Colectivo Cuenteros| La Boda

Mi mamá y mi tía Maruja se están preparando para la boda de Elisa. Todo el tiempo hablan de eso. Mi tía compró una tela azul brillante y el molde para cortar un vestido ceñido en la cintura y con gran vuelo hasta la rodilla.

—Qué ganas de complicarte la vida —le dice mi mamá—. Yo solo voy a mandar el mío a la tintorería.

Hablaba de su único vestido de fiesta. Lo tenía en el ropero cubierto con un plástico, al lado del traje gris de mi papá.

—Ay no, yo quiero estrenar. Además, es de etiqueta —dice mi tía sacando de su bolsa las invitaciones.

Alcanzo a leer ‘enlace… Elisa y Jorge… ceremonia…’ con unas letras de oro que me parecen de lo más elegantes. Al principio mi mamá no quería ir, porque no era cosa de comprar solo la ropa, sino el sombrero, los guantes, el regalo... Pero mi tía Maruja la animó, se ofreció a hacer mi vestido y hasta me regaló la tela.

—No te hagas, Maruja. ¿De dónde tanto dinero para telas? —le pregunta mi mamá.

—Me lo dio Emilio.

—¿Te lo dio? ¿O tú se lo sacaste? El día que te cache, te va a ir mal.

Vamos las tres a comprarnos los zapatos. Yo rápido escojo unos de charol blanco, pero mi mamá y mi tía se tardan horas. Ya estoy harta y de camino todavía vamos a ver el regalo. Cuando llegamos a la casa y le contamos a mi papá, él dice que cuánto gasto, que mejor nos hubiéramos ido de vacaciones.

—Bueno, Acapulco no va a desaparecer de ahí —le contesta mi mamá—, y ésta es la primera cosa importante a la que nos invitan desde que llegamos, así que no vamos a ir a hacer el ridículo. Y Malena tiene tanta ilusión...

Sí tenía, pero la verdad estoy arrepentida. Ahora en vez de ver la tele, tengo que estar aquí parada en lo que mi tía Maruja me mide la tela y pone y quita y vuelve a poner los alfileres.

—Tía, me pica esta cosa —le digo jalándome el adorno del cuello.

—No es cosa, es una tela fina y te pica porque no te estás quieta.

Maruja es la hermana menor de mi mamá y dice que aprendió a coser en su pueblo, antes de la huelga y de que las telas y los hilos fueran un lujo y los maridos tuvieran que irse a buscar trabajo en otro lado. Luego las dos fueron a vivir al vecindario de los trabajadores de la cervecera. Mi tía no puede tener hijos. Creo que por eso me consiente tanto.

El mero día de la fiesta vamos al salón de belleza. Mi mamá quiere hacerme la trenza ella misma, pero mi tía me sienta en la silla y le da instrucciones a la peinadora. Cuando le habla de mí, dice “la señorita Malena”. A ellas las peinan igual. Les rizan el pelo con tubos y con mucho crepé les hacen un chongo que parece un nido de pájaro.

Cuando aparece mi mamá ya arreglada, mi papá se está poniendo la corbata.

—Fiu fiu —le chifla viéndola por el espejo con su vestido morado de siempre, pero ahora con un cinturón que le hace juego al saco que le regaló mi otra tía, la que está enferma. La pobre dice que ya no le queda tiempo para fiestas. No sé si la visita a la enferma fue a propósito, pero mi tía Maruja también salió con un regalo.

—Es del año del caldo —dice acariciando su estola—, pero es mink.

Cuando el tío Emilio toca el claxon, salimos de prisa y nos sentamos los tres en el asiento trasero, un poco tiesos, tratando de que no se nos arrugue la ropa. Mi mamá y mi tía prefieren pasar calor a que se les mueva un pelo, como si eso fuera posible con toda la laca que les pusieron en el salón. Para acabarla, mi tío se pierde camino a la iglesia y ninguno sabe llegar.

—Qué idea de casarse en Las Lomas —dice mi papá—. Son unos pretenciosos.

Al fin. Llegamos corriendo al atrio de la iglesia, pero mi mamá se ve tan incómoda que no puede ser nada más porque llegamos tarde. Se queda parada junto a mi tía viendo a las otras invitadas, una a una, desfilando con vestidos largos hasta el piso. Mi mamá y Maruja se voltean a ver con cara de “trágame tierra”.

—Ésta es la etiqueta —murmura mi mamá en el oído de mi tía mientras nos sentamos en la última fila, una con el saco y la otra con la vieja estola, tapándose las rodillas como pueden.

Al terminar la ceremonia, las dos son las primeras en levantarse. Mi mamá me apura para irnos antes de que salga el cortejo, pero la mamá de Elisa nos detiene.

—Los esperamos en la fiesta, no nos fallen. Ramiro también espera verlos por ahí.

De regreso en el coche se arma la discusión. Mi mamá ya no quiere ir. Dice que estar en la misa ya fue bastante bochornoso, que seguro ahorita todos estarían hablando de ellas...

—Como quiera, hicimos acto de presencia. ¿Ahora qué vamos a hacer entre esas mujeres emperifolladas? Nosotras, las pueblerinas que no conocen la moda.

— Pero no me parece para tanto —dice mi papá—. ¿Quién se va a fijar?

—¿Quién? —pregunta Maruja—. Las que tú mismo llamaste pretenciosas. Si vieras cómo pasaban riéndose junto a nosotras, empujando el vestido con la punta del zapato.

—¿No estarás exagerando? —le dice mi tío Emilio—. Yo digo que ya invertimos lo suficiente como para merecer al menos el banquete.

—Muy cierto—afirma mi papá—. Además, a nosotros nos conviene quedar bien con don Ramiro. No olviden que es el director de la cervecera.

Aunque de mala gana, el argumento las convence. Lo malo es que al llegar al salón, un señor de traje negro nos detiene en la entrada y le pide a mi papá que lo acompañe.

—Disculpe, señor —alcanzo a oír—. La invitación decía de etiqueta, o sea frac y vestido largo.

—Ay, joven pues no, parece que no la leímos bien.

Mi mamá se acomoda el encaje del sombrero sobre los ojos. Creo que tiene ganas de llorar.

Los demás invitados van entrando, los hombres con sus corbatas de moño y las mujeres luciendo joyas y peinados altos. Algunas voltean hacia donde estamos nosotros, nos revisan de arriba a abajo y murmuran.

—Mira, Male —me dice mi tía señalando con los ojos a una señora de pelo anaranjado—. Esa que hoy se ríe, no tenía ni zapatos cuando la huelga. Tu mamá le regaló los suyos alguna vez.

—Pues sí —dice el tío Emilio—, pero luego su marido se pasó con los esquiroles y mira, vaya que le convino. ¿Le viste el Rólex?

Mi mamá hace el intento de irse, pero justo vienen subiendo sus otras primas, así que mejor se regresa, se pone atrás de mí y las saluda de lejos. Por suerte llega la mamá de Elisa y viene para acá diciéndole al señor de negro que no pasa nada, que somos sus invitados, que cómo se le ocurre. Toma a mi mamá del hombro y mientras nos acompaña hasta la mesa, en voz baja le va diciendo que los vestidos largos son una lata.

—Si no lo empujas con el pie, te vas tropezando a cada paso. Y bueno, mira a Maruja, con ese modelito parece Marilyn Monroe. Y Malena está hecha una señoritinga.

Después de la cena, los discursos y el vals de los novios, empieza la orquesta y mi papá quiere bailar. Mi mamá le echa una mirada furiosa y se voltea.

—¿En qué cabeza cabe que me voy a parar a bailar…? —Mi papá se pone atrás de ella y quiere mover su silla—. Ni se te ocurra. Y siéntate, no llames la atención.

Pero a mi papá le gusta empezar el baile, así que con media reverencia me da la mano y me lleva al centro del salón. Primero bailamos despacito un dos tres, un dos tres. Otras parejas se van juntando en la pista. Unas muchachas hasta hacen una rueda. En eso cambia la música y con el brazo izquierdo mi papá me levanta por la cintura y me da vueltas, y cuando me vuelve a dejar en el piso nos reímos porque estoy mareada.

Ya hay mucha gente bailando y cantando, tristeeeza por favor vete leeejos, cuando veo a mi tía Maruja a la mitad de la rueda. Entre el efecto de la crinolina y sus piernas blancas y delgadas, cada vez que gira de la mano de mi tío Emilio parece una muñeca de caja musical. Mi mamá se queda sentada. La saludo con la mano y ella señala a mi papá y su reloj. Mi papá se va a la mesa, pero mi tía y yo todavía hacemos la víbora de la mar y pasamos debajo de la cola del vestido de Elisa, que parada en una silla va a aventar el ramo.

Ya en el coche me acurruco en el brazo de mi mamá.

—Gracias ¿eh? —dice a mi papá—. Te debo la peor noche de mi vida.

—¿La peor? La comida estaba muy buena y por cerveza nadie se podrá quejar. A ver, seguro recuerdas algunas noches peores que ésta, que por cierto —agrega en voz más baja—, todavía no acaba…

—Déjame, no me hables —dice mi mamá todavía enfurruñada.

Yo me estoy quedando dormida cuando oigo que mi papá sigue:

—Tonta, ninguna de esas señoras puede lucir unas piernas como la tuyas, por eso usan esos vestidos tan largos.

Se ríen y se besan.

 

¿Quiénes somos?
El Colectivo Cuenteros es un grupo conformado por escritores con múltiples estilos y oficios, combinando la pasión por la escritura con las diversas profesiones de sus miembros.
La historia del Colectivo Cuenteros inicia hace poco más de cinco años, con el Taller “El Verano del Cuento”, impartido cada verano por el escritor Kurt William Hackbarth en la Biblioteca Henestrosa. De este grupo diverso surgió la inquietud de los participantes de continuar perfeccionándose fuera de los muros de la Casa de la Ciudad, por lo cual, el Colectivo inició su peregrinaje en distintos espacios del Centro Histórico, hasta que, en 2018, encontró su hogar en el restaurante Comala. Ahí, abre sus sesiones a todo el público interesado en la escritura de cuentos, todos los miércoles a partir de las 19:00 horas.
Los textos del Colectivo Cuenteros se publican los lunes y martes en el periódico Noticias, con lo cual busca consolidarse como un grupo que impulsa y difunde la creación literaria de nuevos escritores oaxaqueños, fortaleciendo la diversidad de voces literarias en el mundo cultural oaxaqueño. También se publican en el portal de Noticias: nvinoticias.com.
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