Fiebre de chapulines

Colectivo Cuenteros

Acababa de volver de la escuela y nos sentábamos a la mesa cuando mi mamá, con los ojos fijos en el plato con chapulines que traía Eulalia, declaró que estaba “harta” de ellos y no comería ni uno más. Yo me acordé de la boda de mi tío Juan, del momento en que el padre les dijo a los novios: “Cuando ya estén hartos el uno del otro, recuerden que eso significa estar lleno del otro…” Ya no oí lo demás porque a mi prima y a mí nos dio un ataque de risa. No nos pudimos aguantar. Me estaba imaginando al tío rellenando a su esposa jovencita como un oso de peluche cuando mi mamá me dio un pellizco en el brazo que me dejó un moretón en forma de mariposa.

Me dio otro más ahorita.

—Sofía, ¿que no oyes que me pases el agua? ¿Pues en qué estás pensando? Y apaga ese celular o te lo voy a quitar. Estoy harta de que lo pongas en la mesa cuando estamos comiendo.

—Sí ma, es que no te escuché.

El caso es que Eulalia se veía muy contenta desde hacía varios días. Cuando llegó de su pueblo era una niña que apenas hablaba español. Yo convencí a mi novio de que le diéramos clases para enseñarle a leer y a escribir. Pero mi novio dijo que era una hueva, entonces lo hice yo. Ella me contaba de su familia, de los siete hermanos y de su papá, que la mandó a trabajar a la ciudad muy chica porque no les alcanzaba para nada con lo que él gana en el campo.

A mí me intrigaba el chavo que traía chapulines a la casa porque casi siempre son mujeres las que andan ofreciendo toda clase de cosas por las calles: flores, verduras, plumeros, además de los insectos. Él se presentaba un día sí y otro también a la puerta de la casa con su canasta. Y cada vez que llegaba, Eulalia se ponía bien roja.

Hablando del rey de Roma: en ese momento tocaron a la puerta. Seguro era él con su encargo del día porque antes de que alguien pudiera reaccionar, Eulalia dejó lo que traía en las manos y salió corriendo.

—Señito, yo entiendo.

—Atiendo Eu, atiendo, no ‘entiendo’. —Como si mi madre fuera a pararse de la mesa para atender alguna puerta.

Tardó varios minutos envolver pero cuando lo hizo, todos notamos su color chapulín, como si hubiera frotado la cara con el nuevo plato de bichos que traía. Nos miramos a los ojos y mi papá levantó los hombros al mismo tiempo que se hacía un taco con guacamole.

—Están súper buenos. Mira, ¡pruébalos! —Me pasó el plato y una tortilla.

—Ya sé, pa, el tema es que Eulalia nos tiene a dieta rigurosa de chapulines. No es que no me gusten, pero a este paso los voy a aborrecer.

Mojé una tortilla en el guacamole y la mordí. Mi padre seguía embelesado con los tacos de chapulines.

—Dicen que tienen una gran cantidad de proteína y que son buenísimos como afrodisíacos. Mi hermano los come desde que no se le para.

Mi mamá casi se ahogó con el bocado. Me imaginé al tío Juan lleno de chapulines hasta el cuello. Le salían hasta por los ojos y la nariz.

—Ay, ¿cómo se te ocurre semejante cosa? Sofía no tiene edad para andar escuchando esas cosas.

—Ma, tengo dieciséis.

—Sigues siendo un bebé. Mira cómo comes.

Para cambiar de tema, dije:

—¿Y alguien notó que es un chavo el que viene casi diario a vender chapulines? Digo. Ya ven que acaban de asaltar la casa de enfrente. No vaya a ser un malandro que quiera robar la casa o aprovecharse de Eu.

Eulalia traía la sopa a la mesa, pero creo que me oyó porque se quedó ahí parada, muda y pálida. Yo la volteé a ver, pero ella bajó la cara. Parecía que iba a llorar.

—¿A qué hora nos sirves la sopa, Eulalia? —preguntó mi mamá—. La próxima vez que venga el chico de los chapulines, le dices que quiero hablar con él, por favor. Ah, y también quiero tener una plática contigo. —Se limpió la boca con la servilleta y la dobló perfectamente sobre la mesa.

El chavo nunca se volvió a aparecer en la casa, Eulalia dejó de tener esa cara que la hacía verse tan feliz y yo aprendí que los chapulines sí son afrodisíacos. Escuchaba a mis papás todas las noches hacer sus ruidos, aunque me pusiera los audífonos e intentaba distraerme en el chat.

—Hola mi amor, ¿qué haces?

—Escuchando música, ¿y tú?

—¿Qué traes puesto?

—Mi pijama de ositos.

—Quítatela y mándame una foto.

—¿También comiste chapulines?