Colectivo Cuenteros| Cuadro nuevo

Una noche, de camino a mi casa después de un largo día de trabajo, encontré una galería ambulante en el parque que está enmedio del fraccionamiento donde vivo. Miré cada cuadro esperando encontrar uno para la sala o habitación de mi casa, pero el que más me fascinó fue de una viejita con una linda sonrisa. No dudé en llevarlo.

Al llegar a casa, coloqué el cuadro en la sala. Pero ahí no combinaba, así que me lo llevé a la habitación y lo colgué en la pared frente a mi cama. Ya entre las cobijas, mientras acariciaba a Dina, mi gatita, le dije:

—Me da tristeza dejarte todo el día. ¿Te sientes sola cuando me voy a trabajar? Esta viejita nos va a hacer compañía.

Muchos de los vecinos se habían marchado y no me extrañaba, pues estábamos cerca de una avenida muy ruidosa, y ahora con tan poca luz. Cuando caminaba por el andador, me daba la sensación de que alguien me seguía; solo cuando estaba a puerta cerrada me sentía segura.

—¿Cómo nos convenció ese vendedor de tomar la primera casa cuando la última estaba disponible? —Dina me miraba sin entender, acurrucada junto a mí— Ah, pero le hicimos caso. Ahora nos aguantamos.

Esa noche, ya de madrugada, me despertó un ruido: fue como un pequeño golpe en la pared, pero estaba tan cansada que seguí durmiendo. Luego sonó el timbre de la casa. En el silencio de la noche, el ding dong retumbó en mis oídos. Prendí la lámpara y, mientras me ponía la bata, noté un pequeño cambio en el rostro de la viejita del cuadro. Era casi imperceptible, pero me pareció que ya no sonreía como antes; estaba más sería. Como era de noche y acababa de despertar, no le di importancia.

Medio adormilada y descalza, me acerqué a la puerta. Tomando todas mis precauciones, me asomé poquito a poquito, luego vi en la mirilla, pero no había nadie. Pensé que tal vez era un tonto bromista o algún despistado que se equivocó de casa, pues yo no recibía visitas y menos a esa hora. En cuanto a mi familia, vivía lejos y nunca llegaba sin avisar, menos para gastar una broma tan pesada.

Caminé a mi habitación y volví a acurrucarme con Dina. Apenas me había acomodado, cuando nuevamente sonó el timbre, ahora sin cesar. Refunfuñando y diciendo maldiciones, volví a ver a través de la mirilla. Pero esta vez vi cómo se asomaba la cara distorsionada de una anciana. Me miró fijamente, con el rostro serio; oí un susurro en mi oído, alguien diciendo mi nombre, Laura, Laura. Pero luego la voz asustada de la viejita dijo:

—¿Hay alguien ahí? Sé que es tarde, pero es urgente. ¿Cree que me pueda permitir usar su teléfono?

Algo en mí decía: “No abras. Llama a la policía; para eso están”. Pero la cara arrugadita y la voz suplicante de la mujer me conmovieron.

—¿Le pasó algo? —pregunté.

—Tuve un accidente y no sé qué hacer —contestó angustiada—. Necesito llamar a mis hijos para que vengan por mí.

—¿Cómo? No escuché ningún accidente.

—Hija, por favor.

Otra vez el susurro en mis oídos: Laura, Laura. ¿Conocía a esa vieja de algún lugar? ¿Una vecina, tal vez? Si fuera vecina, habría ido a su propia casa. ¿La madre de una amiga? No. ¿Una de las vendedoras del mercado? Tampoco. Al cruzar el pasillo, me sobresaltó un repentino y fuerte maullido. Tomé a mi gata erizada entre los brazos y la llevé al sillón.

—Tranquila, Dina —acaricié su cabeza, tratando de calmarme también a mí misma—. Solo es una viejita.

Volví de la habitación con mis llaves, pero al asomarme a la mirilla, ya no había nadie. “Seguro que se aburrió de esperar —pensé—. Habrá ido a buscar un teléfono en otra parte. Mejor para mí”. Aunque sentía algo de culpa, la sensación que ganaba era el sueño. Bostezando, tomé a Dina entre mis brazos y me dirigí de nuevo a mi habitación, colgué las llaves, quité la bata y, determinada a no levantarme para nadie aunque fuera el Papa, apagué la luz.

Al cabo de un rato, un bufido de Dina me despertó. Tenía razón en avisarme: dentro de la obscuridad de la habitación, había alguien más, una presencia. Sentí que una mano me tomaba por el cuello y no me dejaba respirar. Luché para soltarme y, a punto de asfixiarme, logré encender la luz.

Horrorizada, vi que la vieja del cuadro me estaba mirando con cara de maldad, con los ojos rojos y los dientes afilados. Arranqué la pintura y la llevé a la sala; lo único que me impidió tirarla en el basurero de la calle, fue mi miedo a salir. De regreso, cerré la puerta de mi recámara con seguro.

—Dina, ¿qué nos está pasando? Mañana, a primera hora, ese cuadro va pa’fuera.

Obviamente, estaba demasiado exaltada para dormir. Cerca de las tres de la mañana, escuché una risa que venía de la sala y los pasos de alguien que caminaba. Luego, por debajo de la puerta, vi el reflejo de una luz que se encendía. Di un salto fuera de la cama y abracé a Dina. Quería llamar a alguien, a cualquier persona que viniera, que me ayudara, pero… había dejado mi celular en la cocina, al lado del teléfono fijo.

Armándome de valor, tomé una linterna, salí de la habitación y caminé por el pasillo oscuro. Ya no se escuchaban las risas o los pasos; además, no había ninguna luz prendida. No me atrevía a prender una por temor a lo que podía encontrar, así que con la linterna alumbré los muebles, el piso, la pintura... ¡No había nadie! No había nadie en el cuadro, era solo un espacio negro y rectangular sin… ¡nada!

En ese momento, la luz de la cocina se prendió con un sordo clic. La vieja del cuadro estaba instalada junto al teléfono, mirándome con una risa burlona. Tenía los ojos en blanco como los ciegos, el cabello no solo canoso sino despeinado, y la elegante ropa del cuadro estaba sucia y desgarrada. Sentí el terror más grande de mi vida.

—¿Quién es usted y qué hace aquí? —balbuceé.

Con voz inocente, me contestó:

—Mientras cargabas al gatito y lo ponías en el sillón, me tomé la libertad de entrar e instalarme. Pero no te preocupes: ya no estarás sola. Me voy a quedar contigo, si no es mucha molestia. Por cierto, ¿podrías regalarme un vasito con agua?

—¿Cómo? ¿Qué está pasando?

—¿Qué más da? Lo importante es que me dejaste pasar a tu casa, me liberaste. Y necesito que me ayudes.

—¿Yo? ¿Cómo podría ayudarla?

Se me acercó; el olor a suciedad era sofocante.

—Ayúdame a tener una familia —dijo con voz implorante.

Con tal de alejarme, fui a la regadera y le serví el vaso de agua que me pidió. Al aceptarla, su mano rozó la mía: estaba fría, paralizantemente fría. El cuadro. Tenía que destruir el cuadro. Corrí por el pasillo, pero ella me siguió. Para una vieja, se movía con sorprendente rapidez; parecía, incluso, que volaba.

—¡Aléjate de mí! ¿Qué cosa eres? —chillé con la poca fuerza que me quedaba.

Agarré el cuadro y salí corriendo, con la vieja pisando mis talones. Destruirlo, ¿cómo destruirlo? Iba tan histérica que no me fijé, al cruzar la avenida, que a pocos metros venía un auto. Golpeada, fui a parar del otro lado de la calle, el cuadro disparándose de mis manos. Quise levantarme, moverme, escaparme, pero no pude. En lugar de eso, unas manos horribles y fuertes me jalaron por las piernas y me arrastraron nuevamente dentro de la casa, cerrando la puerta de golpe. Dina no dejaba de maullar.

Dos días después, un vecino –de los pocos que quedaban en el fraccionamiento– encontró a Laura muerta con una expresión de terror en los ojos. Pasado el impacto, y habiendo llamado al número de emergencias como era debido, se fascinó con la bella pintura de una dulce viejita que sonreía. "Ay, me recuerda la abuelita, -pensó-. Total, nadie la va a extrañar si la llevo a casa…

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