Colectivo Cuenteros| La Caverna

Al salir de la oficina, me sentía tan miserable que decidí ir a echar un rol, pero no sabía a dónde ir. Pasé por un bar lleno de Godínez, justo de lo que venía huyendo; otro de fresas viendo el futbol; ¡guaj!, ni lo uno ni lo otro. Sin querer, llegué a un bar medio underground, donde estaban presentando una banda de rock metálico. Entré atraído por la estridencia de los requintos, ufff… me despertaron viejos recuerdos. Pedí unas cervezas y me relajé; cuando pedí las otras, ya estaba vibrando a toda madre. Esa música es tan… potente.

Me sentía alien con mi trajecito en medio de todo ese culto al negro y al metal. No me atrevía a bailar, a brincar, lo que fuera que estuvieran haciendo los demás, cada quien en su pedo. El grupo lo formaban tres músicos muy prendidos. Con voz cavernosa, el guitarrista cantaba los covers de unas rolas clásicas y alternaba con otras que sí parecían originales; eran ardientes y rebeldes.

A través del humo y la intermitencia de los estrobos me fijé en la guitarra, mi antigua pasión. El portador de la lira hilaba las notas a gran velocidad mientras agitaba su abundante cabello. Era el mejor y, de seguro, el líder del trío. Me acerqué y ¡no mames! que lo voy reconociendo. ¡Era Juan! Juanito, me repetía incrédulo, mi amigo de la Superior de Música. Cuando acabaron de tocar, me fui sobres, sin preámbulos.

—¡Juanitooo!

—Yoni —me corrigió.

—Eh, Yoni, sí. Oye, ¿no me reconoces? —Me veía de arriba a abajo con ojos dudosos—. De la Superior…

—Ahh sí, cámara wey, es que estás muy... cambiado —dijo sin mucha excitación, aunque luego me abrazó—. Siéntate carnal, este encuentro merece unos drinks.

Le resumí mi vida en tres mezcales:

—¿Te acuerdas de Sonia?

—La neta, no.

—Una que estudiaba canto y... me traía de nalgas. —Yoni hacía cara de no recordar—. Total, no importa, la cuestión es que se embarazó.

—No manches, wey.

—Sí, cabrón. Y entre la presión de Sonia, su papá, mi mamá y el compromiso de tener un hijo, pues le tuve que decir adiós a la música.

—Mta, qué mala onda.

—Sí, carajo. Lo peor es que me pasé años clavado en un trabajo de güeva en la fábrica de mi suegro, resolviendo toda la finanza, para que ahora ella me mande a la chingada porque le parezco mediocre y gris.

Juan mostró una sonrisa a la que le faltaba un diente.

—Pero te va bien en esa chamba, ¿no? —dijo, acompañando el comentario con el gesto de contar dinero.

—Pues sí mi Yoni, pero estoy mega frustrado. En vez de estar tocando como tú, que por cierto ya te vi ¿eh? y estás cabronsísimo. A ver, vas, cuéntame qué ha sido de tu vida.

Juanito negó con la cabeza, como si esa plática mereciera otra ocasión.

—Ponte a practicar wey. Pégate a esta banda, ahora que eres libre. —Se rió abriendo sin decoro su boca chimuela.

—No mames, ya estoy un poco ruco…

—Vas a ver que te rejuveneces. El verdadero amor... —hizo el gesto de tocar la guitarra— no tiene edad. ¿A qué te esperas, wey?

No dejé de pensar en la oferta de Juan. Tanto, que me compré una Fender: un modelo barato, solo para ver qué tal. La afiné, toqué las primeras notas y poco a poco me fui soltando. Mis manos recordaban las técnicas antes que mi cerebro. ¡Putamadre!, ya no quería parar. Toqué hasta que me dolieron los dedos.

Me rapé y me hice un tatuaje. A Sonia le cagan ambos. El día que fui a su casa por mis discos, me dijo:

—Llévate tu basura y no regreses hasta que te arregles como gente normal. ¿Qué ejemplo le vas a dar a tu hijo? A tu edad, con esas ridiculeces.

—Qué tal el ejemplo de no te dejes mangonear por tu mujer, menos por tu ex...

—¿Mangonear? Si no fuera por mí y por mi papá…

—Ay, sabes qué, ahí te ves, ya ni quien te pele.

Unos días después, le caí al bar donde tocaba Yoni y me pareció que le dio gusto verme. Me presentó a los otros dos, Bajo y Bataco.

—¿Para qué aprenderse los nombres? —me dijo en corto—. Estos maestrines siempre andan en el hueso.

Me enseñaron el material, encendieron el equipo y empezamos. Yo desafinaba y era mil veces más lento que ellos, pero durante tres horas no pensé en Sonia, ni en la oficina, ni en nada que no fueran los sonidos que le sacaba a las cuerdas.

A partir de entonces, dediqué cualquier momento libre para oír o tocar. Pensar que algún día podría presentarme en público me generaba mucha adrenalina; era parecido a una droga, aparte de la que de por sí rolaba en los ensayos. El Yoni me animaba:

—Vas muy bien, wey. Creo que pronto seremos cuarteto.

—Aliviánate —decía Yoni—. ¿Qué es un varo comparado con la gloria?

—¿Un varo? He sacado un dineral, el día que me agarren…

—¿Por qué te van a agarrar? Tú eres más brillante que ellos.

Tenía ganas de mandar todo a la mierda y dedicarme de lleno a la música, pero de momento no era posible. Por más que quise disimular en el trabajo, mi jefe, nada menos que el papá de Sonia, me llamó la atención:

—¿Qué pasa contigo? Todos los días llegas tarde y desvelado.

—Es que estoy deprimido.

—Pues igual se te van a descontar los retardos. Que seas personal de confianza no te da derecho de abusar. Sí tienes claro por qué sigues aquí, ¿no?

“Lo tengo clarísimo”, pensé. “Para seguir manteniendo a tu hija y engordando tu trasero”.

—Y bájale con el look de punketo; aquí eso no aplica— remató por encima del hombro.

En esos días, Yoni encontró un lugar donde podríamos hacer base y no tener que estar de lamehuevos con los dueños de los antros. Era subterráneo. Parecía una casa común y corriente, pero se bajaba por una escalera de caracol hasta un corredor. Olía a humedad. El Yoni dijo:

—Es perfecto, ¿no, wey? Va de lujo con nuestra onda.

—¿Tú crees? No hay ventilación ni salidas de emergencia.

—No pienses como oficinista, carnal. Aquí la banda se va a prender cañón. Es como entrar al túnel del tiempo. Además, es por un rato. Lo ideal sería largarnos de aquí, al norte, a donde sí nos valoren. ¿Cómo ves Tijuana? —dijo pensativo, como si se preguntara a sí mismo.

Me pidió que me aventara el trámite de la renta, porque él había perdido sus identificaciones y yo era el de más confianza. Lo llamamos “La Caverna”.

—Chido —les dije—, como la de Platón. Saben de qué va ¿no? Unos cuates encadenados que solo ven las sombras, la representación de lo que pasa afuera...

—Aquí no estamos para filosofías —me interrumpió el Yoni—. Aplícate. ¿No que ya te quieres lanzar?

Todos le echamos un buen de ganas, pero apenas llegaba gente. Era un poco triste ver a Juanito luciendo su shredding para tres batos. Una vez, al terminar, me tomó por el hombro y me dijo:

—Necesitamos dar el salto, bro. Si no conseguimos equipo, publicidad, un demo, seguro valemos madre.

—No te lo niego, pero ¿con qué?

—Tú ganas bien, puedes hacer el paro...

—Sabes que Sonia y el niño se quedan con todo.

—Ps no sé, wey, es ahora o nunca. Piensa que es una inversión. Si la hacemos, puedes mandar todo lo demás a la pinche verga.

Ser el redentor del grupo me resultaba atractivo, pero mis ingresos no daban para tanto. Así que me atreví a usar la tarjeta de la empresa para comprar el sistema de audio y los instrumentos. Cuando Yoni me daba chance de echar el palomazo, me iba de viaje con la amplitud y la claridad del nuevo sonido.

—Algo falta —dijo Juanito—. Iluminación, es básico para poner ambiente.

Esta vez hice una trancita con un cheque y compramos unas luces robóticas. Previo soborno al asistente del contador, metí también una pantalla gigante en los gastos de la fábrica. Todo eso me agobiaba.

—Aliviánate —decía Yoni—. ¿Qué es un varo comparado con la gloria?

—¿Un varo? He sacado un dineral, el día que me agarren…

—¿Por qué te van a agarrar? Tú eres más brillante que ellos. Anímate socio, ándale, vamos a probar todo.

Yoni empezó tocando muy agresivo y se fue hasta arriba con mucha distorsión, pero yo toqué mi solo tensando las cuerdas con la barra hasta hacerlas llorar. Ví su cara iluminada por un haz de luz roja; me miraba con ojos penetrantes. Arremetió haciéndolo más difícil y yo contesté con un rasgueo que había practicado hasta el cansancio. Bajo y Bataco nos seguían, pero estaba claro que el diálogo era entre Juanito y yo, que, por primera vez, estábamos alternando de tú a tú. El lugar estaba vacío, pero yo estaba tan eufórico que me lo imaginaba a reventar, con la prensa, los buscadores de talento...

Días después, pensando en que debíamos grabar un disco, en sonar en la radio, en algo grande, entré a nuestra guarida y ví que no había nada, nada, nada. No estaba Juan, ni los chavos, ni las cosas, ni siquiera la maldita pantalla. Al principio no entendía, le hablé y su teléfono ya no estaba disponible. Fui a su depa y estaba igual de vacío. Lo busqué hasta por debajo de las piedras; nadie sabía nada. Cuando me cayó el veinte, deduje que ya estaría camino a Tijuana. Estaba decidido a ir hasta allá y agarrarlo por las greñas, cuando me cayeron a mí. La empresa me demandó por fraude y Sonia por incumplimiento de pensión. O sea... tambo, chingue su madre, la auténtica caverna. Y yo aquí, viendo pura sombra.

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