entendería por qué llegué a odiar a mi hermana. Por su culpa estaba sola, mis amigos se escondían, mis conocidos me cerraban la puerta. Tenía ataques de ansiedad, de pánico. Revisé sus cosas y nada justificaba el fraude, como si se lo hubiera tragado.

—¡Maldita! Se hubiera muerto setenta y dos horas antes y asunto arreglado.

—No maldigas, manis, eso se regresa.

—Bah. Sobreviví ese tiempo con la venta del menaje.

—¿Menaje?

—Los muebles, las vajillas, lo que quedaba en la casa. Luego llegó el embargo y aunque la propiedad valía mucho más que la deuda, las monjas se quedaron con todo. Para colmo, no encontraba trabajo. Por fín me entrevistaron en una escuela, para cuidar la entrada.

"¿Y mis clases de acuarela, mi taller de impresionismo, mi diplomado en Florencia? Me explicaron que no tenían otra cosa, que era algo de gran responsabilidad. Luego, una de ellas agregó que mi tamaño era perfecto para que todos me vieran".

—Te deprimistes.

—Sí. Hasta pensé en el suicidio.

—Ni Dios lo mande.

—Me valen los mandatos divinos, pero había que conservar el estilo; tampoco quería ser la gorda que se tiró al metro. Mejor seguí enviando mi curriculum.

—Curricu…

—Oye, es de muy mal gusto que repitas todo.

—Oye, tú. Bájale manita, no te voy a estar aguantando tus regaños—. Artemisa sacó el tarot del bolsillo de su delantal.

—Ya pues, perdón. Total, que no encontré nada mejor que encargada en una tienda naturista.

"Me reventaba acordarme del dueño diciéndole a su esposa que no era lógico porque la mayoría de sus productos eran para bajar de peso, y ella insistiendo en que era publicidad negativa, invertida, algo así. Y yo parada frente a ellos como un fenómeno propagandístico".

—Tampoco la hicistes.

—Obviamente. No duré ni seis meses y de ahí pasé a vender tamales, calientitos, oaxaqueños.

"Estaba en mi puesto cuando ví pasar a una familia del colegio. El niño: 'Mami, quiero un tamal'. Y yo pensando: No escuincle, largo de aquí. Y el niño azorado, gritando: 'Mami es la Miss de arte, de Las Mercedes'”.

—Jodida y avergonzada, esa noche regresé a la azotea y encontré a las malagradecidas palomas en mi suite. Lo demás, ya lo sabes.

—Mmmm —dijo Artemisa mirando sus cartas—. Se me hace que la pobre Carolina tenía la razón.

—Estás loca.

—Entre el contador ese y la canija monja, les pusieron una trampa.

—No puede ser…

—Sí puede: las cartas no mienten y el destino es reteraro. Pero bueno, ya me contastes tu pasado y en los últimos días, ya ví tu presente. ¿Qué dirá el tarot sobre tu futuro?— A pesar de las uñas enormes, Artemisa barajó las cartas con maestría, puso los ojos en blanco y dizque entró en trance—. Parece que va a cambiar tu suerte. Puedes chambear conmigo, hablas retebonito, la gente seguro te haría caso. Nomás necesitas una manita de gato.

—De ninguna manera. Ya parece, yo en esas ridiculeces…

A veces me miro al espejo para pintarme los ojos con mucho delineador y todavía no lo puedo creer. No uso piedras preciosas sino baratijas, pero me hacen brillar. Me veo imponente con el turbante y la túnica dorada. Madame Ranza. Hago talismanes protectores y amuletos de la suerte. Rodeada de velas, le digo a la gente el futuro que veo en la bola de cristal, acabando siempre con la poderosa frase: el destino es reteraro.

 

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