Colectivo Cuenteros| Tokyo is the Shit

Tokyo is the shit, nos decía Íkaru, la cocinera punk. Vivíamos en New Jersey, y yo quería conocer todos los moteles de la zona, lo cual en ese momento no me parecía imposible.

Había llegado seis meses antes. Ángel, mi primo, al que solo había visto una vez cuando teníamos 8 años, me recibió en su casa y me regaló ropa. Nunca sentí el frío, como esas primeras noches. Acostado en un colchón inflable, hacinado junto a otros paisanos, pensando en pagar mis préstamos y encontrar trabajos, sumido en una continua conversión de dólares a pesos. El frío tenía el rostro de una deuda que me perseguía en dólares.

Solo he trabajado en restaurantes japoneses. Ahora mismo trabajo en “Inu to Gohan”. Los empleados japoneses me tradujeron el nombre: “Perros y Arroz”. Entonces no entendí el significado. Luego de varias jornadas de salir muy tarde, observé a los empleados japoneses del restaurante cenar todos juntos, casi a oscuras, un arroz blanco, casi plateado. El sonido de los palillos golpeando los platos me hizo recordar a una banda de guerra.

Tienes suerte de estar chaparro, me dijo Ángel cuando me contrataron. Por mi estatura podía limpiar los hornos, los congeladores, me metía en los recovecos de las bodegas para limpiar o remover verduras y frutas que ya estuvieran maduras; nunca imaginé que los restaurantes gringos fueran tan grandes. En las bodegas conocí a Íkaru, que se escondía para fumar hachís en la zona de yerbas y vegetales.

Íkaru comenzó a decirme “Takai” y todos los demás se reían, hasta que me dijeron que significaba “alto”; entonces los mandé a todos a chingar a su madre, incluyendo a Íkaru, que se vestía como punk, hablaba un slang que no entendía y me gustaba. También era chaparrita, pero más alta que yo, con un pelo lacio y oscuro al igual que sus ojos.

Íkaru insultaba a todos, gritaba para acelerar las órdenes de los comensales; con la ropa de cocina, Íkaru parecía un ser andrógino, mezclado entre todos los ojos rasgados de la cocina, entre ellos los míos.

—What are you looking?

Me gritaba cuando me descubría viéndola desde los refrigeradores.

Lo de los seis meses era importante contarlo por lo del frío, porque fue en una de esas noches en las que me atreví a salir solo y por primera vez con Íkaru. Ni siquiera podría aplicar eso de salir, eso que se dice verdaderamente salir, porque en realidad coincidimos.

"Cógetela, las japonesas gimen como si fueran caricaturas", me dijo Ángel, luego de contarle lo de esa noche: cuando la topé al salir del cine, cosa rara, porque ambos íbamos solos y poco abrigados. A esa hora, la calle Harbey era arrasada por el frío, como un cementerio helado, sin presencia humana, salvo nosotros dos. El vaho de su respiración me hizo voltear a verla. En mi mente todavía se repetían las escenas de la película que había visto, donde también era invierno y todo se resolvía a balazos.

Íkaru encendió un cigarrillo y volteó a verme; no me reconoció. Pensé en acercarme, pedirle un tabaco y preguntar si venía sola, pero el frío era insoportable. Imaginé una palmera enterrada en la nieve.

Los pocos taxis que pasaban se dirigían directamente a la entrada del cine. El amarillo cubierto de nieve me recordó las películas del canal 5 en invierno, como esa en que una familia sale de viaje y olvida al niño en la casa. Al mismo tiempo no sabía si hablarle o no a Íkaru; entonces, un Rolls Royce cruzó la calle. Dentro vi a una pareja, eran rubios y reían, sentí más frío, un golpe gélido que ascendía desde mis pies; ¿de qué se ríe uno con tanto pinche frío?, me pregunté irritado.

Para mí, el frío estaba hecho de miedo y distancia, sobre todo de miedo, porque en todo el día no se hablaba de otra cosa; “Winter is here”, decían las noticias y El Polo Norte era el nombre de un ejército masivo decidido a conquistarnos; con tanta promoción, el frío me calaba el doble y además me parecía horrible, porque con tal de no descubrirme la nariz y la boca, resistía mis perras ganas de fumar en la calle.

Para una persona del trópico como yo, la nieve era una añoranza; pero en la televisión, el frío nunca es real.

Pensando en fumar paré un taxi y lo abordé sin importarme Íkaru; la calidez del auto provocó que me descubriera la cara, sacara mi pipa y tiritando comenzara a fumar. El taxista únicamente sonrió y me buscó la mirada por el retrovisor. Sin apresurarme, ya a cubierto, observé a Íkaru abordar otro taxi metros adelante. “Follow that taxi”, dije sin pensar demasiado y mordiendo un inglés casi incomprensible. Señalé la unidad 182 de Lincoln Taxi Service; lo único que me importaba era estar cubierto.

Era una pizzería del Barrio Chino, me llamó la atención que hubiera poca gente; el rostro de los empleados me hizo esperar un inglés deficiente, de inmigrante, parecido al mío, pero esa noche, cuando bajé del taxi y entré siguiendo a Íkaru, los empleados estaban hablando español, un español con acento español; ¿o cómo decirlo, un acento castellano, un español de España?; cuando uno de los chinos vio mi rostro de sorpresa, me hizo una señal cómplice con las cejas, pero desvié la mirada, no quería hablar español con los chinos y me busqué un lugar al fondo de la pizzería, para evitar que Íkaru me viera. Con mi mejor inglés pedí una pizza napolitana y un vino de diez dólares.

Los chinos no saben hacer pizza, fue mi primera impresión al probar aquella masa fofa con queso y pepperoni que parecía más plástico que carne. El resumen de una mala noche estaba en esa pizza. El frío había cesado en mi cuerpo, entonces volví a pensar en Íkaru. Era la primera vez que la veía sin la ropa del trabajo, su cuerpo fue una sorpresa.

Mientras miraba los afiches de la pizzería, me preguntaba qué estaría haciendo Íkaru aquí y a estas horas; descubrí algunas banderitas españolas con un toro encima y el escudo de la Real Sociedad de San Sebastián, un equipo de futbol, lo sé porque ahí jugó Carlitos Vela, otro mexicano emigrado.

Sentí la mirada de alguien, era Íkaru, me había descubierto. Su postura me pareció provocativa, no sexual, sino como buscando pleito, a punto de iniciar una retahíla de groserías.

Se levantó de su lugar y se sentó en mi mesa. ¡Takai!, exclamó con sorna y en un español nítido me pidió fuego para encender un cigarrillo y me reclamó por ganarle el taxi. Le señalé el cartel que prohibía fumar, así logré disimular mi sorpresa, pero Íkaru respondió que esos tíos eran amigos suyos y que no habría problema.

—¿Sois de México, no, qué tal es tu país, es como dicen en las noticias?

Compuse un México a su medida.

—México es una maravilla, no hay lugar a donde vayas donde no encuentres gente buena. Actualmente es un país en transformación…

Seguí así e Íkaru fue cayendo en mi relato. Nos acabamos el vino. Se nos había olvidado lo del trabajo y la pizza fofa. Recordé entonces lo de los moteles. Solo me quedaban 20 dólares.

En México, esos 20 dólares se habrían vuelto 400 pesos, lo suficiente para un motelazo de dos horas y hasta unas cervezas. Pero no estaba en México, estaba muy cerca de Íkaru y al mismo tiempo pensando en dinero, no estaba lo suficientemente ebrio. Saqué mi pipa.

—No soy japonesa real. Mi madre sí, yo nací aquí, pero no me siento aceptada.

Primera decepción para el lector: no van a coger.

De hecho, con 20 dólares es imposible coger en el gabacho.

—Estos tíos parecen chinos, pero son españoles, por eso me junto con ellos; además, me venden y me dejan fumar.

El frío se me había olvidado, pero no los moteles. Poco a poco, mientras hablaba, el español de Íkaru fue volviéndose un tanto incomprensible. Mientras, no podía descubrir cómo invitarla a un motel y que ella pagara. Sentí una mirada, una mirada rasgada.

Era uno de los chinos.

—¿ Y este tío quién es?

La pregunta descendió en mí como una escalera:

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Qué feos son los chinos, pensé.

—Qué te importa.

Chino e Íkaru comenzaron una discusión frente a mí. Una discusión inexplicable en un idioma oriental. Verla gritar me prendió, es cabrona la chaparrita, pensé. Chino era muy alto. Me subí a la silla para verme como él, ¿o cómo decirlo, me puse de pie en la silla?

Danos una feria y nos vamos, le dije a Chinoespañol sin pensar, interrumpiendo la discusión. Me observó con desprecio. "¿Qué cojones es una feria?", me respondió. Money, le contestó Íkaru, haciendo la seña universal con los dedos.

—Jodido enano, te voy a dar de hosti….

Antes de terminar, Íkaru le asestó un cachetadón épico y me sentí como en esa película a blanco y negro donde un charro a caballo entraba a rescatar a la heroína. Pero aquí los papeles habían cambiado.

Íkaru me jaló con determinación y salimos de la pizzería sin pagar. El dinero para el motel ya no era problema y el frío nuestra justificación.

 

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