Don de hombre-pájaro

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En el rito de los Voladores de Papantla, el cuarteto desciende desde casi 30 metros de altura para representar a los cuatro puntos cardinales y pedir por la fertilidad de la tierra

Eugenio San Martín, de 14 años, heredó la tradición de volador de su padre y abuelos, quienes lo inspiraron a estudiar para Caporal, el danzante que mantiene el equilibrio en un pie encima del tronco y toca la flauta de carrizo mientras sus compañeros vuelan.

"Empecé a los siete años porque me gustaba", contó tímido el adolescente. "La primera vez que me subí tenía mucho miedo, así que me acompañó un maestro atrás para cuidarme".

El centro ceremonial recibe anualmente hasta 100 niños de entre ocho y 10 años que buscan conocer todo sobre el máximo ritual de la cultura totonaca. Pero solo unos 20 tendrán las habilidades para sortear las pruebas y convertirse en voladores profesionales.

"No todos tienen el don", señaló Hernández, de 51 años. "Cuando el niño tiene ese poder se ve en su mirada, hace lo que el maestro hace (...) Decide en qué momento se sube al tronco, pero una vez llegando hasta arriba tienen que volar".

Según los maestros voladores, no hay un tiempo establecido para el aprendizaje, pero lo mínimo son 10 años.

"Nunca se termina de aprender. Irónicamente lo más fácil es el vuelo. Pero no se trata de eso, sino de aprender el simbolismo de nuestra tradición", dijo Hernández.