Colectivo Cuenteros| Malabaristas

Juanito tiene cinco años. Cuatro los ha pasado en las avenidas de la ciudad, junto a su madre, quien le platica sobre el pueblo donde nació. “En las noches duermes con el canto de los grillos y en el cielo puedes ver las estrellas. Te acostumbras al olor de la mierda del ganado. Igual que aquí, pero estos son animales de dos patas”.

Su jornada empieza desde las primeras horas del día y no termina hasta que las calles se llenan de tráfico nocturno. El trabajo consiste en que ella sostiene al niño en sus hombros mientras lanzan naranjas que atrapan antes de que caigan al suelo. Lo difícil es saber de qué carro obtendrán una moneda y en cuáles la indiferencia de la gente.

—Mami, quiero juntar muchas monedas para comprar un carro, así de grande… —y extiende sus manos— …de esos que llevan música.

La madre lo ignora y el niño sigue hablando.

—¡Cállate, chamaco! Ya se puso el semáforo en rojo, ¡órale, movidito! —le ordena al tronar los dedos.

Desde el camellón, la mujer ve con satisfacción que el rostro lloroso del niño le ayuda a obtener más dinero. En ocasiones lo mira y piensa en el hombre que la abandonó. Un tiempo conservó la ilusión de que él regresaría por ellos; eso nunca sucedió. “Ya lo decía mi papá, los hombres son bien mañosos” murmura y llama a gritos al niño que extiende sus manitas en la ventanilla de un auto. El dinero que recolectan es para Néstor: fue él quien la trajo a la ciudad con la promesa de un trabajo y un lugar para vivir.

—¿Qué pedo, Juanito? ¿Hoy no te apachurró un carro?

Es Matías, un joven que, junto a otros, suele drogarse cerca de donde viven el niño y su mamá. Juanito los ignora; tiene hambre y quiere resguardarse en el escaso calor que le brinda la casucha, pero al llegar encuentran a Néstor… acompañado de otro sujeto. La mujer entra al cuarto seguida del hombre, mientras afuera, el niño entrega el dinero a Néstor.

—Ya sabes cómo te va escuincle, si no me entregas todo.

Juanito tiene frío; frota sus manos cuando escucha la voz de Matías.

—¡Tiene chamba tu jefa! Pératenomas que junte una lanita y le pagaré a tu papá una cogida con ella. Mugrosa, pero se ve que está re'buena.

—¡Cállate! ¡Néstor no es mi papá! —Intenta golpearlo, pero el joven lo derriba de un empujón.

—No te pases de pendejo. Si no, le voy a decir que te lleve al rastro. Pagan re'bien por los chamacos como tú. Le darán una lana por tu corazón y hasta por los huevos. —Y le asienta una patada en la entrepierna. Juanito grita; adentro, su madre gime a cambio de unas monedas.

—Mami, no vas a dejar que Néstor me venda en el rastro, ¿verdad? —Al ser ignorado, pregunta—: Oye, ¿por qué te creció la panza?

Después de un rato, la mujer responde:

—Si no te callas, yo misma te llevo al rastro a que te hagan cachitos.

El niño vuelve al frente de los autos. Con una mano sostiene las naranjas y con la otra se soba la cabeza donde su madre lo acaba de golpear.

—Como en tu pueblo, que las viejas van a parir a mitad del campo —responde Néstor cuando la mujer le dice que no la aceptaron en el hospital por no tener identificación.

A mitad de la noche, los gritos de una parturienta irrumpen en la casucha. Luego, el llanto de un bebé a quien la mujer nombra Lupita.

Néstor la libera del trabajo.

—Por unos días; no estoy para mantener viejas huevonas. Pero el chamaco viene conmigo.

Juanito suplica a su madre que no lo deje ir.

—Haz lo que quieras. Por mí, llévatelo y no lo regreses. Suficiente tengo ya con esta chamaca —responde ella.

Al día siguiente, aunque Juanito se niega a salir, es llevado a rastras ante las burlas de Matías y sus amigos:

—Ya valiste verga, ¡ora sí te llevan al rastro!

El auto se detiene frente a un portón oxidado que se abre para dar paso a un camión repleto de cerdos. El terror lo invade. “Matías decía la verdad”, piensa Juanito, aferrándose al asiento hasta que Néstor lo saca. Se acercan al portón donde el hedor de los animales es arrollador y cuando están a punto de entrar… cruzan la avenida, hasta llegar con otros niños que se preparan para iniciar la jornada.

Juanito asume su función de hermano mayor, consciente de que debe cuidar a Lupita. Ella tiene cinco años y forma parte del espectáculo: personificada torpemente de payaso, se coloca sobre los hombros de él. Ha mejorado su técnica; ya son pocas las veces que las naranjas terminan debajo de los carros.

La rutina de trabajo ha cambiado. El show está en manos de Juanito mientras su madre, con la bebé en brazos, camina entre las filas de autos. En los pocos ratos de descanso, el niño observa a la mujer arrullando a su hermana. Cuando las escucha reír, se siente reconfortado y olvida el dolor que sube desde sus pies descalzos.

El tiempo ha transcurrido. Juanito asume su función de hermano mayor, consciente de que debe cuidar a Lupita. Ella tiene cinco años y forma parte del espectáculo: personificada torpemente de payaso, se coloca sobre los hombros de él. Ha mejorado su técnica; ya son pocas las veces que las naranjas terminan debajo de los carros.

Pero en casa, la situación no ha cambiado mucho. Si Néstor lleva compañía para su madre, Juanito se queda afuera a expensas de las burlas de Matías. Aunque ya no cree en sus mentiras, sabe el riesgo que corre si lo enfrenta.

—¿Qué dice tu jefa? ¿Aún se acuerda cuando me la eché? Nomás que la chamaca crezca, también le haré el favor.

—¡Cállate pendejo, con mi hermanita no te metas!

Intenta golpearlo, pero otro joven lo ataja.

—En unos años, hasta fila habrá para cogérsela. —Lo golpea en la cara—. Yo seré el primero que le dé gusto; si no quiere por la buena, será a la mala.

En el suelo, Juanito llora, no solo por los golpes, sino también del miedo de que las palabras de Matías se vuelvan realidad. Al entrar a la casucha, encuentra a su madre acomodándose el vestido. Su hermana duerme sobre un improvisado colchón de cartones y sábanas.

—Mami, ¿verdad que siempre vas a cuidar a Lupita? —El silencio es su respuesta.

Hoy, Lupita no quiere trabajar: está cansada. Pero su madre la amenaza. Juanito quisiera decirle que no la golpee, pero no se atreve a confrontarla. La niña no resiste mucho; el calor la aturde y cae al suelo. Horas más tarde sigue dormida y su cuerpo está muy caliente. La mujer la levanta y le grita a Juanito que la siga, hasta que llegan a una farmacia. El doctor le dice que se trata de un resfriado.

—Dele las medicinas como le indiqué y mejorará. La consulta no tiene costo, solo pague la medicina.

Al volver a su casa, la niña ha mejorado. Juanito sale a comprar pan; de regreso se encuentra con Matías.

—Qué pedo Juanito, salúdame a tu mamacita… y a tu hermana. —El niño lo ignora.

A mitad de la madrugada, Néstor llega borracho. Exige a la mujer el dinero del día. Ella le da un billete arrugado y unas monedas.

—Lupita se enfermó —dice con voz temerosa y recibe un golpe en el rostro. Los niños despiertan. Juanito quiere taparse los oídos, pero abraza a su hermana contra su pecho para que no vea al hombre azotar a su madre en el suelo.

El silencio se pierde entre gritos y luego sollozos infantiles. Néstor ordena a la mujer que se levante: al no haber respuesta, se acerca, sujeta el rostro herido y retrocede aterrado. Aturdido por la embriaguez, sale a esconderse en la complicidad de la noche. No tiene tiempo de pensar en los niños que, atónitos, miran a su madre en el suelo.

Ellos se recuestan junto al cuerpo de la mujer. Horas más tarde, empieza a reaccionar. Le duele el rostro y no le queda fuerza para levantarse. Le balbucea a Juanito que salga por ayuda. El niño sale presuroso y regresa a los pocos minutos. Observa los intentos de la mujer por levantarse y le dice a su hermana que se cubra los ojos. Su mirada infantil se posa en los ojos aterrorizados de su madre al ver en las manos de su hijo una roca. La mujer sólo alcanza a emitir un gemido antes de que la impacte en su cabeza; una vez; la mujer intenta defenderse; dos veces; su cuerpo pierde la poca fuerza que tenía; tres veces; la sangre se abre paso de la piel a la tierra donde la mujer da sus últimos soplos de vida.

Los niños permanecen recostados en el camastro de su madre hasta el amanecer. Lupita es muy pequeña para comprender lo que sucedió, pero se reconforta al saber que este día trabajarán en otra avenida y su madre no los acompañará. El día transcurre entre calles distintas a la habituales; ellos, con los rostros pintados para pasar desapercibidos. El niño estaría más tranquilo si supiera que Néstor está más ocupado en ocultarse por el crimen que cree cometió.

Juanito tiene once años; Lupita, su hermana, tiene seis. Duermen bajo un puente. El niño cierra los ojos. Mañana buscarán un nuevo lugar para sobrevivir. Él ya no sueña con tener un auto; ahora va a trabajar muy duro para regresar a ese pueblo donde el cielo resplandece y en las noches se escucha el canto de los grillos.

 

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