Mezcal, ritual sagrado

BEBIDA MÍSTICA DE LA MADRE TIERRA
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En Oaxaca existen más de 200 variedades de maguey silvestre, pero cada uno de ellos tiene su sabor

El mezcal es divino porque está íntimamente ligado a la madre tierra y su guardián, el chaneque.

En las comunidades se utiliza como un medio de sanación espiritual y corporal, pero además está presente en cada una de sus prácticas cotidianas, la construcción de una casa, la siembra, el nacimiento de un hijo, la boda, el funeral.

Así lo explica la maestra mezcalera Gloria Santiago Romero, originaria de Santiago Matatlán.

Por eso, -agrega-, antes de dar el primer trago al mezcal es necesario ofrecer una libación a la tierra, ofrendar la bebida en los cuatro puntos cardinales para agradecer por el producto de su entraña.

De estatura media, piel morena y largas trenzas negras tejidas con listones de color rojo, dice que el mezcal puede liberar el espíritu, aunque primero hay que emborrachar al chaneque, el duende travieso que atormenta a los hombres.

“Hay que darle un litro de mezcal para emborracharlo y ya borracho suelta a las personas y se curan sus malestares. Cuando los doctores ya no tienen remedio para uno, vamos a que nos hagan una cura con mezcal; así me curan a mí desde que era una niña, con mezcal y un ramo de siete hierbas entre ellas ruda, albahaca, pirul, mirto”.

"No es para emborracharse"

Expresa que el mezcal no es para emborracharse.

“Tomamos el mezcal no para olvidar, sino para recordar momento tristes y momentos alegres. Yo personalmente así lo veo, cuando tomo mezcal no es para que olvide las penas, es para recordar”.

“Otro de los usos que doy al mezcal es en forma medicinal, yo no recomiendo el mezcal para que se emborrachen, a mí no me gusta ver muchachitos borrachos, le digo que lleven el mezcal y lo usen como medicina, porque es lo que usamos en los pueblos para curarnos. Cuando la comida me hace daño me tomo mi mezcal, cuando el sueño llega me tomo mi mezcal y bonito sueña uno”.

Ataviada con una blusa de manta, una falda gruesa color guinda que se enrolla a su cuerpo sujeta por un ceñidor rosa, recuerda que ahora que cambió su palenque también pidió permiso a la madre tierra.

“Yo le pedí permiso a la madre tierra que me permitiera hacer mi palenque ahí; llevé mezcal y así no tuvimos ningún accidente, nada; cuando uno no pide permiso pasan accidentes porque la tierra reclama; hay que respetar los lugares y la madre tierra”.

Tercera generación de mezcaleros

Con 61 años a cuestas, que de ninguna forma se le notan, su voz denota orgullo cuando expresa que forma parte de una tercera generación de productores mezcaleros, misma que inició su abuelo que producía el destilado en ollas de barro, machacando el maguey con mazo.

“No hacía negocio, era para el consumo en fiestas y compromisos”.

“Ya mi papá aprendió a usar el alambique de cobre, como el palenque estaba cerca de la casa pues yo jugaba con mis hermanos ahí, así fui adquiriendo el conocimiento del mezcal”.

Añade que su mamá, ella y una hermana hacían mezcal mientras su papá salía a buscar compradores, “porque antes llegaban a comprar mezcal a Matatlán pero era mal pagado, pues eran intermediarios; no sacábamos ni lo que invertíamos y por eso mi papá tuvo que salir a buscar clientes para ganar un poquito más. Así aprendimos el arte del mezcal”.

Sus pupilas brillan cuando afirma: uno lo va aprendiendo con el tiempo, no necesitamos cuaderno, nomás es ver, escuchar la tina cuando ya está fermentando el maguey, porque cuando ya no tiene ruido es que está listo para la elaboración del mezcal. Ahora sí que es de vista y oído.

“Es un trabajo muy duro, especialmente para las mujeres, es muy pesado; pero nosotros tuvimos que hacerlo porque yo tenía a mis hermanos chicos y yo era la mayor, junto con otra hermana; lo enfrentamos puras mujeres; ahora les enseño a mis hijos y nietos, por eso ya vamos en la quinta generación”.